La redención de Jesse Pinkman (Aaron Paul) en 122 minutos

El último disparo de Breaking Bad

A seis años de su último episodio, una de las mejores series dramáticas de todos los tiempos retorna con una película. ¿Por qué cuesta tanto que respetemos los buenos finales?

Renzo Gómez
21 Oct 2019 | 18:34 h

Una escena post-crédito de dos horas con un poco de drama. Un epílogo nostálgico para quienes extrañan la serie. Buena pero totalmente innecesaria. Nos dieron la oportunidad de despedir a Jesse. Un mítico final para una mítica serie.

Después seis años, cuando se creía que la historia de Walter White (Bryan Cranston) —un profesor de química que se convierte en narcotraficante tras ser diagnosticado de cáncer al pulmón— había llegado a su fin, El camino, la película de Breaking Bad, hizo su aparición en Netflix.

Bendición para algunos, profanación para otros, una de las mejores series de todos los tiempos ha vuelto a ponerse en debate en las redes sociales a una década de la primera de sus cinco temporadas.

No para continuar con el drama de Walter White —abatido en el capítulo final, luego de coser a balazos a una pandilla de neonazis con una ametralladora camuflada en su maletera— sino para cerrar la historia de Jesse Pinkman (Aaron Paul), su compañero, el coprotagonista. Y lo ha hecho desde la última escena, pasándole las llantas encima a un final abierto con el que el público había quedado complacido por unanimidad.

¿A razón de qué? ¿Qué sentido tenía? Como dice Natalia Marcos en El País: hoy parece que ninguna serie termina. Se exprimen como naranjas o se estiran como queso derretido. Los universos se extienden. Regresan desde el más allá. Y bajan de su pedestal para exponerse nuevamente a la crítica.

Su creador Vince Gilligan se ha escudado detrás de la memoria emotiva de sus fanáticos: “Estrictamente esta película no necesita existir. Pero espero que la gente lo tome como lo que es: un regalo para ellos y para Aaron Paul”.

Aaron Paul es el actor que le da vida a Jesse Pinkman, el estudiante indisciplinado de Walter White que se transforma en un fabricante de metanfetaminas, tocado por la tragedia (se le mueren todas las personas que ama y es esclavizado por unos delincuentes).

El regalo de Gilligan desbordó en expectativa, desde luego: en sus tres primeros días fue vista por 8,2 millones de espectadores. Y se estima que solo en su día de estreno, el 11 de octubre, se engancharon 2,6 millones de espectadores. Estas cifras, de por sí exorbitantes, solo incluyen al mercado estadounidense, que son el 40% de la audiencia de Netflix. Números acorde a Breaking Bad.

No extraña, entonces, el hermetismo con el que se filmó esta película en Alburquerque, Nuevo México. No solo se le prohibió a Bryan Cranston y a Aaron Paul verse para evitar especulaciones sino que se contrató un avión privado para trasladar a Cranston de Nueva York a Alburquerque y grabar su cameo en apenas 36 horas, porque el hombre se encontraba estelarizando una obra en Broadway.

“Me sentí como en un programa de protección de testigos. No salí en dos días”, ha bromeado al respecto.

¿Qué no ha sido tan gracioso para los fanáticos? El abrupto desfase entre Todd Alquist (Jesse Plemons), el psicópata que tortura a Jesse. Si en la serie era un jovenzuelo pelirrojo, con el cutis lozano y el abdomen plano; en la película, los seis años le cobran la factura: su cara es redonda como un zapallo y su barriga se asemeja a la de un peruano chelero. ¿Por qué no adelgazó como lo hacen tantos otros actores para encajar en algún papel? Según Plemons, porque, como Cranston, se encontraba en otros proyectos, pero sobre todo porque le avisaron con muy poco tiempo de anticipación.

“Claro que me veo diferente (risas). Nunca esperé que sucediera. Había pasado mucho tiempo, pero había sido una parte muy importante de mi vida, y estaba intrigado por saber qué se le había ocurrido a Vince (Gilligan)”, se defiende.

¿Qué es lo más rescatable de El camino además de los flashbacks? La lealtad de Skinny Pete; la carta de Jesse a Brock Cantillo, el hijo de su expareja a la que asesinaron frente a sus ojos; la aparición del vendedor de aspiradoras que ayudó a fugarse a Saul Goodman (Bob Odenkirk).

Por lo demás, el apacible y benevolente final de Jesse Pinkman en Alaska, alejado de su pasado en 120 minutos, deja más de un sinsabor. Pero también un respiro: salvo algún revés de Gilligan, se trata del último disparo de Breaking Bad (R. G.).

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