El largo camino al éxito del técnico Roberto Mosquera

El entrenador, campeón con Sporting Cristal este año, pasó de todo en su carrera. Vivió épocas en las que no le pagaban, dirigió equipos que no tenían ni pelotas y vio a su familia llorar cuando se fue al descenso. Ahora disfruta su primera vuelta olímpica, pero sigue cuestionando el sistema.Duro recorrido.

El entrenador, campeón con Sporting Cristal este año, pasó de todo en su carrera. Vivió épocas en las que no le pagaban, dirigió equipos que no tenían ni pelotas y vio a su familia llorar cuando se fue al descenso. Ahora disfruta su primera vuelta olímpica, pero sigue cuestionando el sistema.Duro recorrido.

Michel Dancourt.

Se ríe casi todo el tiempo. Sin embargo, su trabajo intenta ser serio, riguroso, planificado. Esas virtudes, que no son moneda común en el deporte peruano, Roberto Orlando Mosquera Vera las trata de llevar consigo hasta en la guantera de su moderno auto Honda que no lo hace olvidar las épocas en que cobrar a fin de mes por sus servicios como entrenador no era un hábito sino un privilegio que disfrutaba muy de cuando en cuando. Mientras acelera por las calles de San Isidro también se le vienen a la mente las largas colas del  ‘Subte’ de Buenos Aires, cuando su pasión por dirigir lo llevó a especializarse un año en Argentina.

Dice que reír y ser responsable no se contraponen. Más bien, cree que cuando uno trabaja con alegría todo fluye mejor. Ahora, que goza su primer título nacional como técnico al sacar campeón del fútbol peruano a Sporting Cristal este año, el entrenador que viste ternos italianos pero usa corbatas bamba anda de mejor ánimo que nunca. Tal vez más feliz que un perro con dos colas. Un reportero de la televisión lo aborda en la calle. Quiere saber sobre la continuidad de determinado jugador celeste y el DT le responde con gracia: “Se queda en la medida en que no se vaya”.

A pie, en carro, subiéndose a un transporte público, con HD o sin HD, Mosquera es el mismo siempre: un tirador de frases, un ex futbolista que perdió la ilusión de ir a entrenar a los 32 años y al que su esposa, una guapa colombiana a la que conoció vestido de corto, le cambió la vida porque no solo le dio tres hijos, también lo salvó de terminar detrás de un escritorio de Siderperú. “Estaba en San Agustín, haciendo la pretemporada. Challe, que ahora me critica, era el entrenador. Tenía 32 años y los golpes que a los 25 te dolían una semana, ahora te fastidiaban un mes. Me levanté un día y dije no más. Devolví el monto recibido por el contrato y me fui a mi casa, pese a que un directivo, Miguel Pellny, me pidió que me quedara a entrenar. Me dijo que con Challe nunca se sabía porque era díscolo. Pero no me sentía preparado. Estudiaba Administración y mi aspiración era entrar al puesto de mi papá que se jubilaba. Hacía mis papeles en la Villarreal y Claudia me preguntó: ¿Vas a trabajar 8 horas? ¿Vas a tener un jefe? ¿Quieres estar dentro de cuatro paredes?... ¿Por qué no estudias para entrenador?... Me alcanzó un recorte de la Escuela de Entrenadores Eseful. Conocí a Luis Aldave y a don Alfonso Huapaya. Ahí empezó todo”, recuerda Roberto subiéndose en el tren de la nostalgia para detenerse en la estación del verano de 1989.

Mosquera ingresó en el segundo lugar de su promoción, se ganó una beca y estudió 1.920 horas. Entrenó a los menores en el desaparecido club santo y en el 91 lo llamó Miguel Company para que sea su asistente en la selección. En el 92 sacó su título Fifa y se fue hasta Argentina donde estuvo un año con Carlos Timoteo Grigoul en Ferrocarril Oeste. Recuerda que ahí aprendió a plantear también sistemas defensivos –“El único que jugaba era Marcico, todos los demás eran de madera”– y califica a Luis Aldave, director de la escuela, como su segundo padre porque lo apoyó económicamente para sostener a su familia mientras se iba del país.

