En la oficina del detective hay lugar para las estampas religiosas y las láminas de anatomía.

La fe del comandante Revoredo

El detective Víctor Revoredo Farfán tiene casi a diario una cita con la muerte. Es el agente más antiguo de la División de Homicidios de la Dirincri. Aplica la ciencia forense y la religiosidad para resolver sus casos. Esta semana abrió las puertas de su oficina a Domingo.

Juana Gallegos
01 Dic 2019 | 10:25 h

El cuerpo de los muertos habla: “Si la víctima tiene las uñas amoratadas, el deceso pudo ser causado por intoxicación o asfixia. Si tiene la lengua afuera, fue golpeada por un elemento constrictor, pudo ser un martillo o una piedra. La lividez y las manchas de la piel evidencian que tiene en promedio siete horas de fallecido. Si hay gusanos, tiene más de cinco días”.

El comandante Víctor Revoredo Farfán (51), jefe segundo de la División de Investigación de Homicidios de la Dirección de Investigación Criminal (Dirincri), describe con profesionalidad los diferentes estados en que se puede hallar un cadáver en la escena del crimen. En su oficina, ubicada en el tercer piso de la Dirincri, hay una gigantografía de la anatomía del cuerpo humano que resalta entre estampas de santos y vírgenes.

“Si el disparo fue en la cabeza, se trata de sicariato. Si fue en el hombro, probablemente la víctima haya intentado huir. Si fue en la parte intercostal derecha o izquierda, hubo forcejeo. ¡Atento! El cuerpo de las víctimas siempre habla”, continúa Revoredo, evangelizando sobre su ciencia, que no es otra cosa que resolver crímenes.

Cumple esta misión desde hace más de veinte años (es el detective más antiguo de Homicidios) y casi a diario, por macabro que suene, tiene una cita con la muerte. Mujeres acuchilladas por sus parejas, cadáveres abandonados en descampados, delincuentes acribillados en un arreglo de cuentas. En lo que va del año, según las estadísticas de la Dirincri, la media de homicidios en Lima fue de cinco a la semana. Fueron 243 casos. De los cuales se han resuelto 195.

Revoredo y su equipo de agentes lo han visto casi todo. Y ya sea en sus cumpleaños o en feriados, ni bien reciben la alerta de un nuevo caído, se mueven ipso facto al lugar de los hechos a juntar indicios –pisadas, restos biológicos, armas, testigos– para esclarecer el homicidio. “El tiempo que pasa es la verdad que huye”. El detective cita al criminalista francés Edmond Locard, uno de sus maestros.

Revoredo no es un simple coleccionista de citas. Varios diplomas de cursos de criminalística realizados en países como China o Singapur que cuelgan de las paredes de su despacho validan su experiencia académica. Su trabajo de sabueso empezó en los noventa, con el equipo que le seguía el rastro al asesino de Fernando de Romaña, alias ’Calígula', un timador de la clase alta limeña que robaba casas y embaucaba viudas, y que murió acribillado en una carretera de Cieneguilla.

Para hablar de casos más recientes, fue Revoredo quien lideró el grupo de investigadores que descubrió las comunicaciones telefónicas entre los sicarios y narcotraficantes más ranqueados del Callao y los jueces corruptos de la Corte Superior de Justicia del puerto. Dieron el golpe a ‘Los Cuellos Blancos’ por puro azar, porque el 2018 las bandas criminales se estaban matando y se rumoreaba que los autores de los crímenes estaban “muy bien protegidos”.

Atar cabos sueltos

“La experiencia –dice la Real Academia Española– es la práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo”. Más de dos décadas viendo cadáveres, caminando sobre charcos de sangre, esquivando disparos en persecuciones de malhechores han hecho que el comandante saque algunas conclusiones sobre su oficio y que viva, además, con una esquirla de bala incrustada en la pierna derecha.

Uno: No hay crimen perfecto, siempre habrá una rajadura por donde se filtrará una señal. "En el macabro descuartizamiento de los venezolanos jalamos de estas pistas: una de las víctimas tenía un tatuaje [que decía] Matamoros, era una ciudad venezolana; los asesinos envolvieron los restos humanos con las toallas del hostal Sipán, donde perpetuaron la fechoría.

El cuartelero resultó siendo venezolano. Tras varios interrogatorios, en tiempo récord, capturamos a uno de los implicados en la frontera con Ecuador", explica Revoredo con tono de pedagogo.

Dos: Un buen detective regresa a la escena del crimen y va más allá. Cuando era un novato, los agentes veteranos de Homicidios le aconsejaron meter las narices en el velorio de la víctima, quedarse hasta la madrugada y tener las orejas bien abiertas para cuando algún pariente o amigo acongojado por el alcohol soltara nombres sospechosos. Mucho ojo, le advirtieron, que, a veces, el autor intelectual del crimen es el que paga la cuenta de la funeraria.

Tres: Hay que volver al lugar de los hechos porque puede haber testigos esperando el momento indicado para hablar. Eso hizo Revoredo cuando fue enviado a Huaral para investigar una serie de asesinatos que tenían a la población consternada. Habían ejecutado a 25 personas con disparos en la cabeza. El equipo de detectives se dividió el trabajo, algunos se disfrazaron de guachimanes y otros repasaron las chacras donde fueron abandonados los cuerpos de las víctimas. Bingo.

Un mototaxista de la zona confesó haber visto a un hombre meterse a una cochera portando una pistola con silenciador. Los detectives visualizaron la propiedad desde una casa contigua. Era un galpón colmado de autopartes. La mayoría de las víctimas de ‘El Apóstol de la Muerte’, así bautizaron al asesino serial Pedro Pablo Nakada, eran taxistas.

El altar de las ánimas

Revoredo tiene en su oficina una especie de altar dedicado a sus casos más difíciles. En él se pueden ver fotografías impresas en llaveros e invitaciones a misas de honras de las víctimas, y una serie de estampas religiosas, entre las que resalta el Señor Cautivo de Ayabaca. El agente, que es muy pegado a la ley y a la ciencia forense, también le da un espacio a la religión y a la mística en su trabajo. Cree que las almas de los difuntos protegen su vida y lo dice abiertamente. “¿Cómo explicas que en el fuego cruzado que se abrió cuando capturamos a ‘El Apóstol...’ solo me haya caído un disparo de bala en la pierna? O ¿qué fuerza superior hizo que el asesino que mató a mi colega [el mayor PNP Felipe Andrade] tire el arma cuando estuvimos frente a frente?”.

Revoredo, como cualquier policía que hace bien su trabajo, teme sucumbir en un enfrentamiento con delincuentes o por una bala perdida en la puerta de su casa. Es humano, tiene dos hijos y una esposa esperándolo. “Yo soy muy conocido porque le he dedicado tiempo a muchas lágrimas”, comenta el agente que decidió especializarse en Homicidios cuando cumplía misión como alférez en Ayacucho y vio muchas muertes.

Saca una cajita de uno de sus cajones. Guarda en ella galones del grado de coronel, el distintivo que espera llevar en las hombreras de su uniforme como recompensa a su larga trayectoria batallando contra las mentes más peligrosas del país.

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