maritza espinoza

Historias de xenofobia

Maritza Espinoza
29 Sep 2019 | 11:08 h

El ché del napalm

El taxista bonaerense, uno de esos tíos de traje, corbata y aires de saber de todo lo humano y lo divino, me preguntó:

-Y vos… ¿de dónde sos?

-De Perú… -respondí, un poco hinchada de orgullo, reconozco, porque el boom gastronómico se encontraba en su clímax y juraba que éramos la envidia del continente.

- ¡Pero, ché, vos no parecés peruana! Hablás bien y olés rico. Se nota que sos educada. Los peruanos, esos que viven por allá por Abasto, son unos delincuentes sucios que sólo se dedican a robar y emborracharse. ¡Sho, por mí, les echaría napalm!

- Bueh, no se puede generalizar. En el Perú también tenemos algunos argentinos indeseables… -Traté de empatar, pensando en algún argentino de la farándula que, por ese tiempo, se había hecho conocido por golpear a su pareja.

- No. No. No. No conocés a estos animales. ¡Son unos indeseables…!

Indignada, le pedí que parara y preferí caminar las diez cuadras que faltaban hasta mi destino. No hace mucho de eso. De hecho, los “peruanos indeseables” de los que hablaba llevaban décadas viviendo en Buenos Aires. Habían llegado en los ochenta, huyendo de la hiperinflación y del terrorismo. Estoy segura que era gente trabajadora. Habría, lógico, uno que otro antisocial, pero el tío de la historia estaba convencido que eso los definía absolutamente a todos.

Piernas peruchas

Esto lo vi en un noticiero boliviano, una temporada que pasé en La Paz hace unos quince años. Acababan de reportar un robo en un mercado y el ladrón había desaparecido a la carrera entre la multitud. Una señora de aspecto aymara que había presenciado el asalto, gritaba a las cámaras indignada, mientras señalaba hacia una calle cercana:

- ¡Para allá se ha ido el ratero! ¡Yo lo vi! ¡Era un peruano!

- Pero, señora, ¿usted le vio la cara? – Inquirió la reportera, que trataba de reconstruir los hechos a través de los testigos. La Paz era entonces uno de esos pueblos donde el robo en un mercado podía ser noticia.

- No, no le vi, porque ya estaba corriendo para allá. ¡Pero era peruano! - insistió la aymara con la seguridad de una Sherlock Holmes con polleras y sombrerito hongo.

- Pero, señora, si lo vio de espaldas, ¿cómo está tan segura de que era un peruano? –trató de poner algo de lógica la reportera.

- Fácil, señorita. Porque, por acá, los que roban son los peruanos. Además, ¡el ladrón corría como peruano! - respondió la aymara con lógica implacable. En la diáspora de la crisis, habían afincado, en la Bolivia pre Evo Morales, centenares de peruanos. Todos se ganaban la vida honradamente, pero, otra vez, el miedo al extranjero, unido a la ignorancia y la desinformación, hacían que uno o dos episodios se extendieran a toda una colectividad hasta el absurdo.

Arepas asesinas

Hoy, somos los nuevos ricos de América Latina. No hay más peruanos huyendo de la pobreza y las bombas. Uno esperaría que tras la triste experiencia de los que migraron por necesidad -casi no hay familia que no tenga a uno o más miembros viviendo fuera-, estaríamos vacunados contra la xenofobia y podríamos darnos el lujo de ser generosos o solidarios con quienes menos tienen.

Pero no. El casi millón de venezolanos que llegaron -como nosotros antes a su país, huyendo del infierno en que se ha convertido su patria, pueden dar fe de que, cuando nuestros miedos se azuzan, podemos convertirnos en los seres más mezquinos del universo y maltratar a una colectividad entera sin ninguna culpa.

El espantoso episodio de un ajuste de cuentas en que unos venezolanos descuartizaron a un compatriota suyo y a un peruano fue el detonante de la xenofobia más histérica que hayamos visto por aquí. ¿Y cómo podía ser de otro modo si cada día, en cada titular, en cada locución, los programas periodísticos solo hablan de “delincuentes venezolanos”, “asesinos venezolanos”, “indeseables venezolanos?”

Que hay antisociales venezolanos, los hay, como en toda colectividad, pero, vamos, el Perú no era precisamente Shangri la cuando ellos llegaron (basta revisar Google para ver cuántos descuartizamientos igual de crueles se han dado entre peruanos).

Sin embargo, acá estamos: sospechando de todos los venezolanos, pagándoles sueldos de miseria; rechazando alquilarles un cuarto donde sobrevivir; exigiendo al gobierno que los expulse sin miramientos. En fin, portándonos como la peor versión de nosotros mismos. Casi casi como esos políticos de los que tanto te avergüenzas.

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