Tiempos interesantes


Redacción LR

Domingo, 7 de Octubre del 2018

Los chinos, que en materia de maldiciones y torturas (chinas, obvio) no han tenido competencia ni siquiera en los sótanos del Pentagonito en tiempos de Montesinos, solían desear a sus enemigos que vivieran “tiempos interesantes”, como una forma de mandarlos amablemente al infierno, directo y sin escalas, para vivir los terrores de la inestabilidad, la incertidumbre y la angustia.

Por estos días, los peruanos pudimos vivir en carne propia el significado de tan críptico y cruel anatema, porque pasamos una semana tan agitada que cada día parecía una réplica del tagadá de la Feria del Hogar, y cuando apenas acabábamos de salir de una crisis política, aparecía otra, como en una fatal sucesión de tsunamis, uno más tremendo que el anterior.

Todavía resonaban los ecos del debate municipal en el que don Ricardo Belmont, bajo los efectos de no sabemos qué sustancia… ¡ejem!, homeopática, decidió dispararse al pie una y otra vez, cuando el fujimorismo, desde el Congreso, comenzó a hacer lo mismo, empeñándose en blindar a Pedro Chávarry, el repudiadísimo Fiscal de la Nación al que medio país quiere fuera de su cargo y, la otra mitad, fuera de su cargo y, además, preso.

Claro, la maniobra no difiere mucho de las que el fujimorismo nos tiene acostumbrados, pero la cosa se puso caliente pocas horas después, cuando el presidente Vizcarra señaló que, vistos sus antecedentes y el rechazo generalizado de la ciudadanía, Chávarry debería “dar un paso al costado” y renunciar a su cargo, y este, cual Vito Corleone de Los Barracones, no tuvo mejor idea que amenazar al mismísimo jefe de Estado, advirtiéndole tácitamente que si no paraba con sus cuestionamientos iba a “dar curso” a las cuarenta y seis denuncias que tendría en la Fiscalía.

La matonería del fiscal más espurio de nuestra historia reciente causó un impacto enorme entre la ciudadanía -que, dicho sea de paso, ha catapultado la popularidad del presidente en las encuestas-, pero apenas pasaron unas horas cuando, de pronto, salió un pronunciamiento del Poder Judicial anulando el indulto que un aterrado PPK le diera a Alberto Fujimori hace unos meses, gracias a las componendas de su Benjamín, Kenji Fujimori.

¿Cómo? Pos sí. Después de evaluar todas las irregularidades de otorgamiento del indulto, las autoridades de la justicia peruana determinaron lo que todos ya sabíamos desde que el exdictador fue enviado a su casa: no estaba realmente tan grave como para ameritar un indulto humanitario, su médico de cabecera había sido parte y la gracia en sí fue fruto de una negociación con el gobierno a cambio del apoyo contra el primer intento de vacancia.

En esa épica jornada, dos personajes hicieron méritos para ganarse un Oscar a la mejor actuación. Primero, doña Keiko Fujimori, quien lloró a moco tendido, al más puro estilo yeseniaponce, ante las cámaras lamentando la anulación del indulto al que ella misma se opuso mil veces a través de sus kongresistas. Como si los peruanos no tuviéramos memoria… Hummm… ¿De qué hablábamos? Ah, sí, como si fuésemos amnésicos, la dueña del Mototaxi se largó un rollo digno de telenovela, en el pretendido afán de sensibilizar a la gente que, en las encuestas, la ha puesto cerquísima de un dígito.

El otro actorazo de la coyuntura fue, qué duda cabe, el mismo Alberto Fujimori, que lanzó un video diciendo que su corazón no daba más y que mandarlo a la cárcel de nuevo era equivalente a matarlo. Se le veía tan decrépito y débil que uno no podía entender cómo, un par de mesesitos antes, estaba pidiendo permiso para viajar a la sierra de La Libertad, específicamente a la Reserva Nacional de Calipuy. ¿Milagro? ¿Viveza criolla? No sabemos, pero lo que es seguro es que ningún ancianito moribundo de ochenta años va a tener mucho interés en subir a cuatro mil metros de altura, donde las condiciones son peores que las de su cómoda celda-depa en la Diroes.

Para variar, el país se polarizó entre quienes se apiadaban del viejecito viajero y los que clamaban que debía cumplir su condena dignamente, pero no había pasado la indignación inicial cuando, ¡paf!, el Poder Judicial decidió exculpar a Daniel Urresti en el juicio que se le sigue por el asesinato del periodista Hugo Bustíos. Entonces vimos al candidato de ese oscuro partido llamado Podemos Perú sonreír de oreja a oreja y retomar la campaña como si nada, porque él mejor que nadie sabe que nuestro punto débil es la memoria.

En el interín, mientras mirábamos embobados la larguísima lectura de la sentencia, el Congreso aprovechó para aprobar, sí, las cuatro propuestas del presidente Vizcarra, pero deformándolas a su gusto y, sobre todo, asegurándose, en el tópico de la no reelección congresal, de ser reelegidos el 2021 como senadores. ¿Pueden imaginar tamaña viveza? Yo sí. Y lo que es más grave: tiemblo de solo pensar cuál será el próximo acontecimiento de este “tiempo interesante” que nos ha tocado vivir.


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