Gustavo Rodríguez: “Estamos inmersos en la superficialidad, en la falta de empatía por el otro”

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@larepublica_pe

06 Mar 2016 | 9:12 h

El escritor y comunicador presentó su nueva novela, "La República de La Papaya", en el que cuenta el drama de personajes dentro de una contienda electoral. 

La fidelidad, el desengaño, la credulidad, la desesperanza, la codicia por el poder, la realidad. Cualquiera de estas etiquetas pueden encajar perfectamente en la historia que el escritor Gustavo Rodríguez presentó hace algunas semanas. 
 
 
"La República de La Papaya" es una novela que se adentra en un contexto político para poder contarnos el drama de personas como Paula Yáñez, una asesora presidencial, y Loreto, una estudiante. Ambas son el punto central de la historia, que tiene como adherentes al amor, al desamor, a la ética profesional, al conflicto, entre otras. 
 
Es un libro que tiene, como se diría en literatura, una estructura interna. Con personajes que acompañan al desarrollo de una historia que vale la pena leerla. 
 
¿Cuánta fue la documentación para desarrollar la historia? 
 
Al contrario de mi novela anterior, que tenía como telón de fondo el cómo funciona la cocina en un restaurante, aquí no tuve que documentarme mucho. Varias de las actividades que se ven en una campaña electoral yo las he podido apreciar de cerca cuando he sido asesor de comunicación de un candidato a la presidencia. También porque tengo varios amigos que son analistas o periodistas, y uno se va enterando de cómo influyen las pulsiones en una campaña electoral. Aparte que siempre me ha gustado ser un observador de las campañas electorales. 
 
Hay una correlación entre dos historias: la de Loreto y la de Paula Yáñez. Veo que te has encargado de hacer de la historia algo más literario que político, teniendo en cuenta el contexto. 
 
Has pescado mi mayor preocupación para hacer esta novela: partir de los dramas cotidianos de las personas, para que a través de sus acciones como actores en una contienda electoral, esos dramas terminen reverberando y sigan siendo noticia, siendo parte de la locura cotidiana. Cuando empecé a escribir esta novela... En realidad, cuando empecé a escribir mis tres últimas novelas, que sí tienen de telón de fondo atmósferas que ayudan a reflexionar sobre nuestra sociedad, yo tenía claro que en mis artículos puedo ser crítico, puedo dejar los mensajes claramente, pero en mis novelas no. 
 
A Loreto la alejas del tema político para adentrarte en su vida, lo cual no pasa con Paula. 
 
Claro, ella está metida en el meollo, es el núcleo de todas estas conspiraciones. Si hubiera un bol de lo que implica la mezcla del drama cotidiano y político, Paula Yáñez está en medio. Muy próxima a ella están los demás candidatos, sus asesores; pero si vas alejándote de los círculos concéntricos, vas a seguir dándote cuenta que las personas son más afectadas por lo personal que lo político. Como la hija de uno de los candidatos, como su chofer, y así, hasta el mozo que atiende en la recepción final de otro candidato. 
 
Hay una conversación que me pareció interesante, que colinda con algo más real. Es el diálogo entre Pérez Rivas y Larraín. Se lee como algo vivido. 
 
Es un gran halago el que me dices. Sí, son diálogos totalmente inventados. Ahora, lo que probablemente haya pasado es que son diálogos que he repasado una y otra vez en mi cabeza antes de volcarlos a la máquina. 
 
Uno puede hallar la similitud entre los personajes de la historia y la realidad. Un candidato de izquierda como Zenón Tuesta y otro como Pérez Rivas, alguien que está en las antípodas. Incluso me pareció que hacían una descripción de Alan García. 
 
En esta novela hay más de veinte personajes. Para los principales, mi estrategia de creación fue unir a dos o tres personas que pude haber conocido. Y sí, hay casos como Pérez Rivas donde es tanto la soberbia como irradia García. Hay cosas de Alan García en ese personaje. Nadie como García para representar ciertas virtudes y también lastres de un político. 
 
El libro en sí permite pensar en todas aquellas historias dentro de la política que no se ven a simple vista. Historias de personajes que toman decisiones, que son criticados, halagados, odiados... 
 
A eso me refería cuando hace un par de preguntas te decía que mi primera preocupación fue partir del drama íntimo de los actores, para después explicarnos por qué terminan inmersos en escándalos o en burlas cuando los reflectores les dan. Esta novela puede leerse de varias formas. Por un lado, de qué manera las personas pueden llegar a creer tanto en la esperanza hasta cometer estupideces, que es el caso de la protagonista. Y la otra es hasta qué punto las personas hacemos cosas delirantes para no perder nuestro territorio de poder. 
 
¿Es complicado alejarse del poder?
 
Sí, claro. Para empezar, creo que la mayoría de políticos que se meten en este sistema lo hacen, creo yo, porque sí pueden tener una actitud de servicio. Pero también porque saben que para ejercer un mayor servicio sobre la sociedad, necesitas acumular poder. Mientras más poder tengas, más posibilidad vas a tener de incidir en la sociedad. El servicio y el poder están asociados íntimamente. Ahora bien, hay personalidades enfermas que buscan el poder por el poder. 
 
Entender la política a través de la literatura también es un juego de doble filo. 
 
¿Por qué razón?
 
Por las historias que se juegan entre la realidad y la ficción. 
 
¿Te refieres a lo que está pasando ahorita? Sí, es un riesgo. Por más que sea una novela de tensión amorosa, el haberla colocado en un entorno de elecciones presidenciales, hace que tarde o temprano termine contrastándose con la realidad. Sobre todo porque en nuestro país estamos en procesos electorales muy seguidos. 
 
Cuando vi la carátula del libro, lo primero que pensé es que la papaya representaba un frasco donde todos estamos metidos y lo relacioné con el sistema. ¿Crees que no se pueda salir del sistema?
 
Estamos atados a las consecuencias de haber tenido una historia colonial y republicana que son, digamos, paso de posta. Atados a lo que viene con ellos: a la institucionalidad baja, educación pobre, cero debate de que somos pequeños. Finalmente, estamos inmersos en la superficialidad, en la falta de empatía por el otro. Estamos condenados a ser desconfiados, a ser prejuiciosos, y eso hace que cada cinco años afloren todas estas taras y terminemos siendo un país de locos. Eso es lo que quise poner en juego en esta novela.