Vizcarra no es PPK

"El presidente se ha ganado las furias de Keiko Fujimori y, de paso, las de Alan García, pero, aunque estos sean los titiriteros de las fuerzas oscuras".

Maritza Espinoza

Domingo, 16 de Septiembre del 2018

Desde los días en que el fujimorismo jugaba al camotito con Pedro Pablo Kuczynski hasta hoy, que pretende hacer lo mismo con el presidente Vizcarra, mucha agua ha corrido bajo el puente. Y no solo hablamos de la popularidad de ambos presidentes -uno andaba cerca de un dígito cuando se fue y este tiene el apoyo de la mitad de la población-, ni de que las fuerzas del Mototaxi andan más resquebrajadas que el By pass de 28 de julio. 

Lo que ha cambiado es que, ahora, Vizcarra tiene a una ciudadanía dispuesta a salir a las calles para defender a su gobierno y podría, si quisiera, convocar a una gran movilización ciudadana si las huestes de la Señora K se ponen matoncitas y le bloquean todas sus iniciativas para combatir la corrupción. Y ya comenzaron a hacerlo esta semana, cuando la Comisión de Justicia del Keikongreso rechazó el texto sustitutorio de reforma del CNM y, de paso, se pusieron remolones para aprobar todas las demás iniciativas. 

Vizcarra (ya no) es la réplica de Pipikey, quien parecía tener ocho mejillas de tantas que ponía después de cada cachetada del keikismo. Por suerte, en algún punto del camino, se dio cuenta de que la pasividad y la estrategia del “chí cheñó” eran una forma poco elegante de suicidio político, y que más vale morir de pie que arrodillado frente a un pelotón de impresentables que no tienen la más remota idea de lo que es el juego limpio en la política.

También por eso, el presidente se ha ganado las furias de Keiko Fujimori y, de paso, las de Alan García, pero, aunque estos sean los titiriteros de las fuerzas oscuras, tienen en contra a la mayor parte de la ciudadanía, que los identifica no solo como elementos obstruccionistas interesadamente opuestos a cualquier reforma política, sino como quienes tienen mucho más que perder si la justicia se endereza. La libertad, por lo pronto.

No es gratuito que la popularidad de la Señora K ande por el subsuelo (13 puntos según Datum) y que la de García ya ni se cuente. En esas condiciones, cualquier acción operada desde el Congreso o el Poder Judicial, solo enervará más a la gente, que, es natural, hará espíritu de cuerpo con aquel que, evidentemente, es la víctima simbólica de la avalancha mafiosa: Martín Vizcarra.

Desde el sótano del prestigio, es difícil tener algún éxito tratando de desprestigiar al presidente -que, si tiene pecados, son incomparables con los de sus enemigos, frente a quienes Darth Vader termina siendo un tío con asma-, pero el aprofujimorismo, absolutamente carente de autopercepción, sigue intentando desacreditarlo, justo cuando la gente no está con la paciencia de reírse del chiste aquel donde los ladrones gritan “¡al ladrón!”

Claro, lo más desopilante es que aquello con lo que han intentado desacreditarlo haya sido… ¡relacionarlo con ellos! Por lo pronto, Keiko Fujimori “revelando” un encuentro secreto que sostuvieron (o sea, algo así como decir, ¡miren, este se reunió con la apestada… que soy yo!), apenas causó un alud de divertidos memes en la opinión pública que, más bien, se preguntaba si esa reunión no habría sido una más de las emboscadas a las que es tan afecta, y cuya última víctima visible fue su hermanito menor.

Lo que el aprofujimorismo aún no percibe es que algo ha cambiado profundamente en la sensibilidad de la gente. Hay, por primera vez en mucho tiempo, la sensación de que los bandos están claros y marcados. Martín Vizcarra no es un presidente pintado en la pared y es evidente que no cambiará de rumbo hagan lo que hagan (o no hagan lo que no hagan) sus adversarios políticos.

¿Qué no habrá reforma de la justicia? ¿Qué se harán los suecos con la destitución de Chavarry? ¿Qué mirarán al techo con la corruptela del CNM? Pues entonces Vizcarra no tendrá otra opción que presentar la temidísima cuestión de confianza, porque sabe que, si no lo hace, su credibilidad se irá al piso, y todos sabemos que para un gobernante es mejor un “muera Sansón y los filisteos” que jugar a ser la nueva versión del bobierno de PPK.

Ya Vizcarra ha avanzado demasiado en su decisión del enfrentar a la mafia enquistada en el Congreso y el Poder Judicial y, pase lo que pase, no se puede dar el lujo de retroceder. La gente, asqueada de la corrupción, lo acompañará si se mantiene firme. Incluso si, en el peor de los escenarios, llegan a tumbárselo con todas las triquiñuelas del mundo, siempre será el gobernante que se fue con la frente en alto. Y eso, en el lenguaje político, significa convertirse en una inmejorable carta para el 2026.

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