Poesía entre muros de Ancón II

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18 Abr 2016 | 0:10 h

Crónica del taller para reclusos "Poesía que libera el alma", llevado a cabo en el marco del III FIPLima.

(@elzejo)

Poesía desde el silencio y entre los muros. Reos de diversas nacionalidades dispuestos a aprender que el lenguaje poético rompe la lógica del uso común del lenguaje. Esto se hizo y se sintió en la sala zoom del Establecimiento Penitenciario Modelo Ancón II, el reciente jueves 14 de abril, y en el marco del III Festival Internacional de Poesía de Lima. 

Cristina Domenech (Argentina, 1954) quien desde hace más de 25 años coordina talleres de escritura, entre los que incluye cárceles de distintas ciudades de América Latina, visitó nuestro país para tocar los corazones de los reclusos a través de la palabra y dejar en ellos los deseos de profundizar el conocimiento de la poesía. Nos encontramos la mañana del mismo jueves en el Hotel Sonesta donde se encontraba alojada junto al resto de invitados y conversamos sobre la metodología, el contexto político social del Perú y cómo encarar este primer encuentro.

Nadie puede elegir el lugar dónde nace; ni de haber tenido otra historia, otro contexto de su infancia que determina nuestras acciones futuras. No existe en nuestro país, además, un compromiso social real de aceptar a las personas que salen de prisión con la idea puesta de ser mejores.

Cuando se habla de recuperar a las personas en la cárcel no debemos decir que es para reincorporarlas a la sociedad: ellos no quieren volver a las vidas que llevaron. Su pasado es un punto de error y aprendizaje que les permite proyectarse a ser personas con una calidad distinta y en otras circunstancias, por ellos mismos y sus familias.

Llegamos sobre las 10:30 a.m. al establecimiento penitenciario y nos recibió Janet Sánchez, la Jefa de Prensa del INPE, con quien se había coordinado la asistencia. Me contó que existen tres pabellones (módulos): 1. para extranjeros, 2. a préstamo al poder Judicial, por las fugas en el Maranguita, y los 3 y 4 de población común.
 
La mayoría de reclusos están ahí por delitos de drogas. Dato alarmante: más del 50% son jóvenes. Tras dejarnos sin posibilidad de llevar fotógrafo ni teléfonos móviles, las fotografías a continuación, son las que sacaron los responsables del INPE.
 
 
Dentro de una prisión, palabras como tiempo o libertad parecen estar prohibidas u olvidadas. Lo gris del cielo parece ser una prolongación de los muros y los angares de trabajo de Ancón II. Cuando uno llega por primera vez a este tipo de lugares, entre las diversas preguntas que uno puede hacerse, se dice ¿quién soy?, me confía Cristina. Le digo que no sé si tener miedo o sentirme seguro: varias veces también se sufre en la cárcel de la calle, con su sistema absorbente, que te quita la identidad y te convierte en un código; cuyos individuos de prejuzgan y realizan todo tipo de perjuicios. 
 
 
Tras ingresar a la sala zoom de usos múltiples, Cristina empezó a narrar la historia de sus inicios impartiendo talleres. Entró en contacto con el público a través de compartir las mismas vivencias, describir hábitos que solo se ven y sienten dentro de una prisión. Los poetas son como nuestros padres, están para dar consejos, dijo y todos la miramos y todos aceptamos su premisa sin protestar. Algunos tomaban apuntes y otros levantaban las manos para hacerle preguntas. Contaban parte de su historia y sus deseos de aprender más sobre poesía.
 
 
Animados por las primeras intervenciones, varios otros miembros del público asistente se animaron a leer poemas de su autoría. Cristina les hacía correcciones, los empujaba a la búsqueda interior para lograr un mejor resultado en la construcción de sus poemas. Una cosa es un psicólogo y otra muy diferente es escribir poesía. Escribir un poema es 800 veces mejor. Si yo puedo hacer gritar a una ventana, somos capaces de hacer un mundo diferente al que tenemos.
 
 
Hombres y mujeres. Peruanos y extranjeros. Todos se tomaron una pausa para atender el nuevo pedido de Cristina: escribir un poema breve en base a un verso de Oliverio Girondo. Así lo hicieron. Unos se sumergían en reflexiones llenas de silencio y otros se animaban a leer lo que escribían. Me sorprendió un recluso en especial: William, que escribía sus poemas en décima espinela (forma poética de diez versos octosilábicos).
 
 
Cuando el taller culminó me acerqué a conversar con él para saber de dónde había aprendido a escribir décimas y me respondió que no sabía que eran décimas. Improvisé una charla fugaz junto a otros asistentes que tenían ganas de aprender y regalé algunos libros. Dejé otros para la biblioteca que todos comparten en sus módulos. No pude resistirme a querer conocer más sobre sus historias, abrazarlas, y así entender que todos necesitamos un espacio para el consuelo. Un punto de quiebre para cambiar el rumbo de nuestra existencia y, sobre todo, sostenerlo con el pasar de la vida. 
 
DATO
 
El FIPLima, el Comité Internacional de la Cruz Roja, el Instituto Nacional Penitenciario y la Biblioteca Nacional del Perú facilitaron la realización del taller, dirigido a las personas privadas de libertad en el EP Ancón II de Lima.