El hacedor de sueños

Maritza Espinoza
27 04 2019 | 21:00h

¿Qué clase de sicópatas son, o fueron, para optar por embolsicarse dinero que, de otro modo, podía haber dado educación, salud, cultura a millones de niños?

Niéguelo, pero estoy segura que, si un buen día de estos, se le apareciera el bendito genio de la lámpara de Aladino, o el ratón de los dientes, o la mismísima hada de los cuentos de ídem, usted no pediría la paz mundial, la caída de Maduro, ni comida para los chiquitos pobres del África. No, no se me haga. Estoy segura -y hasta podría apostarle un chifa- de que pediría montañas y montañas de dinero, tal como hicieron casi todos nuestros líderes políticos cuando se les apareció ese hacedor de sueños llamado Jorge Barata.

No me malentienda. No estoy justificando a ninguno de los pillastres que cayeron redonditos ante el aroma de los dólares mal habidos que Barata repartía a manos llenas, pero a veces es bueno ponerse en el pellejo más repulsivo para entender qué pudo llevar a todos, absolutamente todos los presidentes habidos en este país -salvo la honrosa excepción de Valentín Paniagua que, claro, no tuvo que pasar la prueba de enfrentar una campaña electoral- a corromperse con tanta facilidad.

“En arca abierta, el justo peca”, solía decir mi madre cuando me encontraba con la cara llena de restos de chocolate, culpándose la pobre por no haber dejado el arca convenientemente asegurada de mis ávidas garras infantiles, y uno podría pensar que, tanto Toledo, como Humala, García, Villarán o PPK, cometieron latrocinio porque la cosa estaba facilita, porque la tentación apareció en su camino o porque alguien los obligó, pero ahora sabemos que no, que fueron ellos mismos -o alguien que los representaba convenientemente- los que fueron a buscar las chocolatinas de la corrupción, tocando las puertas de esa carismática hada de la coima que pervertía en portugués.

“Você quer ser um milionário? Concedido!”, me gusta alucinar que exclamaba un Barata risueño, varita en ristre, cada vez que alguno de nuestros ex gobernantes -sí, esos que elegimos libremente- y otros líderes políticos le insinuaban que, bueno pues, ya que el otro había pecado, por qué no podía él también pecar un poquito, y el mago bahiano frotaba esa lámpara maravillosa llamada Caja 2 de Operaciones Estructuradas, de donde salían chorros de dólares que luego iban a parar a manos de los pedigüeños, en efectivo o en generosas transferencias a cuentas en Andorra.

Pero, ¿por qué ninguno, absolutamente ninguno, pudo abstraerse de la repartija? ¿Acaso son ellos parte de una especie extraterrestre que no tiene nada que ver con nosotros, sus votantes? ¿Pertenecen a alguna casta especial de ciudadanos predestinados a echar mano del dinero de todos los peruanos? ¿Ninguno fue consciente, ni por un instante, que no sólo le estaba robando a su país (sí, ese que nos enseñan a amar desde pequeñitos), sino defraudando a quienes creyeron -y, como algunos ingenuos, aún creen- en ellos y les dieron su voto? ¿Qué clase de sicópatas son, o fueron, para optar por embolsicarse dinero que, de otro modo, podía haber dado educación, salud, cultura a millones de niños?

Esta semana, con Jorge Barata contando todos los detalles de cada una de sus repartijas y cómo, en acto de desprecio supremo, les colocaba los sobrenombres con los que los conocerían en las futuras operaciones ilícitas, nos convertimos en un país de juzgadores despiadados, de uno u otro bando. No era para menos. Estos tipos en los que confiamos (digo, es un decir, porque los peruanos no confiamos realmente en nadie), se aprovecharon de su posición para traicionarnos, mentirnos y robar nuestro dinero, ese que les dimos a administrar en sucesivos procesos electorales.

Lo que no hicimos -y me incluyo- es reflexionar realmente sobre cuánto estas personas nos representan como sociedad. Sí, esa sociedad donde todavía el que se salta las reglas es el vivazo al que todos envidian; esa sociedad donde buscar una recomendación para un puesto de trabajo es algo aceptable; esa sociedad donde las deudas viejas no se pagan y las nuevas se dejan envejecer (Genaro dixit); esa sociedad donde un malpagado policía de tránsito, ejerciendo su pequeño poder, logra que un conductor en falta lo coimee; esa sociedad donde los empresarios se quedan con parte de las utilidades de sus malpagados trabajadores… En fin, una sociedad donde lo único que nos distingue de los políticos que nos roban es que ellos pueden hacerlo a gran escala.

Ojalá que ese vómito negro llamado Lava Jato sirva para que tomemos distancia de esos políticos, pero también de esa parte de nuestro ser colectivo que debería asquearnos. Ojalá. Y lo digo sin mucha convicción, porque, hace casi veinte años, hubo otro vómito negro que desenmascaró a una dictadura vergonzosa y, tras mucho linchamiento y cacareo moralistas, nos volvemos a encontrar en las mismas.

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