Roberto, que ha sufrido en carne propia los avatares del fútbol porque ha jugado en todo tipo de canchas y dirigido en diversas condiciones, incluso en Copa Perú, debutó como entrenador en 1995, con Unión Huaral y al año siguiente se integró al comando técnico de Cristal que lideraba Sergio Markarian y llevó a los celestes al título nacional y al subtítulo de la Copa Libertadores en el 97. Sus siguientes pasos fueron en equipos de provincias como el Bolognesi, con el que realizó buenas campañas clasificándolo a su primer torneo internacional, pero también con el que se fue al descenso en el 2009. El año pasado llevó a Sport Huancayo a la Copa Libertadores. En ese andar se ha encontrado con toda clase de directivos. “Un día le dije a un presidente que con siete pelotas no podía entrenar. Me contestó: En el Boys tienen 30 pero no cobran hace tres meses. Ese es el pensamiento de muchos directivos en el Perú. Edgar Araníbar –se refiere al titular del club huancaíno– nunca nos pagó el premio por clasificar al equipo a la Copa. Ni a mí ni a varios jugadores que se fueron. Hay mucha impunidad en el fútbol, siempre he tratado de luchar contra un sistema que no sanciona a la gente que actúa mal. Muchos, los que lucran con el fútbol, deberían estar presos” dice Mosquera y por primera vez se pierde la sonrisa de su rostro.

"EL JARDÍN ANÍMICO"

Mosquera jugó 16 veces con la selección, anotó 4 goles, fue parte del plantel que participó en el Mundial de 1978 y ha tenido, en las últimas semanas, una polémica bastante mediática con su ex compañero en Cristal y la blanquirroja, el ex arquero Ramón Quiroga, hoy comentarista deportivo de televisión. Piensa que ya no debe perder tiempo en contestarle y prefiere hablar de otros temas, más si en los últimos días sufrió un problema de salud que incluso lo llevó a la clínica. “Pero no tengo un mal cardíaco como dijeron, fue un malestar estomacal que me generó una descompensación. He perdido algunos kilos y estoy como para volver a jugar” sostiene apretando el botón de stop en su licuadora de emociones.

Detesta que le digan ‘Mou’squera y menos ‘Mosca’, apelativos que lo perturban porque tiene un apellido con historia en el fútbol peruano. Marca distancias del estilo obsesivo de entrenadores como Marcelo Bielsa o Jorge Sampaoli, argentinos ambos, que desayunan, almuerzan, cenan y encima sueñan fútbol. “Yo me doy tiempo para vivir también”, dice Roberto, que estuvo en clubes donde no cobraba jamás como en Deportivo Municipal y que por encima de todo es un padre cariñoso que ahora reniega porque uno de sus hijos, Roberto Alfredo, que paradójicamente estudia periodismo deportivo –“Si me critica no entra más a casa”–, lo hará abuelo y siente que es pronto, que con 56 años bien vividos aún no desea que lo llamen así.
Mosquera es también el vecino conocido en una calle de Surco que nunca niega el saludo ni tampoco se queda callado cuando algún hincha de otro equipo le dice alguna cosa. “Hay que responder con energía y con buena onda siempre”, asegura y recuerda a su esposa que lo aguanta hace 19 años, a Claudia y a sus hijas, a Tatiana y a la más pequeña, a Fabiana. Por Fiestas hará maletas y se irá con todos unos días fuera del país. “La última vez que descendí mi familia estaba llorando y les dije que iba a seguir siendo entrenador. En el ‘Muni’ era puntero y nos debían cinco meses. En Bolognesi terminé jugando con una Sub 20 y ya no lo pude salvar como había hecho dos veces. Me fui a mi cuarto y ahí lloré solo. Otros se van dos partidos antes para no descender y luego comentan. Dirigiendo fuera de Lima, regresaba y Fabiana me recibía lindo. Pero al día siguiente me volvía a ir y la siguiente visita ella estaba cambiada. Era su manera de protegerse, tratar de no hacerme tanto caso pero ahí el que sufría mucho era yo”, recuerda el ex jugador celeste que dio tres vueltas olímpicas como futbolista en La Florida: 79, 80 y 86.

EN TODAS LAS CANCHAS

Forjado en las divisiones menores rimenses, su apellido se identifica con el concepto de la ‘Raza celeste’ que él ayudó a impulsar este año. Su padre, Alfredo Mosquera, fue jugador del Sporting Tabaco y su tío Máximo Vides Mosquera, campeón con Cristal en 1956, es una de las leyendas del fútbol peruano. También jugó en Talleres de Córdoba –ahí compartió vestuarios con Ángel Comizzo, actual DT de la ‘U’–, Deportivo Cali, Once Caldas, Cúcuta, Aucas, además del ya mencionado San Agustín, donde detuvo su carrera.

