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Pequeñas tigresas

Un grupo de niñas de barrios populosos de San Martín de Porres, Cercado de Lima y el Rímac aprende en dos canchas distintas, a través del rugby, valores como el respeto y la disciplina.

Alexandra (12) escapa de la persecución de Marjorie (9) y corre a la zona de anotación.
Alexandra (12) escapa de la persecución de Marjorie (9) y corre a la zona de anotación.
Óscar Miranda

Yuriko (8) se escabulle entre tres rivales y le pasa el balón a Mislet (15). La delantera avanza, pero los brazos de Harumy (12) la atrapan rápidamente. El balón rueda y lo coge Alexandra (12), quien corre desesperada hacia la línea de anotación. Está cerca, ya falta poco, pero nuevamente Harumy, con ayuda de Nicol (9) y Marjorie (9), detiene su avance. Alexandra está cayendo, va a perder el balón, y, entonces, Yuriko aparece a su lado. “¡Pásala! ¡Pásala!”. Las grandotas se han olvidado de ella, la pequeña agarra el balón, corre y anota un try fantástico, vibrante, que emociona a todos.

–¡Vale! ¡Vale!– aprueba el entrenador, Luis Meléndez.

Estamos en el Polideportivo San Martín de Porres, al lado del Estadio Alberto Gallardo.

Es un jueves por la tarde, día de entrenamiento de Las Tigresas, el equipo de niñas del Cercado de Lima, Rímac y San Martín de Porres, que desde hace tres años practica uno de los deportes más apreciados en el mundo por sus principios y valores morales: el rugby.

Respeto al juego

Del rugby se dice que es un “juego de villanos jugado por caballeros”. A pesar de ser un deporte de contacto, es conocido el sentido ético y el respeto Tener buenas notas es indispensable. Si alguna jala, los padres las castigan no llevándolas a entrenar”. por las reglas y por sus rivales que cumplen sus jugadores, al punto que, después de los partidos, es tradicional que ambos equipos se reúnan a departir en el llamado “tercer tiempo”. Los deportistas no suelen discutir las decisiones del árbitro ni enzarzarse en peleas con sus adversarios y, si lo hacen, son sancionados con suma severidad.

Cuando, en 2016, Lamsac, la empresa concesionaria de la Línea Amarilla, quiso organizar talleres deportivos con los jóvenes que viven en la zona de influencia de la vía, decidió que el mejor deporte que podían practicar estos chicos de zonas tan complicadas socialmente como Malecón Rímac, Morales Duárez y Huascarán era, antes que el fútbol o el vóley, el rugby.

Comenzaron con muchos niños y pocas niñas, pero eso cambió con el paso del tiempo.

En la cancha Tito Drago, situada en Malecón Rímac, a la altura de la cuadra 32 de la avenida Perú, en San Martín de Porres, comenzaron a entrenar Los Linces y, al poco tiempo, el equipo femenino: Las Linces.

Hoy, allí juegan al rugby 40 varones y 15 mujercitas. El orgullo de Los Linces es Jean Pierre Huarachi, uno de sus jugadores más destacados, que es parte de la selección masculina y acaba de jugar con ella un torneo internacional en Costa Rica.

En el Polideportivo San Martín de Porres, Los Tigres son menos –15 niños, seis niñas–, pero todos tienen la misma pasión. Solo hay que ver el pundonor con que Yuriko se lanza a taclear a Harumy, que le lleva una cabeza y varios kilos. Y la felicidad con la que, después de ser aplastadas por sus compañeras, las chicas se levantan para seguir corriendo y divirtiéndose.

–Este es un deporte muy inclusivo– dice Maricel Silva, coordinadora senior de Responsabilidad Social de Lamsac. –Acá pueden participar chicos de toda condición física e, incluso, con habilidades especiales. Aparte, les damos talleres de habilidades blandas, como liderazgo, equidad de género, solidaridad y respeto.

El respeto es algo que repite Harumy en nuestra charla: respeto al árbitro, respeto a los rivales. Ella vive con sus padres y sus tres hermanos en Huascarán, al lado de la Línea Amarilla, un barrio donde está presente la drogadicción y la delincuencia. A ella jamás se le ocurriría reclamarle al juez o vengarse de un adversaria que la golpeó. En los torneos mixtos en los que ha participado –en Perú todavía no hay campeonatos femeninos de menores–, ha tenido esos valores presentes siempre.

Durante los recientes Juegos Panamericanos, Los Tigres y Las Tigresas tuvieron la oportunidad de ver a Las Tumis –la selección femenina de rugby– en acción. Aunque las vieron caer ante Brasil y Argentina, vieron que vendieron cara su derrota y que no mostraron conducta antideportiva alguna.

Harumy y Mislet quieren llegar a ser Tumis. Las chicas de la selección les han dicho que se necesita que el semillero crezca y que una nueva generación les tome la posta. Y así como no es impensable que en el futuro nuestra selección femenina empiece a destacar en los torneos internacionales, tampoco lo es que su próxima figura salga de estas canteras de barrio.

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