Enrique Planas: "Hay que escribir liberado de toda cárcel mental"

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@larepublica_pe

05 Ene 2016 | 5:55 h

En entrevista con La República.pe, el escritor peruano habla sobre su última novela "Kimokawaii", una de las revelaciones del 2015

Un periodista cultural y una aficionada a los animes japoneses. Dos vidas que se cruzan frente a un cuadro neoclásico. Dos historias que construyen una sola para indicar el camino. "Kimokawaii", del escritor Enrique Planas, es la redención de la ficción. Sin tantas gotas de un hecho real, el autor pone en un mismo espejo el fracaso, los valores, el abandono, la felicidad efímera y todas aquellas interrogantes sobre el significado de la vida, cuando todo pasa, cuando creemos que somos héroes pero solo somos simples peatones, como diría Jaime Sabines. Un libro que deja más interrogantes que respuestas. 
 
¿Cuánto trabajo te costó construir este libro?  A diferencia de tus otras publicaciones, este tiene un ingrediente nuevo, un lenguaje donde has tenido que investigar mucho.
 
Cada libro es una investigación diferente. Cada uno te obliga a aprender a componer una melodía distinta. Pero es cierto, en KimoKawaii  tuve que reconocerme en el niño que no perdía ningún capítulo de Ultrasiete, y que sentía aquella extraña familiar entre el Japón del futurístico 1985, invadido cada semana por un monstruo del espacio distinto, y nuestra Lima demolida en los setentas por otra clase de monstruos. Y también está el manga, claro, un lenguaje tan diverso y tan lleno de especificidades que tuve que incidir solo en el manga creado entre los años 70 y 90, que es el tiempo que separa las generaciones de los dos personajes protagonistas, el periodista cultural y Michiko.  
 
La novela tiene dos historias que se van vinculando cuando vas pasando las páginas. Estamos hablando del mundo de Michiko y del periodista cultural. ¿Cuál crees que ha sido el conector entre ellos? 
 
El malentendido. ¿Cuántas relaciones amorosas se han producido por razones equivocadas? En el libro, ambos admiran un cuadro neoclásico por razones muy distintas. Para él es el ideal de una cultura ya desaparecida pero que intenta conservar, y para ella, es un ideal de libertad, la apoteosis del artificio, del disfraz seductor. Ese es el primer punto en contacto para ambos, y a partir de esta pasión común, se generarán otros vínculos.
 
Ese mundo de Michiko, donde las normas casi no existen, ¿también se puede filtrar en nuestra realidad? 
 
¿Tú qué crees? ¿No lo estamos viendo ahora acaso? Eso es lo que no entienden los escritores realistas. Es según el cristal de lo fantástico, del absurdo, de lo aparentemente irreal, donde podemos advertir la realidad de la manera más palpable. Por ello Lewis Carroll sigue vivo y coleando.   
 
Hubo un trabajo muy sesudo con varias frases. Yo quiero rescatar una que a mí me llamó la atención: "Así funciona la culpa: la verdad del cuadro lo enfrentaba a su propia mentira, como quien se mira al espejo y advierte la propia deformidad". 
 
Ya veo que tú también te sientes culpable. Bienvenido a la cultura judeocristiana.
 
El periodista cultural es un personaje más común. Esa admiración por los héroes para no caer en lo indigno, ¿también nos pone en un espejo como sociedad? 
 
Creo que el periodista cultural representa ciertos ideales de la sociedad de post-guerra. Ideales que, por lo que vemos hoy, ya no funcionan. Es un espejo que ya no nos refleja. Creo que Michiko, con su identidad basada en el disfraz, con su capacidad de moldear el mundo a su conveniencia, con su más libre disposición al placer, refleja valores más actuales, que no tienen que ver con esa idea de “sacrificio” y “solidaridad” que nos inculcaron a los que nacimos una década antes de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher.
 
¿Qué significado crees que tengan los héroes para las contrucción de valores?
 
Creo que creer en los héroes nos mantiene a unos cuantos centímetros por encima del piso. Nos mantiene fieles a ciertos ideales románticos. Ahora bien, hay una diferencia muy grande entre los héroes de mi infancia, que no dudaban, que no tenían dudas, que resultaban mucho más predecibles, con los de hoy, que son una suma de contradicciones humanas. Por eso Kimokawaii es una novela generacional. Contrasta a dos generaciones identificadas con dos tipos de héroes distintos.   
 
Ultrasiete es el símbolo de una generación, es la memoria de lo vivido. Con una generación tan veloz como la actual, creo que con los años la memoria será solo un par de líneas, ¿no?
 
Siempre hay oportunidad de detenernos y mirar hacia atrás. O de renunciar a esa carrera de ratas en la que estamos metidos sin querer levantar la cabeza. Mira, hace 50 años se filmó Ultrasiete, y hoy estamos hablando de él y de lo que representa.
 
Kawaii significa la admiración por la belleza y la ternura. El fracaso no es tierno ni bello, pero tiene un ingrediente que para mí es vital: nos acerca a nuestras limitaciones. ¿Coincides con eso? 
 
Creo que el fracaso puede contemplarse con melancolía. Y ese es el estado del alma con el que mejor podemos apreciar la belleza de las cosas. Además, el fracaso no nos acerca a nuestras limitaciones. Son nuestras limitaciones. Por ello fracasar significa ser capaces también de ir ampliando nuestros límites en nuevos intentos.
 
Cuando Michiko le escribe al periodista cultural, habla del abandono, de cuando dejamos a alguien por realizar nuestros sueños y nos convertimos en malos. ¿Será que cuesta entender esa otra parte, que aparentemente es mala?
 
Cuando uno escribe una novela, no está dividiendo a sus personajes en equipos, los buenos a un lado y los malos al frente. Por lo menos, lo que intento es conocer sus obsesiones y llevarlos al límite. Son humanos, amorales, conscientes de que hay un conjunto de reglas de conducta impuesto desde fuera, y que eres libre de aceptarlo o inventar uno nuevo. Imagínate lo pobre que resultarían tus ficciones si vas a obligar a tus personajes a vivir la ficción bajo el imperio del Código Procesal Civil. Hay que escribir liberado de toda cárcel mental. Y la cárcel más fuerte es la realidad.  
 
¿Hay héroes y villanos en nuestra literatura? 
 
¿No es un héroe, por ejemplo, “Cara de Ángel”, el personaje de Los Inocentes de Reynoso? Siempre ha querido ser un verdadero hombre, pero siempre fracasa porque se considera un cobarde. ¡Ni siquiera puede comprarse ropa porque su madre lo averigua todo! Y sin embargo, llega a trompearse con Colorete. Nuestra literatura está llena de grandes héroes y villanos, pero de perfil bajo, cotidianos, muy humanos. Sin superpoderes.
 
¿Qué poder se necesita para que los libros al menos sean acariciados por más gente? 
 
El poder de sacarnos los prejuicios de la cabeza.