Este año el club le puso un coach, Carlos Pellegrini, para apoyarlo en su relación con la prensa y en el manejo interno del plantel. Hace días los amigos de lo ajeno quisieron engañar a su empleada para meterse en su casa y por eso pide no hacer fotos familiares por ahora. 
Mosquera es el entrenador al que la directiva de Universitario le dio a dirigir el América Cochahuayco, a la espera de que la muerte del padre de Ricardo Gareca lo llevara al primer equipo crema. Es el lector voraz que acaba de leer un libro de Vicente del Bosque y hasta parafrasea a Gastón Acurio con aquello de ‘Triunfo come derrota’. Es el técnico que le puso un psicólogo al futbolista Juan Carlos Mariño y el que elogia a su volante uruguayo Jorge Cazulo, sobre quien asegura que puede jugar hasta debajo del agua.
Y es el hombre que dispara frases y convierte un adjetivo en verbo pidiendo que no se debe ‘vulgarizar el juego’. 
Para terminar, renueva su largo repertorio: “No hay que tenerle miedo a la palabra fracaso. Es solo escoger un camino equivocado pero siempre se puede volver a empezar”.

"SUSANA VILLARÁN ES UNA MUJER TRANSPARENTE"
 
¿Por qué a veces reaccionas mal ante las críticas?
La envidia es uno de los contravalores más tristes, gente que quiere lo del otro sin hacer el esfuerzo. Permito todo, no la falta de respeto.
¿Y cuál es la receta para tener éxito como DT?
Creo que el primer día es clave. Hay que convencer al grupo del proyecto. Por eso digo que los partidos se empiezan a ganar en el alma, hay que jugar en la cabeza de los jugadores, tener la capacidad de persuadir. Yo volví a un club donde estuve 10 años y sé de su seriedad. Les di a todos un folleto con los primeros 15 días de trabajo, estaba todo señalado: horas de entrenamiento, ropa, tipo de trabajo y había espacio para descansar y hasta para una cerveza o dos, no más. La disciplina es clave. Pregunté quién no quiere o no puede con este rigor, nadie levantó la mano. Después si echas a alguien no te pueden decir: ‘Profesor, piense en mi hija’, cuando ese jugador no piensa en ella al momento en que se amanece tomando y no cuida su trabajo.
 
 ¿Ese tema ha sido bien manejado en la selección?
Hubiera durado poco como asistente de Markarián, porque yo hubiera dicho cosas que la gente de la calle quiere decir. Le escribí un mail después de la Copa América y no me respondió. Me parece que no se destapó toda la pus, que debieron salir fotos, videos, sancionar con dureza después de lo del Golf. Así no venía el caso de Panamá, lo de Vargas en el aeropuerto. No sé si nuestro lugar en la eliminatoria sea al lado de Bolivia. Yo creo que equipo no nos falta para pelear el cuarto o quinto lugar. Para dirigir a la selección debes tener otro nivel de autoridad. Se pudo manejar el tema de una mejor manera.
¿Qué piensas de la política?
Me gusta, soy un animal político. Primero quiero tricampeonar con Cristal para luego pensar en alguna posibilidad.
¿Y el proceso de revocatoria contra Susana Villarán?
 
Me parece que hay un poder oculto que está detrás queriendo que suceda esto, no estoy de acuerdo. Es una mujer de línea, alguien a la que le está costando más hacer porque no tiene los conductos del mal como otros políticos para 'apurar', así entrecomillas, ciertas cosas. Lo está siendo por el lugar que corresponde, de transparencia, de decencia y eso incomoda. Le están poniendo cabe. Ciertas autoridades de antes no quieren que su gestión camine.
Políticamente hablando, la partida del golero Erick Delgado es impopular para los hinchas celestes.
Presenté una carta para que se quede. Con Erick hay un acumulado de situaciones cuando yo no estuve. Tuve una reunión en mi casa con él de tres horas y le dije que mi nivel de liderazgo era total, que no lo podía compartir. Cuando se puso físicamente bien, porque tuvo dos operaciones en el año, respondió. Yo quería dos arqueros de nivel y no sé si cuando viniera Penny lo iba a saludar. Había ya un público desgaste. Yo siento su ida pero la vida continúa. Yo me fui de algún club también y nadie me lloró tampoco.
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