Ese agujero negro

Maritza Espinoza
14 04 2019 | 03:57h

¿Creen acaso estos padres cucufatos que sus hijos van a esperar sentados a que ellos estén listos para explicarles lo que es la pose del misionero, la única que se saben?

Como si no tuviéramos suficiente con ciertos parlamentarios que andan con la libido a cien, esta semana, el trending topic nacional fue nada más ni nada menos que el sexo anal. Y todo porque a algún padre morbosillo -de esos que son conservas de dientes para afuera, pero, por dentro, todo lo ven a través del prisma de la cochinadita- se le ocurrió bucear en una página educativa cubana linkeada por el Minedu, donde, perdida entre mil conceptos relativos a la educación sexual, se encontraba una mención a esa práctica. No un ensayo, no un capítulo, no un párrafo, sino dos míseras líneas en las que se indicaba, sin mucho detalle, en qué consiste el metesaca de marras, para complementar otros conceptos ligados a la sexualidad humana.

Los alaridos de los fundamentalistas locales no se hicieron esperar. ¡Horror! ¿¡Cómo van a enseñar a nuestros hijos a hacer sexo contra naturaaaa!? ¡Esto es peor que Sodoma y Gomorra! ¡El gobierno no va a parar hasta homosexualizar a nuestras mascotas!, gritaban en las redes sociales y amenazaban con hacer una marcha para detener la inminente hecatombe que se produciría apenas Jehová se enterara de tamaña aberración.

En medio del chongo subsiguiente (concepto nunca mejor aplicado) se nos olvidaron todos los temas que hasta hace poco hubieran hecho los más grandes titulares, incluyendo la detención preliminar de Pedro Pablo Kuczynski, el impedimento de salida de Luis Alva Castro y, lo más triste, el envío al Congreso, por parte del Presidente Vizcarra, del paquete de propuestas de reforma política elaborada, con sangre, sudor y lágrimas, por la Comisión Tuesta.

Al final, incluso la hazaña lograda por los científicos del proyecto Events Horizon Telescope, de fotografiar, por primera vez un agujero negro (denominado Powehi, en lengua hawaiana), terminó siendo pasto de bromas, porque, para muchos, era la demostración de que hasta el universo se burlaba de las ridículas preocupaciones de ciertos padres que, en su cerrazón mental, terminaron más bien haciéndole tremenda propaganda al sexo anal, al punto que no debe haber adolescente en el Perú que no haya terminado de enterarse de lo que se trata.

Y digo “terminado de enterarse”, porque ese contenido del Minedu está dirigido a chicos de tercero de secundaria. O sea, muchachones y muchachonas de unos catorce o quince años que hace ratazo ya googlearon “sexo anal” y, a estas alturas, deben saber sobre el tema un millón de cosas más que los aterrados papis que tratan desesperadamente de protegerles la “inocencia” y, de paso, sepultar la política educativa del gobierno.

Si la ministra de Educación, Flor Pablo, no fuera tan diplomática -eso de decirles que la mención de sexo anal era un error que había que tachar con plumón negro ya fue un poco too much, ¿no les parece?-, podría haberles contado a los insufribles padres de Con mis hijos no te metas que, cuando googleas “sexo anal”, te salen 363,000,000 resultados en una fracción de segundo y que la mitad de ellos son páginas porno que dejan a la definición del Ecured casi como una cita romántica.

Es decir, ¿no es mil veces preferible que alguien con algún nivel formativo -un profesor- le explique los temas sexuales a un adolescente a que el pobre se encuentre de sopetón con mil calatas y calatos retorcidos en todas las poses posibles cuando trate de despejar sus dudas en internet? ¿Creen acaso estos padres cucufatos que sus hijos van a esperar sentados a que ellos estén listos para explicarles lo que es la pose del misionero, la única que se saben? ¿Qué tienen en la cabeza para andar tan obsesionados con el tema anal, al punto que son capaces de resaltar solo esa palabra entre un millón?

En fin. Lo ocurrido esta semana es un episodio más de una guerra en cuyo centro está el agujero negro de la ignorancia, el fundamentalismo y la intolerancia. Y mientras algunos padres buscan devolvernos a las cavernas a punta de protestas, los chicos, aquellos a los que nombran como el gran objeto de sus preocupaciones, están de lo más tranquilos, jugando con sus celulares y googleando preguntas que los aterrarían. Y no porque sean particularmente perversas o atrevidas, sino porque buscan algo que para ellos es la peor de las maldiciones: el conocimiento.

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