David Chauca, el devoto más fiel de la bicolor, va a Rusia

La República
9 Jun. 2018 | 23:59h
Peruanos en el Mundial

El famoso 'Hincha Israelita' de la selección viajó esta semana a Moscú para alentar al equipo de todos en el Mundial. Esta es la historia de un hombre de fe, redimido y querido por su apoyo incondicional a nuestra camiseta.

Cinco túnicas y cuatro banderas rojiblancas. Ropa interior de algodón, calentadores de lana, dos pares de sandalias, pasajes, documentos, algo de dinero y una Biblia para sobrevivir las próximas tres semanas. El equipaje de David Chauca Quispe cabe en una maleta de mano y una mochila simple. Ninguna otra valija acompañará su viaje a Moscú, con escala en Paris.

–Me han dicho que allá es verano, por eso no llevo muchas cosas. Ojalá sea así.

Frío intenso y humedad. Nubes de agua y de polvo. En Arenal Alto, el barrio donde David Chauca vive desde niño, el otoño y la primavera no existen. Solo una niebla helada que cala los huesos y radiación solar que quema la piel, seis meses cada una.

Es la mañana del primer jueves de junio, séptimo día del sexto mes de un año enigmático: 2018. En dos semanas iniciará oficialmente el invierno, pero en este sector de Villa María del Triunfo –al menos por estos días– solo un loco o un tocado por la divinidad puede darse el lujo de no abrigarse. Chauca lo hace desde hace una década, cuando motivado por su fe religiosa decidió cambiar la ropa mundana por un outfit sacado del Antiguo Testamento.

–Buenos días, hermano. Más tarde vamos a su casa para despedirlo.

–Gracias. Ahí los espero.

El hombre que saluda a Chauca se llama Juan. Es un mototaxista fornido, de unos treinta años, con voz ronca e intimidante. Como todos en Arenal Alto, se protege del frío con una casaca. La suya, ploma como esta mañana, tiene una capucha que envuelve una gorra negra en su cabeza y acentúa su aspecto rudo.

El traje de David Chauca difiere totalmente. Su túnica roja de lino, con un manto blanco cruzado, no sólo emula la camiseta alterna de la selección peruana de fútbol, equipo al que acompaña fielmente desde hace ocho años, también lo pinta –literalmente– como un iluminado, alguien que irradia color y fe en esta zona gris del cono sur de Lima.

–Abrígate, hermano. Te vas a morir de frío allá.

Juan se aleja en su mototaxi preocupado por el hombre que hace unos años le habló de Dios, cuando su camino parecía desviarse hacia la delincuencia y el vicio, el vecino amable que un buen día apareció en televisión convertido en el 'Hincha Israelita', el más querido y leal seguidor de la selección peruana, quien dentro de unas horas abordará un avión con destino a Rusia, la tierra prometida para todos los futboleros del mundo.

Cuestión de fe

A los 42 años, David Chauca ha cumplido un sueño que tenía desde niño. Dos en realidad: ver a Perú clasificado para un mundial de fútbol y acompañar al equipo a dicho certamen. No ha sido fácil para él, como no lo ha sido por treinta y seis años para todo un país que se cansó de contar derrotas y hacer cálculos inútiles esperando un milagro.

Pero el mérito de Chauca radica en que nunca perdió la fe. Su apoyo incondicional a la selección, en algún momento fue visto como una obsesión por las personas de su entorno. Su esposa, Daysi, por ejemplo, al principio no podía entender qué llevaba al padre de sus hijos a dejar de trabajar por apoyar a la selección incluso en los entrenamientos.

–Yo le decía: "Pero si todavía no van a jugar". Y él me respondía que tenía que orar por ellos y hacer ofrendas para que les vaya bien en los partidos.

Ayunos, oraciones y hasta sacrificios de animales fueron algunas de las ofrendas que David Chauca realizó, especialmente en la última etapa de las Eliminatorias y durante los meses que nuestro capitán, Paolo Guerrero, estuvo suspendido por dar positivo en un control antidopaje.

–Al Padre le gustan las ofrendas, lo dice la Biblia. Si estamos bien con él, él estará bien con nosotros.

Algunos miembros de su congregación, la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, tampoco vieron con buenos ojos el apoyo desmedido de Chauca hacia el llamado 'equipo de todos', al menos al inicio.

No fueron los únicos. Como una medida de seguridad, el entrenador Ricardo Gareca prohibió el acceso a los entrenamientos a toda persona ajena a su comando técnico. Incluso la prensa deportiva, acostumbrada a cubrir las prácticas desde una casa contigua a la Villa Deportiva Nacional (Videna), tuvo que conformarse con esperar las fotos o videos oficiales.

Chauca perdió entonces la posibilidad de compartir con los jugadores, quienes sin decirlo empezaban a extrañar sus letreros con frases de apoyo, sus cánticos y oraciones. Un privilegio que el eventual albañil y mototaxista se ganó durante el proceso anterior, gracias a la confianza del entrenador Sergio Markarián.

–Un día esperé a Gareca y le dije: "Profesor, le ruego que me deje ver las prácticas, le prometo que no voy a grabar nada ni le daré información a la prensa".

Conmovido con este gesto, Gareca aceptó a David Chauca como el único testigo de sus trabajos. Solo a él. A él y su fe inapelable, desde aquel balcón, ahora bendito, ubicado en el distrito de San Luis.

Camino a la redención

En marzo del 2012, Chauca ya había sido privado de estar con la selección. Ocurrió en Arica, Chile, cuando fue detenido por atar una bandera peruana en un poste, mientras sujetaba una pancarta con la frase: " Que el fútbol sea símbolo de paz entre dos pueblos hermanos. ¡Vamos Perú!".

Los carabineros habían entendido este hecho como un acto de vandalismo y provocación. Por ello encerraron a Chauca en un calabozo, del que salió horas después gracias a las gestiones del Consulado Peruano. Pero esa no fue la primera, ni la única vez que estuvo detenido.

–Años atrás me arrestaron por robo y pandillaje. Era una mala persona, pero decidí cambiar por Dios.

Hoy, gracias a varias polladas, al apoyo de su congregación, de una marca deportiva y la generosidad de un alcalde que le compró los pasajes, David Chauca espera la llegada de nuestra selección a Rusia, donde asegura que jugaremos y ganaremos la final. ¿Un loco o un tocado por la divinidad? El tiempo lo dirá.