Los chicos de net alta

No reciben sueldos ni pasajes. Lo suyo es pura pasión. Este miércoles, en Brasil, la selección mayor de vóley masculino participará, luego de seis años de ausencia, en un Sudamericano. Río 2016 es una valla alta por ahora, pero hambre hay.

No reciben sueldos ni pasajes. Lo suyo es pura pasión. Este miércoles, en Brasil, la selección mayor de vóley masculino participará, luego de seis años de ausencia, en un Sudamericano. Río 2016 es una valla alta por ahora, pero hambre hay.

Tres meses frente a una pared.  El primer guiño que Eduardo Romay (20) tuvo con el vóley fue una fría pared. Tenía 15 años, un metro 94, y un vacío. Ni   karate ni fútbol ni natación. Ni siquiera el básket lo convencía. 
 
Ser alto era y es –sobre todo en un país de pequeños– una responsabilidad. Una deuda que crece y se agrava en la adolescencia. La única manera de honrarla es sacarle provecho. Destacar para agradecer. 
'Chiqui' o Melman (la jirafa de Madagascar), como lo llamaban, pecaba de ingrato. Le aburría el arco y detestaba las canastas. Su padre, un exvoleybolista de Adecore, conversó con el cubano Antonio Pérez, entonces entrenador de la selección peruana de mayores. Pérez aceptó pero impuso su prueba.
Antebrazo y voleo sin cesar. Fundamentos. El abecé. Una y otra vez. Aún no sabe cómo aguantó tanto, pero lo cierto es que  el acto repetitivo despertó su vocación tardía. 
 
Cinco años después, Romay es el central más promisorio  del  equipo nacional y el de mayor estatura también. Su metro 99.5, como suele decir, es nuestra principal carta para bloquear feroces ataques. 
 

Opciones bloqueadas

Johnny Westreicher –49 años, 1.97, buzo, raya al medio como un libro abierto– está contrariado. Es miércoles por la noche, en el Polideportivo del Centro de Alto Rendimiento en La Videna, y Perú es un terreno bombardeado. 
 
La Universidad San Martín, dirigida por el español Juan Diego García, actual campeón de la Liga superior, es implacable, pese a contar con solo seis jugadores, sin ningún recambio en la banca. La selección, en cambio, está casi completa. Pero la experiencia de los 'santos' pesa más.
 
Alrededor de 22 años promedian los jugadores de Perú con los que Westreicher trabaja desde hace ocho meses en mayores y, desde hace dos años, cuando asumió las categorías juveniles. La base proviene de dos clubes en particular: Peerless y el Unilever del Callao. Se conocen pero no alcanza.
En una semana, debutarán en el Sudamericano ante el local Brasil, aplanador como en los demás deportes, y de solo pensarlo, uno traga saliva. Más si significa el retorno de Perú a esta contienda, luego de seis años. Ausencia que se dio –según comentan– por escaso interés de la federación. 
 
Una leve reacción, tras unas carajeadas, empareja el juego.Pero el repunte es breve:  el primer set acaba 25-16 a favor de la universidad.
 
Muchas cosas pasan por la cabeza de Westreicher. No de ahora. Antes de ser  entrenador, este peruano, nacido en Chanchamayo, de ascendencia austroalemana, era el opuesto titular de la selección. Integró  el equipo que en el Sudamericano del '89 ocupó el cuarto lugar. El puesto más digno en los últimos treinta años. Tiempo después se retiraría, por el nulo apoyo dirigencial, y se dedicaría al vóley playa.
La situación es muy parecida. El amateurismo persiste. Como el fanatismo del público peruano por el vóley femenino, a diferencia del resto de países. Los ojos están en Ángela Leyva, y estuvieron en Cecilia Tait.  No en Eduardo Romay ni el capitán Paul Williams o el central Edson Timoran, quienes no reciben  pago  alguno por representar a la patria. Ni los pasajes. 
 
La preparación, por lo tanto, angustia. Han disputado diez amistosos, pero ninguno contra oponentes internacionales. Las prácticas, para no cruzarse con el estudio y el trabajo, son cuatro veces por semana como máximo. La Liga superior, donde los muchachos se cuajan, apenas dura dos meses (este año sería un mes y medio). Los jugadores que superan los 23 años tienen un solo camino el resto de la temporada: optar por el vóley playa. Si no, estarán inactivos. Congelados.Out.
 
Los prejuicios hacen su parte también. “Solo en el Perú, el hombre que juega vóley es gay o afeminado. Es increíble pero sucede”, señala Westreicher. Hace unos meses, un padre lo buscó para conversar sobre su hijo, cuyo talento y gran tamaño le otorgaban  serias posibilidades para sumarse al seleccionado. El diálogo fue corto: “Lo lamento pero no quiero malas influencias para mi hijo”. Lo retiró. Así, sin más. Un proyecto perdido por la estupidez. 
 
El técnico peruano reconoce que fue uno de esos. Se vacilaba de los cuatro hermanos de una enamorada de juventud que disfrutaban con los bloqueos, saques y mates.  No le cuadraba. Tenía 19 años, y  era puro fulbito. 
 
Alguna vez, a sus cuatro cuñados, les faltaba un jugador para competir en un campeonato interbarrial. Westreicher, presionado por los pedidos de la chiquilla,  accedió.  Era eso o el Walk Over, y una relación rota. Se pegó y no lo dejó más.Grato recuerdo del esposo de Elena Keldibekova-natural de Kazajistán-, antigua armadora de selecciones pasadas, apodada 'Patadita'. 
 

 Examen explosivo 

-De nosotros nadie se ríe, carajo. ¿Está bien?-
 
-¿Quién se ha reído?-
 
-Yo sé-
 
Una granada  acaba de activarse en la esquina de la Universidad San Martín. Nicolás Mosquera –31 años, del Chocó colombiano, un Cristo con corona de espinas en el hombro derecho–, máximo anotador de la Liga en el 2014, se ha calentado. Lo taparon por única vez en el partido y el líbero de Perú,  Martín Flores se rió. 
 
Él no se dio cuenta, pero su técnico se lo ha advertido y  uno de sus compañeros le ha dado el dato. Las accciones se reanudan. Se reanudan es un decir. Mosquera increpa a Flores y, por algunos instantes, la net que los divide es la delgada frontera entre dos bandos en guerra. No pasa a mayores, de milagro. Aunque luego Mosquera me dirá que “si se ganaba con la risita, le pegaba una trompada por irrespetuoso”. 
 
Los demás sets fueron más peleados. Inclusive, la selección ganó el tercero por 25-19, con rápidas combinaciones y diagonales de Francis Mendoza, Diego Recavarren,  Japón Vargas y, claro, Romay. Sin embargo, los 'santos' sacan ventaja con los bombazos de Mosquera y el ingenio  del armador brasileño Christiano Bosnich. Categórico 3-1, con contundente 25-11 en el cuarto set. 
 
En el 2009, la última vez que participamos en un Sudamericano, terminamos sextos con un solo triunfo. ¿Por qué van ahora?, le pregunto al entrenador. “Por meternos entre los cuatro o cinco primeros”,  me dice, consciente de que solo hay dos cupos para las Olimpiadas Río 2016. Desde este miércoles hasta el domingo 4, en Brasil, lucharemos. A pesar de todo. 
Te puede interesar

CONTINÚA
LEYENDO