Temores Perros

Maritza Espinoza

@larepublica_pe

23 Dic 2019 | 16:23 h
Puka y sus congéneres viven una auténtica tortura cada diciembre. Fotografía: John Reyes.
Puka y sus congéneres viven una auténtica tortura cada diciembre. Fotografía: John Reyes.

Tal vez usted sea un antitaurino acérrimo que se indigna con el sufrimiento gratuito de un animal sin saber que, en su “sano” afán de divertirse en las fiestas navideñas, aplica una tortura igual de cruel a sus propias mascotas: el ruido espantoso de los fuegos artificiales.

Puka tiene una edad indeterminada. “Debe tener unos cuatro años”, dijo, hace tres, el veterinario que la curó de las lesiones y garrapatas con las que llegó al hogar de sus actuales humanos. Es sociable como la que más; odia a las ardillas –un día se trepó a un árbol de diez metros de altura persiguiendo una–; y su mayor alegría es recibir elogios por saber dar la pata, primero una y, luego, las dos juntas, habilidad que nadie le enseñó.

Su vida es perfecta, hasta que llega diciembre y, con él, el ruido atronador de los pirotécnicos navideños. Apenas siente los primeros, camina insegura, tiembla, gime y se mete en los rincones más ocultos de su casa. Y su pesadilla comienza una y otra vez, apenas oye el silbido que precede a cada detonación.

“Hay que ponernos en la cabeza del perro: su oído es 40 ó 50 veces más sensible que el nuestro. Y no solo en distancia, ya que es capaz de oír el ruido de un cohetón a varios kilómetros, sino por rango de onda (el promedio del espectro auditivo humano es de 20 a 20,000 Hertz y el de los perros va de 20 a 65,000 Hertz). Por eso puede escuchar agudos que nosotros ni percibimos, como el silbato de los entrenadores”, explica el doctor Luis Ortega, médico veterinario y exdecano del Colegio Médico Veterinario de Lima.

Pero el sufrimiento de Puka y sus congéneres no es sólo por el ruido que, en un humano, equivaldría a estar metido en un cuarto cerrado con gigantescos parlantes multiplicando el ruido de las detonaciones por 50, algo muy parecido a estar en medio de un bombardeo. “Nosotros sabemos que los cohetes son cohetes y que nos estamos divirtiendo, pero el perro no sabe qué es. Solo oye sonidos estridentes por todos lados sin razón alguna y eso lo altera al punto que puede tener conductas violentas o simplemente meterse debajo de la cama y ponerse a temblar. Si, además, tiene un problema cardíaco, podría darle hasta un infarto”, detalla el médico.

Y los gatos no la pasan mejor. Según Ortega, “ellos tienen mayor audición que el perro, solo que no se expresan igual y, por eso, la gente piensa que no sufren. Lo que hace el gato es esconderse. Y, en su caso, el estrés les produce enfermedades, como problemas renales que se manifiestan luego”.

Pero ¿cómo ayudar a nuestros perros y gatos ante una costumbre tan extendida en esta ciudad? El médico veterinario desaconseja los tranquilizantes, salvo bajo estricta supervisión médica. “El mal uso de la acepromacina –nombre genérico del producto más usado– puede causarles un ataque, porque baja la presión arterial y, si el perro es cardíaco o tiene un problema renal, bajarle la presión arterial es peligrosísimo”.

Existen otras formas de calmar en algo su sufrimiento. Una de ellas es la popular “banda del abrazo”, una especie de faja que se coloca en forma de ocho en el cuerpo del perro o del gato, y que los hace sentir como abrazados por su dueño. “Lo que me ha funcionado mejor con mis perros, cuando se quedaban solos, ha sido dejarlos en el lugar de la casa donde más cómodos se sentían, con todo cerrado y el volumen del televisor alto, un ruido que ellos conocen y que les hace sentir que todo está bien”, aconseja el doctor Ortega, pero quienes tienen un perro saben que nada los calma por completo.

Salvo, claro, la prohibición total de los fuegos pirotécnicos, algo que muchas asociaciones animalistas están impulsando hace tiempo sin éxito. Algunos distritos, Comas, Miraflores, San Isidro, Lince, Jesús María , Pueblo Libre, Surco y San Borja imponen entre 3,600 y 8,400 soles de multa a quien los detone, pero, en la práctica, son letra muerta, porque no hay supervisores suficientes.

Lima es de las pocas ciudades donde la Navidad y el Año Nuevo se celebran con detonaciones indiscriminadas –en otras, los fuegos artificiales se concentran en uno o dos puntos y por tiempo limitado–, costumbre que para las mascotas es una cruel forma de tortura. Y lo más paradójico es que, casi siempre, quienes les aplican el tormento son sus propios humanos, aquellos que dicen quererlos como si fueran sus hijos.