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Domingo

Ocho estrellas para Hamlet

El teatro peruano y su salto monumental: actores con síndrome de Down estelarizan la obra cumbre de Shakespeare. Un clásico renovado por gente que, finalmente, eligió ser.

De jueves a martes en el teatro La Plaza de Larcomar, desde las 8:00 p.m. Los domingos empieza a las 7:00 p.m. Fotografía: Michael Ramón.
De jueves a martes en el teatro La Plaza de Larcomar, desde las 8:00 p.m. Los domingos empieza a las 7:00 p.m. Fotografía: Michael Ramón.

—La primera vez que ingresé a Hamlet me enamoré de un chico.

La pícara confesión de Ximena Rodríguez ha despertado la guturalidad de Jaime Cruz, Manuel García y Cristina León. Sus sirenas harán wuuu, wuuu por un buen rato, en uno de los ambientes del Teatro La Plaza, en Larcomar.

La versión recontra libre de Hamlet está por concluir su segunda semana, y aunque a los muchachos les hace ilusión dar entrevistas, no desean responder preguntas formales sobre sus papeles sino hablar del amor. Del amor que más de uno ha encontrado al cabo de un año de ensayos matutinos.

—Es que nos amamos—insiste Ximena con seriedad.

Pasarán menos de tres minutos para que se aparezca su galán, como invocado por algún hechicero. Octavio Bernaza —barba abundante y colita—saluda a todos con rapidez, casi por convención social, para finalmente quedar frente a frente con Ximena, y estamparle un piquito.

Hay que ser de metal para no contagiarse con el rubor de sus mejillas, y sus ojitos estrellados. Están viviendo un sueño dentro de otro. Algo similar le sucede a Cristina León y al argentino Lucas Demarchi, una parejita recién iniciada, y quizá por ello menos demostrativa.

Son las 5 y media de la tarde, y ya va siendo hora de que posen para la sesión de fotos y repasen algunas escenas. No será nuestra cámara la única que los persiga. Desde hace varios meses, la producción está trabajando en paralelo un documental donde narrarán toda la transformación actoral de estos ocho talentos: Álvaro Toledo, Manuel García, Diana Gutiérrez, Jaime Cruz, y las parejitas mencionadas.

Un documental que marcará el debut cinematográfico de Chela De Ferrari. O simplemente, “Chelita”, su maestra y, en algún sentido, su mamá. La mujer que todos saludan desde el escenario. Una dramaturga experimentada que a partir de este montaje se ha cuestionado su lugar en el mundo como nunca antes.

“Si me hubieran preguntado si la condición del síndrome de Down debería ser erradicada yo hubiera dicho que sí. Pero después de vivir este proceso solo puedo decir que el mundo es más interesante porque existen personas con síndrome de Down. Una diversidad que debemos acoger como tantas otras diversidades”.

La obra de Shakespeare la ha cautivado desde siempre. Y aunque se ha dado el gusto de dirigir Ricardo III y Mucho ruido por nada (su versión de Mucho ruido y pocas nueces) durante algunas temporadas, Chela De Ferrari tenía como pendiente escenificar Hamlet. Ha dicho ya, en más de una oportunidad, que lo que la detenía era hallar al Hamlet más idóneo. Alguien capaz de resignificar un clásico del siglo XVI.

Como suele suceder, De Ferrari lo tuvo frente a sus narices. Y durante tres años para colmo.

Jaime Cruz, capitán del equipo de natación y campeón nacional en estilo mariposa, en las Olimpiadas Especiales, se encargó durante tres años de acomodar al público y vender los programas de las obras, en el Teatro La Plaza.

Y pudieron pasar tres años más si no fuera porque Jaime alzó la voz un día, y dijo lo que siempre había querido ser. Cada vez que un nuevo elenco llega a La Plaza, la tradición manda que cada uno de los integrantes debe presentarse a modo de bienvenida. Y Jaime, que había llevado varios talleres de teatro musical en la escuela Liberarte, se definió, con autoridad, como actor.

