Lima 2019

Bateadores blanquirrojos

Resignados a entrenar en parques a oscuras, preocupados por no golpear a nadie antes que en perfeccionar sus técnicas de bateo o lanzamiento, la selección peruana de béisbol acaba de cumplir el viejo anhelo del campo propio, en Villa María del Triunfo. A la influencia nikkei se ha sumado la venezolana.


Renzo Gómez

Domingo, 17 de Marzo del 2019

En la urbanización José Carlos Mariátegui, en Villa María del Triunfo, con la vista preferencial de los cerros, donde hubo antes una chamuscada cancha de fútbol, existe desde hace dos sábados el primer estadio de béisbol en la historia de este país enfermizamente futbolero.

Noventa y tres años tuvieron que pasar desde que se creara la federación en la primera mitad del siglo pasado. Dos y medio desde que se planteó la posibilidad. Poco más de un año desde que inició la construcción.

Julio César Vásquez, mejor conocido como 'Fudge' desde las categorías infantiles, por el mousse de chocolate, no sale de su asombro. Al borde de los cuarenta, luego de haberse retirado hace cinco años y haber vuelto a pedido del comando técnico de cara a Lima 2019, el bateador más veterano del equipo está a punto de comenzar el primer entrenamiento nocturno en un campo propio.

Disculparán la cacofonía, pero todo está haciéndose recién. Primer estadio. Primera práctica. Primera participación en unos Panamericanos. Todo es nuevecito de paquete. Debutante. Amateur.

El palmarés de este deporte alberga el bronce de unos Bolivarianos en 1948 y la plata en dos Sudamericanos a finales de los cincuenta. En los últimos Bolivarianos, en el 2017, en Santa Marta, Colombia, por ejemplo, quedamos quintos de cinco sin registrar punto alguno.

Una calamidad entendible en una selección que nunca tuvo cancha. Dos veces fueron desalojados de La Videna de San Luis. En el 2010, bajo la gestión de Arturo Woodman, el terreno de juego hizo las veces de almacén del Tren Eléctrico; y desde inicios del 2018 y hasta la fecha, de pista de calentamiento de la Federación de Atletismo.

¿Qué ha sucedido en todos estos años de plantones y desplantes? Que los 'peloteros' han deambulado en parques, complejos deportivos y la Villa Regional del Callao, único escenario donde se disputan las tres divisiones de la Liga. Y lo han hecho a oscuras y a la intemperie, cuidándose de no dañar a ningún incauto en lugar de preocuparse por desarrollar técnicas de lanzamiento y bateo. Debido a la poca luz, varios jugadores han terminado con el tabique roto o la boca ensangrentada al ser incapaces de ver la dirección de la bola.

Una torre de acá (de 25 metros aproximadamente) era toda la iluminación que teníamos antes. Las pelotas se perdían en la oscuridad y recién aparecían cuando ya estaban cerca de uno. A mí me han caído en la nariz y la boca. Hasta me han aflojado los dientes”, dice 'Fudge' Vásquez.

Frente al 'Diamante', como se les llama a los estadios de béisbol por la forma del campo, la boca del preparador físico Jan Paul Morales expulsa optimismo. Cada tanto hace alusión al amor propio del equipo actual y de quienes ya no están. Cómo no, si hasta antes de la inauguración estuvieron entrenando en el polideportivo Limatambo de San Borja debido a inconvenientes con el fluido eléctrico en el Callao.

“Para mí representa el sueño de tantos atletas que soñaron con esto y no llegaron a disfrutarlo”.

El estadio, con capacidad para 1.800 espectadores, se ubica dentro del Andrés Avelino Cáceres, un complejo de 21 hectáreas y media, en Villa María del Triunfo, que contará en el lapso más breve con canchas de softbol, rugby, hockey sobre césped, pelota vasca, tiro con arco, waterpolo y frontón. Un signo de progreso. A las apuradas, a cuatro meses de los Panamericanos, pero progreso al fin.

Equipo de inmigrantes

 

Carlos Alberto Ludeña, a sus 20 años, está cerrando el círculo familiar que comenzó su padre allá por los ochenta, un limeño que huyó de un país inflacionario, amenazado por el terrorismo, la escasez y la corrupción.

El Perú de esos años era como la Venezuela de hoy, le ha repetido más de una vez. Tras cumplir la mayoría de edad, Carlos se marchó a probar suerte a Aruba, esa islita de los Países Bajos al sur del mar Caribe.

No prosperó. A pesar de entrenar largo tiempo con el seleccionado, no pudo regularizar sus papeles y, por lo tanto, cambiar su condición de ilegal. Fue allí que su padre, de vuelta en Lima, lo manda a llamar. Carlos se contactó con la pequeña comunidad de beisbolistas del Callao, y en abril del año pasado pisó por primera vez la tierra de su padre.

Desde entonces ha trabajado en atención al cliente y horneando pan. Pero hace un mes recibió su Documento Nacional de Identidad (DNI), y de inmediato se integró a la preselección. Carlos Ludeña, caraqueño él, hincha del Navegante de Magallanes de Valencia, es uno de los siete venezolanos nacionalizados que han reforzado el combinado patrio. Todos provienen, por lo menos, de un padre peruano.

No es casual que todos sean pitchers, es decir, lanzadores. La posición de la que más adolecemos.

“Es por la falta de competencia. Lanzan muy poco en el año. El pitcher necesita más repeticiones para afinar su técnica. No es lo mismo lanzar en una jaula que en una situación de juego”, afirma el cubano Kenny Rodríguez, un pitcher imbateable que hace unos años realizó quince ponches consecutivos (cuando un bateador acumula tres strikes), récord en la Liga peruana.

Kenny es el actual entrenador de la selección. Su nominación es el reflejo de una tendencia: el aporte extranjero en un deporte minoritario que no dominamos.

En la gestión del presidente Javier Ramos, quien comanda la Unidad Técnica, es el cubano Ricardo Miranda, un expelotero que alcanzó la gloria en los Industriales de La Habana. Y el gerente deportivo, Edner Labarca, es venezolano.

No debería sorprender. Así ha sido desde siempre. Ha sido la colonia nikkei la que más ha cultivado este deporte en el país. Basta citar a dos clubes: Kiuyo e Hiroshima. O al club Aelu, donde en febrero se realizó un torneo a propósito de los 120 de la inmigración japonesa. De hecho, dos de los grandes valores del equipo son los hermanos Ken y Jin Ishihara.

La diáspora venezolana, sin querer, nos está beneficiando. Según Kenny Rodríguez, le ha dado más nivel a la competencia local. Asia y el Caribe, dos escuelas distintas, pero a la vez diestras en el arte del béisbol.

Sobre la tierra batida y el sintético del 'Diamante', los 34 preseleccionados hacen su mejor esfuerzo luego de una agotadora jornada laboral. Algunos son oficinistas. Otros obreros. Unos pocos estudiantes. Todos han venido por sus propios medios a entrenar a Villa María del Triunfo, aunque la idea es que un bus los traslade desde La Videna de San Luis.

“Tenemos que adaptarnos. Uno no va a tener el campo en la puerta de la casa. Es lo que toca”, asegura 'Fudge' Vásquez, a quien le ilusiona que el estadio se ubique en la punta sur de la capital. Es una gran oportunidad para masificar el deporte. Captar a los chicos de los distritos aledaños como Villa El Salvador, San Juan de Miraflores o Chorrillos.

Nadie volverá a preguntar de qué trata ese deporte de guantes, pelotas y bates. Estaremos en las grandes ligas.


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