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La historia de Mateo Salado, quemado por la iglesia católica en el Perú del siglo 16

El asesinato de Salado fue el primero de la junta. La Santa Inquisición, institución religiosa autora de crímenes perpetrados en nombre de su credo, llegó al Perú en 1570.

Retratación de la quema de personas denominadas como “actos de fe“. Foto: Muy historia/referencial
Retratación de la quema de personas denominadas como “actos de fe“. Foto: Muy historia/referencial
Sebastián Meza

Mateo Salado (también enunciado como Matheus Saladé en las indagaciones consultadas) llegó a Perú en tiempos donde todo migrante debía ser católico, tal como los españoles promulgaron. Prédico de la doctrina luterana, cuestionadora del poder institucional jerárquico de la iglesia católica, tuvo que esconder su inclinación para sortear los controles de la Casa de la Contratación de las Indias, sitio de control ultramarino visitado previo a cualquier viaje.

Las fuentes sobre la vida de Salado se limitan a los textos de la Inquisición de Lima, como escribió el historiador y educador peruano Teodoro Hampe Martínez. Se estima que el personaje en cuestión arribó a puerto peruano a mediados del siglo XVI. Dejó su natal Beauce, ubicada al suroeste de París, según investigaciones de Jean-Pierre Tardieu (1995).

Tiempo después de llegar al valle de Lima se movió para establecerse en la huaca que ahora lleva su nombre. Salado vivió en el límite de lo que hoy es Pueblo Libre y Cercado de Lima. Hampe Martínez lo describió como un ”hombre pobre y descuidado en su apariencia e higiene, lo cual llevó a muchos a afirmar que era un loco, pues se le veía distraído y morando solo“.

El cronista Fray Antonio de la Calancha lo retrató en su obra “Crónica moralizada del orden de San Augustín en el Perú“: “Aquí vivía este hereje solitario, con demostraciones de ermitaño penitente, descubrió el veneno, i pagólo en ceniças (sic)“.

Las habladurías limeñas de entonces lo prejuzgaron como un “blasfema, embaucador; hombre proclive a decir palabras impías, que vendía libros apócrifos y practicaba ritos esotéricos“, según alcances del investigador argentino Andrés Raúl Rocha de la Universidad Nacional de Cuyo.

Motivo de la suerte de sentencia social que tuvo fue por la omnipresente doctrina católica llevada por los españoles en todas sus colonias. Contraria a la tesis planteada por el profesor Stuart B. Schwartz de que existió una tolerancia religiosa generalizada entre los cristianos viejos europeos y de América, casos como el de Mateo Salado relativizan su aseveración.

Así como el francés, la Inquisición sometió a sus torturas a “marginados sociales, crispados o resentidos, que tenían muy poco que perder y que se la jugaron desafiando a aquel temible tribunal“, como escribió el peruano Hampe Martínez. Perfiles disidentes similares fueron Bartolomé Sánchez e Inocencia de Aldama.

Juicio de la Inquisión

La primera vez que Salado asistió al tribunal del Santo Oficio fue en mayo de 1570. Se le acusó de haber cuestionado a la institución eclesiástica en una declaración luego registrada en el libro “Historia del tribunal de la Inquisición de Lima“: “Para qué adorábamos y reverenciábamos a una cruz, que un platero había hecho con fuego y con martillazos, y que en los tiempos antiguos, los apóstoles y los mártires habían padecido, que cómo ágora no hacía Dios milagros, y que tratando de los luteranos había dicho que otras cosas peores había en el mundo que ser luteranos (...)“.

Pese a que el fiscal Alcedo quiso tomarlo prisionero, los demás magistrados del tribunal y consultores resolvieron cerrar el expediente del francés argumentando que “estaba loco“.

En noviembre de 1571 la autoridad tomó nuevas declaraciones de testigos para el 8 de ese mes detenerlo. De aquel segundo interrogatorio se registró por vez primera la edad de Salado: 45 años. También se da cuenta, como escribió Hampe Martínez, de sus opiniones “contra el carácter divino de Jesucristo y de su madre, la Virgen María; la denuncia del Papa como borracho, junto con los cardenales y obispos; el anuncio de la presencia benéfica del Anticristo“.

Siete días después se lo condenó por persistir en sus convicciones ajenas al otrora sentido común. La quema en la hoguera, catalogada como el primer “acto de fe” realizado en Lima, fue presenciada por el arzobispo de la ciudad, Fray Jerónimo de Loayza.

Actualizado por Pilar Baldeón