Jorge Arcela: el hombre de plomo

La República
9 Feb. 2019 | 21:00h
Lima 2019

Sobrevivió a nueve balazos. Hoy, un lustro después, sobrevive al limitado apoyo del IPD, a las mecidas policiales, a la miopía de los auspiciadores, y a una ciudad poco gentil. Desde su silla de ruedas, carabina en ristre, Jorge Arcila, el mejor paradeportista de 2018.

El mejor paradeportista peruano de 2018 es un sobreviviente. Alguien al que se le concedió una segunda oportunidad. Un cuerpo que recibió nueve balas. Un agente encubierto al que le tendieron una emboscada. Unas piernas que dejaron de responder a los 25 años. Un hombre al que le rebanaron un pulmón. Un milagro. Una excepción. Un cometa.

Cada vez que Jorge Arcela Godoy se queda con el torso desnudo, todo lo dicho queda al descubierto. Como esta tarde, en La Videna, a 30 °C, en la que por fin, después de un par de horas de entrenamiento, ha podido liberarse de una pesada casaca de lona, una chompa de lana y un wetsuit. Una crueldad necesaria para mantener la postura de tiro y proteger a su columna.

En su caso, una columna dañada en cuya médula espinal se incrustó una bala entre la sexta y la séptima vértebra. La paraplejia que arrastra desde el 30 de marzo de 2014. El machetazo que le partió la vida en dos, y lo confinó a una silla de ruedas.

El testimonio de un sobreviviente es una fábula dolorosamente cierta. Un relato terrible por lo verídico. En el 2013, tras haber participado en la captura del camarada Artemio en el Alto Huallaga, el suboficial de segunda Jorge Arcela fue destacado a Trujillo, madriguera del sicariato y la extorsión.

El ayacuchano, asimilado a un equipo de inteligencia, se dio cuenta rápidamente que había que moverse desde adentro. Que pagarles a informantes era un disparo al aire.

Arcela captó a 'Súper loco', el número 2 de 'Los malditos del Triunfo', una banda con varios muertos encima. Lo chalequeaba como si fuera su hombre de confianza, y a cambio obtenía la hoja de ruta para desarticular a las organizaciones rivales. Una bomba de tiempo a fin de cuentas, pues los delincuentes eran liberados tan pronto que se los cruzaba en la calle a la semana.

En la madrugada del 30 de marzo, durante la celebración de un "palo cilulo" en el distrito La Esperanza, mientras intentaba captar a un nuevo informante apodado el 'Stone' por recomendación de 'Súper Loco', dos carros irrumpieron en la fiesta, y con ello una lluvia de balas. El 'Stone' los había 'sembrado'.

Arcela se recuerda entre las sillas de plástico, buscando con qué cubrirse, sacando su pistola, hiriendo y siendo herido. Una, dos, tres...muchas veces. De todos lados.

Después el silencio. Ese silencio aterrador después de una balacera. Ese silencio acompañado de últimos deseos y agonías. Agujereado, desangrándose, Arcela se tumbó en el piso bocabajo. Pero la quietud no lo eximió de un balazo más. El 'Stone', malherido, y uno de sus secuaces se le acercaron para rematarlo. Inmóvil, escuchó y esperó.

“Muere perro, conchetumadre. Muere soplón”, se confundieron sus voces con una ráfaga seca e instantánea. Un tiro de gracia en la nuca. Un tiro mortal que no lo mató. Un puto milagro.

Luego lo demás. Su nueva vida. Lo más difícil. Despertar a los tres días en un hospital y no sentir las piernas. Aceptar no sentirlas nunca más. A los 25 años, en la flor. Sentir los intestinos hechos mierda, como si alguien hubiese metido la mano y hubiese jugado con ellos. Respirar con dificultad con el nuevo pulmón derecho. Un cuarto de pulmón menos tras rebanársele el lóbulo inferior, extraerlo del cuerpo, drenarlo y volver a introducirlo en el cuerpo, esa armadura tan endeble y poderosa.