Lo que siguió después fue un café entre Jaime y De Ferrari. La intriga de por qué había dicho eso, y la develación del artista que había estado esperando. “Mirándolo pensé que realmente podía renovar las famosas palabras del monólogo de Hamlet: ser o no ser”, cuenta.

Su idea inicial era que a su flamante Hamlet lo acompañara un elenco neurotípico. Rodearlo básicamente. Pero acabó inclinándose por algo más interesante: conformar un elenco con actores que tuvieran su misma condición: un cromosoma de más.

Al casting se presentaron 25 actores potenciales. Muchos provenían de Liberarte, la escuela de Jaime, a cargo del profesor Jonathan Oliveros. Debían sortear tres pruebas: aprender el monólogo del ser o no ser, bailar lo que más les gustara, y pasar una entrevista.

Quedaron ocho, los más desinhibidos. Siete con síndrome de Down y una con discapacidad intelectual (Cristina León).

No pasó mucho tiempo para que arrancaran los ensayos, cinco veces por semana, y, con ello, el derrumbe de muchos mitos. Que su concentración no aguanta más de una hora y media de trabajo, que no saben comportarse en público, que todos tienen los mismos intereses, que no son capaces de entender su condición, que no pueden tomar decisiones por sí mismos.

Para empezar, De Ferrari advirtió lo que ahora repite cada vez que puede: que son los actores más profesionales que ha tenido a su cargo. En un año no hubo casos de impuntualidad ni inasistencias injustificadas. Incluso, uno de ellos, Lucas Demarchi, viajaba desde Buenos Aires a Lima cada veinte días para continuar con los ensayos. Lucas, argentino de nacimiento, vivía en Lima desde hace hacía seis años hasta que a su padre le anunciaron en su compañía que debía retornar a Buenos Aires. Pero ni eso fue problema.

Los primeros meses le sirvieron a De Ferrari y a su equipo (Jonathan Oliveros, director adjunto, y sus asesores Claudia Tangoa y Luis Alberto León) para conocerlos. Para saber qué les preocupaba, qué tan felices se sentían en casa, por qué querían actuar, qué arrastraban desde el colegio, y con qué soñaban.

Ximena Rodríguez, por ejemplo, desea ser independiente. Juntar a la familia de su papá y de su mamá e invitarles el almuerzo, pagando la cuenta con su tarjeta de crédito. Diana Gutiérrez, por su parte, se imagina en unos años, formando una familia numerosa que no bajará de los ocho hijos. Y así.

No son angelitos ni niñitos. Hay que tratarlos de acuerdo a su edad. Y las experiencias que ellos cuentan son de enamoramiento, de relaciones sexuales, de casamiento, de hijos. ¿Por qué vamos a ocultar estos temas?”, cuestiona Jonathan Oliveros.

De hecho, el idilio entre Octavio Bernaza, campeón de natación en estilo libre en los Panamericanos de Puerto 2010, y Ximena, una gran bailarina de ballet y de reggaetón, surgió a partir de una escena donde sus personajes deben darse un beso. Un amor de teatro si se quiere.

Durante todos esos meses, por cierto, un par de integrantes del elenco desconocieron tener el síndrome de Down. Hacerlo suponía desnudar en público algo que no querían. “A uno le dije: si no tuvieras síndrome de Down no serías quien eres, y eres extraordinario. Si te quitamos ese elemento perderás algo, y dejarás de ser tú”.

Por eso también ha valido la pena esta versión testimonial y personalísima de Hamlet. Cada uno de ellos no solo ha aprendido a aceptarse sino a quererse.

“Yo tengo muchos afanes, y planes. Esto es solo el inicio. Quiero ser famoso. Actuar en el teatro, en la televisión, en el cine”, afirma, con las revoluciones a mil, Manuel García.

Jaime Cruz, quien dio un discurso hace unos meses en la sede de la ONU, en Nueva York, a favor de las personas con discapacidad, lo secunda y agrega: “La historia continúa. Yo sé que vendrán cosas buenas para nosotros”.

Mientras tanto, hasta lo que resta del año, todos tendremos la oportunidad de acercarnos a estos Hamlets. Ser o no ser.

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