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El fantasma de la soledad

Maritza Espinoza
18 Ago 2019 | 11:30 h

Pese a andar bordeando el sesenta por ciento de aprobación ciudadana, cifra que pondría verde de envidia a más de un presidente sudamericano, don Martín Vizcarra anda por estos días sumido en la más absoluta soledad, sobre todo ahora que lo que quedaba de la bancada oficial (es decir, la que debía ser su apoyo en el Congreso ante las arremetidas del fujiaprismo) se le terminó de voltear tras la renuncia de Meche Aráoz, Techito Bruce y otra congresista de cuyo nombre ni me acuerdo.

Por cierto que, en brillante movida que sus críticos, entre ellos el churripremier Salvador Del Solar, no han sabido aquilatar, los cuatro gatos que quedaron varados bajo las siglas de PPK -y de cuyos nombres tampoco es obligatorio acordarse- tuvieron la genial idea de invitar a la indescriptible Yesenia Ponce a unírseles, con lo que no sólo evitaron su extinción como bancada (algo de cuya utilidad nadie está muy convencido), sino que, de paso, lograron la inmediata adhesión de todos los congresistas fantasmas que en el hemiciclo moran y que, aunque no puedan ser contabilizados en la célula parlamentaria, serán mejor compañía que los díscolos Aráoz y compañía.

Y es justamente la renuncia de Aráoz la que más comentarios ha suscitado en los últimos días, pues se trata nada menos que de la segunda vice presidenta de la Nación, aquella que, si los astros se le siguieran desalineando al presidente Vizcarra –es decir, si finalmente decide patear todos los tableros y renunciar ipso pucho o, difícil, pero no imposible, si la coalición fujiaprista logra vacarlo mediante alguna de sus muchas trapacerías- debería ocupar la presidencia, posibilidad que, al parecer, no le molesta para nada, puesto que las mil veces que le han preguntado si renunciaría llegado el caso ha dicho que nones.

¿Podría ser que doña Meche ansíe, no tan en secreto, ceñirse más pronto que tarde la banda blanquirroja en su bien torneada humanidad? ¿Y puede creer ella, por ventura, que semejante aventura (uy, hice un verso sin esfuerzo) podría tener un desenlace digno, al punto que sea la primera presidente en entregar la banda en el Bicentenario? Y, lo más alucinante, ¿pensará que podría recibir el apoyo entusiasta del fujiaprismo, que ya se chifó a sus dos antecesores a navajazo limpio?

Nop. La doña es cualquier cosa menos ingenua y sabe que, por mucho que sus coleguitas de Fuerza Popular pudieran estar susurrándole al oído (total, les sería súper funcional en sus afanes de vacar al presidente), a los cinco minutos de sentarse en el sillón de Pizarro tendría a becerriles, bartras y arimborgos haciéndole la vida a cuadritos, sobre todo porque el último año no podría, ni de broma, amenazarlos con cuestiones de confianza o cierres de Congreso, porque la Constitución lo prohíbe. Hummm. Algo más se trae Mechita entre manos y también algo me dice que prontito lo sabremos.

Pero la soledad del presidente Vizcarra no se limita al Congreso ni a su esfumada vice. Tras su reculada en Tía María, ha comprobado con dolor que la estrategia de complacer a todo el mundo lo ha dejado más solo que la una, porque, de un lado, la derecha empresarial (que ya no lo quería mucho que digamos), le ha dado la espalda, pero también se ha ganado la indiferencia absoluta de don Elmer Cáceres, gobernador de Arequipa, y de los otros dirigentes de las protestas, que siguen con sus reclamos y presiones como si con ellos no fuera la cosa.

¿Con quién cuenta entonces don Martín Vizcarra en estos momentos de soledad? ¿Con su primer ministro, que ya anda poniendo cara de chupar limón cada vez que tiene que salir a sofocar un incendio? ¿Con algunos de los miembros de su gabinete que todavía creen que pasarán de diciembre? ¿Con sus recuerdos de los buenos tiempos en Moquegua, cuando marcaba la cancha y no tenía que enfrentar tanta puñalada en la espalda? No lo sabemos. Pero el aire de soledad que lo rodea últimamente es tanto que me extrañaría que, si un día de estos se le escurre también el buen Salva, termine poniendo de premier a Queca, o a Tony, o a Gonzalete.

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