Alfredo Bryce: En el mundo de Inés

Emilio Camacho
2019 M05 12 | 13:59 h
Despedida

El escritor dice adiós a la literatura con la publicación de Permiso para retirarme, el tercer volumen de sus Antimemorias. En exclusiva, Domingo presenta un extracto de esta publicación.

Acababa de dictar mi última clase del año en la Universidad de Nanterre, en París, y me disponía a abandonar el salón, cuando vi que una alumna mía, llamada Inés, me esperaba muy sonriente en la puerta. Y cuando la tuve delante de mí me dijo alegremente que las cosas no podían quedar así, que a ella le daba mucha pena que yo me fuera de la universidad y que quería verme algún día para ir a tomar una copa y cenar. Así que convinimos en que ella me pasaría a recoger a mi departamento parisino para tomar algunas copas y luego ir a cenar en un buen restaurante.

Pocos días después pasó en efecto a recogerme en un automóvil muy lujoso, con ella al volante. Inés estaba vestida de una manera tan sencilla como elegante, y aquella fue la primera noche de tantas otras en que nos vimos para cenar, aunque pronto empecé a frecuentar su casa. Inés era una muchacha bella, increíblemente bella, y de unos inolvidables ojos azules. No podía quejarme, sobre todo porque no sabía aún cómo era aquel ambiente lujoso y caro en que vivía Inés con su encantadora madre y con sus hermanos en un departamento situado en uno de los barrios más elegantes de París.

Y así fue como poco a poco fui llegando a un mundo tropical en el que veía cómo Inés y su familia descolgaban muy frecuentemente el teléfono de casa, llamaban a Venezuela, de donde eran naturales, pedían dinero, y bastaba con unas pocas palabras para que les enviaran una gran remesa de dólares desde Caracas. Ella decía, por ejemplo, mándeme más reales, y uno podía ver cómo les bastaba con esa orden para que su lujosa vida siguiera su rumbo sin que nada la perturbase. Francamente, a esas alturas de nuestra relación ya era fácil que yo me diera cuenta de que había entrado en un ambiente de lujo y frivolidad, pero en el que a pesar de las bromas que Inés o sus hermanos me hacían sobre mi atuendo veraniego y pobretón, yo sentía que de alguna forma había caído en gracia en ese ambiente tropicalón que a la vez me regalaba cariño y amistad. Poco después, por ejemplo, Inés me invitó a su boda con Alexis Bello, magnate venezolano y de nombre ilustre allá en su mundo caraqueño. Aquella boda, en cambio, no la disfruté en absoluto, porque esa noche no vi más que una grosera fastuosidad en la que me sentí extraño como nunca, ante la cual solo me quedó aislarme.

Inés, sin embargo, se me acercó varias veces y me presentó a parientes y demás invitados. Para empezar, la ceremonia civil se realizó en la que fuera la residencia de Juan Vicente Gómez, uno de los más crueles dictadores de la historia de su país y del mundo, diría yo, y situada en la avenue Foch, una de las más bellas y elegantes de todo París. Ya desde entonces, era imposible que yo no me sintiera ajeno a todo aquello, es decir, a todo lo que realmente rodeaba a Inés y a su mundo de familiares y amistades.

No es que me fuera ajeno todo lo que veía a mi alrededor ni que fueran negativas todas las sensaciones que aquello provocaba en mí, pero algo me hacía pensar que lo mejor era alejarse y no dejarme tentar por lo bella y a la vez burlona que era Inés, y no dejarme llevar por la rabia que me producía su frivolidad y esa manera suya de mirar el mundo con profunda indiferencia. Y así fue como no me sorprendió que ella diera por hecho que yo la visitaría aquel mismo verano en la casa que tenía su familia en la isla de Formentera, en España. Sin duda, aquello era un paraíso en el que veraneaba gente como ella, y fue ahí también donde por primera vez me sentí incómodo y estúpido en un mundo atendido por mayordomos y empleadas domésticas siempre atentos y devotos a los caprichos de todo tipo que caracterizaban a los habitantes de aquellas casas maravillosas. Entre ellos sí que me sentí extraño y confundido hasta que llegó la noche aquella en que por la televisión pasaron una película famosa titulada El filo de la navaja, que transcurría en un mundo paralelo al de Inés y, maldita sea, aquella historia era la de una familia riquísima que veraneaba en una mansión tan elegante como la de Inés, y a la cual llegaba invitado Tyrone Power, que era pretendiente de una joven adinerada cuyo padre era un tremendo esnob que no cesaba de ser incluso despectivo y de mirar para abajo a ciertas personas que llegaban de visita a aquel templo de la fortuna, en el que se comportaba como un tiranuelo. Y así llegó el momento de mi herida, aquella ridícula noche, en que este señor comparó al pretendiente de su hija con un profesor en verano. Sucedió lo que hoy calificaría como natural y lógico: Inés y sus invitados me miraron como lo que yo era para ella y sus amigos, o sea, nada más que como un profesor en verano. Pues parece que el asunto les resultaba cómico y que yo era nada menos que otro profesor en verano. La burla resultaba obvia y las risotadas de aquella gente las encontré realmente detestables. Había llegado, pues, el momento de partir, de alejarme del mundo de Inés, de su madre y hermanos y de su entorno latinoamericano. Es lo que hice, y dije adiós para siempre al mundo de Inés.

