Maritza Espinoza

Bip, bip

Maritza Espinoza escribe sobre la tensa relación entre el presidente Martín Vizcarra y el Congreso.

Maritza Espinoza
01 Sep 2019 | 11:04 h

Que Martín Vizcarra, ese provinciano al que pusieron en una plancha presidencial porque estaba demasiado llena de blanquitos (Techito Bruce dixit), resultó siendo una sorpresota para todo el mundo, nadie lo duda. Primero, porque, tras la caída de PPK, todos esperaban que siguiera el mismo rumbo que su predecesor, o sea, chantarse ante la dueña de la mototaxi naranja e implorar que le diera la gana de dejarlo gobernar. Al principio, pareció que lo haría hasta que, de pronto, se le salió el indio (ya, no se me pongan políticamente correctos que a todos se nos ha salido más de una vez) y decidió pechar al fujiaprismo que, sin poder creerlo, se encontró con que su presunto pongo les había resultado un cimarrón incontrolable.

Tampoco podía creerlo la calle que, harta de la sumisión del Ejecutivo al Congreso más lumpen de nuestra historia -tanto que le regaló la cabeza de un excelente ministro de Educación como Jaime Savedra, cuando hasta los bustos de los Pasos Perdidos gritaban que la única forma de hacerse respetar era planteando moción de confianza-, se encontró con este moqueguano que, algo asustado por los flashes y urgido de una buena sesión de media training, era el presidente que había querido tener cuando, en las elecciones del 2016, decidió elegir a PPK para cerrarle el paso a la candidata de la mafia… por segunda vez.

De allí en adelante, don Martín Vizcarra nos ha tenido de sorpresa en sorpresa, sobre todo porque, siguiendo sus naturales pulsiones obstruccionistas y, sobre todo, su urgencia de impunidad ante los avances de la investigación Lava Jato, el aprofujimorismo decidió convertirse en algo así como el coyote de los dibujos animados y comenzar a hostilizarlo con todas las armas a su alcance, sin darse cuenta que todas eran marca Acme y les estallaban en la cara al menor descuido.

Además, el Correcaminos de nuestra historia demostró que sus reflejos eran buenos (más o menos como el de los dibujos animados) y más de una vez los dejó en la estacada, como aquella vez en que, cuando ya se juraban los vivazos del cuento por haber metido de contrabando la cuestión de confianza en la propuesta de bicameralidad en el referéndum, les salió al paso haciendo el deslinde respectivo y logró que la ciudadanía votara en bloque por el sí-sí-sí-no, demostrando, de paso, el repudio que sentía por el congrezoo más vergonzoso de nuestra historia.

Claro que lo que menos esperaron fue que, cuando todos creían que anunciaría el cierre del Congreso en su discurso de Fiestas Patrias, el presidente dejara a todos descolocados revelando que presentaría una propuesta de elecciones adelantadas, incluyéndose él mismo en el despido masivo. Allí ardió Troya y se batieron tambores de guerra. ¿Juat? ¿Dejarlos sin la mamadera un año antes, justo cuando ya no pueden ni siquiera soñar con la reelección?

Desde ese momento, pasó lo que tenía que pasar: se juntaron todos los coyotes -los blanquitos out of context de Techito Bruce y los mastines del fujiaprismo echando espuma por la boca- y trazaron su plan maestro: buscar de cualquier forma la vacancia presidencial para librarse del moqueguano cimarrón que les estaba aguando todas las fiestas.

Y en eso andan. Y no hay que ser muy avispado para darse cuenta que, mientras don Pedro Olaechea, el presi-topo del Parlamento, la pega de dialogante demócrata y pretende mecer al jefe de Estado con un supuesto encuentro en el que resolverán los problemas del país en medio de paz, armonía y villancicos, hay quienes están armando la bomba que lanzará por los aires al gobierno de Vizcarra para poner en su lugar a la siempre apaciguadora Meche Aráoz.

Primero, pretendieron que la mecha de la Molotov fuera precisamente el propio pedido de adelanto de elecciones, hasta que se encontraron con que, aunque se tratara de una propuesta equivocada e inconstitucional, no estaría entre las causas previstas para una vacancia presidencial. Ahora, por millonésima vez, han vuelto a traer el refrito tema Chinchero, tantas veces aclarado. ¿Les funcionará?

El Poder Judicial lo dirá, pero, como en otras ocasiones, esta bomba podría también estallarles en la cara, sobre todo porque el Correcaminos de esta historia cuenta, para desesperación de sus enemigos, con el apoyo de dos tercios de la ciudadanía que, de otro lado, los repudia abrumadoramente. Sería bueno que tengan mucho cuidado con sus movidas. No vaya a ser que, en su intento de hacer reventar el petardo de la vacancia presidencial, terminen ellos mismos arrasados por la bomba atómica de la ira popular. 

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