Cuidados intensivos. Seis meses hospitalizado. Una familia golpeada pero no destruida. Una novia que demostró cuando había que demostrar. Un camino jodido, pero acompañado. Un amor a prueba de balas. ¿Después de sobrevivir a nueve balazos qué más se le puede pedir a la vida? Morir o seguir. Arcela escogió lo segundo.

 

Manda el indio

 

Hace unas semanas, a unos pasos para cumplirse los cinco años del milagro, Jorge Arcela Godoy fue investido como el mejor paradeportista del 2018, en una ceremonia organizada por la Asociación Paralímpica del Perú, en el auditorio de un colegio surcano.

Arcela se levantó sin necesidad de levantarse de la silla.

Tras probar fallidamente con el básquetbol (una lesión crónica en el codo) y la natación (casi le da hipotermia por sus problemas respiratorios), encontró en el Tiro paradeportivo ese algo por qué luchar en este tiempo extra.

Arcela integra desde hace dos años la primera selección peruana de Paratiro de la historia. Un trío integrado por Steve Medina y Jesús Rivas. Un policía que sobrevivió a una volcadura en plena carretera a Huancavelica y un jovencito al que le detectaron un virus en la médula espinal a los doce años. Dos tipos que también pueden contarla.

El trío que en setiembre del año pasado logró el bronce en el Mundial de Paratiro Châteauroux, celebrado en Toulouse, al sur de Francia. Torneo donde Arcela alcanzó el puntaje que lo clasificó a Lima 2019 y Tokio 2020.

El mismo equipo que dos meses después, en el Abierto internacional de Cali, en Colombia, ratificó su valía. Se repartieron los primeros lugares de la categoría R1 (disparan con una carabina a diez metros de distancia sin apoyarse en ningún soporte): Arcela quedó primero y Medina segundo; y en R3 (el mismo armamento y a la misma distancia pero poniendo los codos en una mesa adaptada a su misma silla) Arcela ocupó el segundo lugar tan solo debajo de Brasil, potencia en el deporte que se invente.

Resultados que justifican su galardón.

“Aquí no manda la silla ni la flecha. Aquí manda el indio”, dice Rodrigo Arangüena, un experimentado campeón convencional en armas cortas, abanderado de la delegación peruana en Seúl '88, y entrenador del seleccionado de Tiro paradeportivo.

Las dificultades no son pocas a pesar de que son una de nuestras cartas en los Parapanamericanos Lima 2019 en agosto próximo.

Ninguno ha accedido todavía al Programa de Atención al Deportista (PAD). De hecho, Arangüena hizo la solicitud hace poco por segunda vez, y todavía es una incertidumbre. Algo tan básico y elemental.

Arcela, el flamante mejor paradeportista peruano, se costea sus pasajes, sus medicinas y sus terapias. Ha tenido incluso que acondicionar un espacio en su casa, con colchonetas y paralelas, para recibir terapia particular tres veces por semana.

Si bien la Asociación Paralímpica les brinda las carabinas, así como los demás implementos, no cuentan con terapistas especializados para realizar ejercicios físicos.

Arcela debería viajar hoy domingo 10 de febrero a La Habana para completar su cuarta terapia experimental en Cuba, de acuerdo a un convenio con su institución, la Policía, desde el accidente. Pero el tratamiento que arrancó a finales de 2014 ha sido tan espaciado que, según dice, ha perdido todo lo avanzado. ¿La razón? El virus de la burocracia.

Pero este treintañero -que nació el primer día del '88 horas después de que un ataque terrorista volara el patio trasero del hospital donde iba a nacer originalmente- está curtido en cuanto a adversidades se refiere. No solo le negaron el ascenso tras quedar parapléjico sino que además archivaron su caso en noviembre de 2018 por falta de pruebas. Atentado donde, por cierto, el 'Stone' murió en el mismo hospital donde se recuperó Arcela. Los dados de este juego que es la vida.

“Pude haber quedado cuadrapléjico, pero Dios me dejó los brazos para representar a mi país”, dice Arcela quien cada cuatro horas se inserta sondas para orinar.

A seis meses de los Parapanamericanos Lima 2019, Jorge Arcela, nuestro más alto valor, una medalla casi fija, no cuenta con lo mínimo. Sobrevivirá. Es de plomo.