En efecto, pasaron mil días y sus noches antes de que se me presentara aquel viaje a Venezuela para dictar unas conferencias. Para entonces yo había escrito ya una novela titulada El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, en la cual hay un capítulo titulado «They came from Venezuela», donde yo retrataba nada menos que el mundo de Inés de aquel entonces en Europa.

Yo ni soñaba con volver a ver a Inés y pensaba que aquel mundo se perdía en el tiempo y que en cierta manera lo había exorcizado ya con las páginas de aquella novela. Pero estaba muy equivocado, tan equivocado como me sentí al darme nada menos que con Inés y con su madre paradas en la puerta del salón en el cual iba a dictar yo mi primera conferencia. Me miraron sonrientes y divertidas y me rogaron que les reservara dos noches para cenar en sus respectivas casas. Accedí a su cariñosa invitación y sentí también que me había encontrado con dos señoras que poco o nada tenían que ver con las personas que yo había conocido alguna vez en París. Volvía a verlas ahora en sus casas de Caracas, sencillas y elegantes, muy distintas a las del ambiente sofisticado y frívolo que antaño frecuenté en la Ciudad Luz. Definitivamente, dos personas sencillas, francamente cariñosas, y realmente agradezco hasta ahora lo mucho que me hicieron disfrutar los días de mi estancia en Venezuela, porque no se limitaron a aquellas dos invitaciones a sus casas, sino que, además, me pasearon por la ciudad y cenamos juntos en excelentes restaurantes.

Ellas nada me dijeron. Sin embargo, algo me permitió llegar a la conclusión de que la suerte las había alejado del mundo aquel que tanto me disgustó allá en París y Formentera, sobre todo el día del matrimonio de Inés. Por lo pronto, no hubo ni siquiera una mención de aquel novio y esposo llamado Alexis Bello, que miraba el mundo de arriba para abajo, apuesto y radiante, como quien se lo traga de una mirada. Era evidente que Inés se había separado de su esposo y que ahora sencillamente vivía cerca de su madre y su familia en Caracas, sin aspavientos ni lujos. Un nuevo mundo, menos ancho y ajeno para mí, era el que habitaban Inés y su madre. Y así lo comprobé en los días hoy inolvidables que entonces pasé con ellas en la capital venezolana. Ellas nunca dejarían de sorprenderme hasta el final de mi visita y sobre todo en aquel episodio que me permitió conocer a un personaje insólito e increíble. Y esta es por sí sola, una breve historia dentro de otra.

En efecto, Inés me dijo que no podía irme de su país sin antes conocer el pequeño mundo que era la propiedad que tenían en el estado de Valencia y sus selvas impenetrables. Y así llegué yo, en una avioneta de su familia, a la propiedad realmente tropical en la que habitaba y trabajaba un ser singular. Pues bien, aquí viene la historia. El guía que me acompañó en los dos días que pasé en la propiedad familiar de Inés era apodado nada menos que Sobradito de Tigre, y la razón era que él había sido casi devorado por un jaguar años atrás, episodio en el que había perdido un brazo entero y media pierna. De allí pues su apodo, pero lo mejor viene ahora: en el momento en que me despedí de aquel inolvidable personaje, me dio la única mano que tenía y me soltó las siguientes palabras:

—Señor, el placer ha sido muy sumamente demasiado grande para mí.

—Y el placer ha sido para mí realmente supino, señor —le respondí, para estar a la altura de sus inefables palabras.

Noté que Sobradito de Tigre se había quedado desconcertado con la palabra supino, pues en efecto me dijo:

—Mire señor, mientras yo voy a enterarme de lo que quiere decir la palabra supino, usted se me queda aquí en calidad de hijo de puta interino.

Alfredo Bryce Echenique

De Permiso para retirarme. Antimemorias 3