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Cultural

“Los perseguidores”, 9 cuentos que se suman al viaje tradicional del relato fantástico peruano

Para el escritor Pablo Chacón, la pluma creadora de “Los perseguidores”, el camuflar a los cuentos fantásticos con etiquetas, como de ‘narrativa indigenista o amazónica’, puede hacer creer que el género es poco explorado. Tal idea contamina a la tradición ya existente.

Pablo Chacón presentó su libro de cuentos "Los perseguidores" en la FIL Lima 2022. Foto: composición de Gerson Cardoso / La República / Colmena Editores
Pablo Chacón presentó su libro de cuentos "Los perseguidores" en la FIL Lima 2022. Foto: composición de Gerson Cardoso / La República / Colmena Editores
Bruno Cueva V.

Al publicar el ensayo “El horror sobrenatural en la literatura” en 1927, el escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft se aventuró a enmarcar su obra dentro del subgénero weird fiction —aquello sumamente insólito, inquietante—, y lo popularizó con este fragmento: “La verdadera historia extraña tiene algo más que asesinato secreto (...). Debe estar presente una cierta atmósfera de ahogo e inexplicable temor a las fuerzas externas y desconocidas”.

La sustancial ambigüedad de los relatos fantásticos (sus múltiples interpretaciones) y su resistencia a ser restringidos con rótulos es, tal vez, su mayor atractivo. Desde la primera mitad del siglo XX —primero por la difusión del pulp (impresiones en baja calidad material), aunque poco valorado desde el número uno de la revista Weird tales en 1924—, su influencia también ha ido captando la atención de los críticos como S. T. Joshi, experto que se esmeró en darle el lugar que merecen a Arthur Machen, Algernon Blackwood, Lord Dunsany, Stephen King, Ambrose Bierce, Lovecraft y muchos otros.

En cuanto al Perú, esta tradición fantástica no ha sido ajena, pues ha conseguido brotar, pero en pequeños acuarios; no a escalas siderales, como en el caso de Estados Unidos. Carlos Calderón Fajardo, José B. Adolph, Clemente Palma, o los más contemporáneos José Güich Rodríguez, Ricardo Sumalavia y Pedro Ugarte Valdivia, son algunos autores involucrados a este estilo de escritura.

Bajo el sello de Colmena Editores, Pablo Chacón, con su libro “Los perseguidores”, es el siguiente discípulo de lo extraño. Los nueve cuentos que se erigen en su propio enclave de ficción nos ofrecerán diálogos, situaciones y climas enrarecidos. Dentro de ellos, lo increíble intenta desprenderse de su raíz para presentarse como una verdad. Puedes leer la entrevista para La República a continuación:

—El conjunto de nueve cuentos que encontramos en “Los perseguidores” se mueve en torno a atmósferas fantásticas. ¿De dónde proviene tu predilección lo insólito?

—Quisiera decir que es porque no me gusta la realidad y, como no la puedo cambiar, me consuelo jugando al ‘¿qué pasaría si...?‘. Pero la respuesta real es que no sé por qué escribo de esos temas. No los busco. Me van saliendo. Quizá tiene que ver con los cuentos sobrenaturales que me contaban mis tíos del Cusco, cuando era ‘chibolo’. O con las pesadillas que tenía a esa edad. O es la huella de la cultura popular: el anime, el cine, “Star trek”, “Star wars”. O es culpa de los cuentos fantásticos de Ribeyro, Cortázar y Lovecraft que leí en secundaria. No tengo idea. Ahora, no es lo único que hago, también escribo tramas realistas y crónicas. Para este libro, quería solo usar tramas fantásticas; historias en las que algo se rompe, que descolocan a sus protagonistas, que los obligan a replantearse absolutamente todo: desde sus propios sentimientos hasta las leyes de la física.

—¿Por qué este subgénero aún no se extiende tanto entre los autores peruanos?

—Yo sí creo que la literatura peruana está poblada de narrativa fantástica, solo que tiene mala prensa o la camuflamos con otras etiquetas. La historia del escribano que estafa al diablo es narrativa fantástica, y la cuenta Ricardo Palma, nada menos. El relato de Lastenia Larriva en el que los muertos salen del cementerio también es viejísimo. Y en todo el siglo XX se han escrito tramas de ese tipo, sobre todo en el interior del país. Sospecho que por ahí está el problema. Por ejemplo, hay un cuento de Urteaga Cabrera sobre un río que se esfuma de la nada. Y varios cuentos de brujería de Óscar Colchado. Pero, claro, como los cuentos de Urteaga se ambientan en tribus amazónicas y los de Colchado en la sierra rural, les ponemos otras etiquetas. O sea, si el fantasma pena en un edificio de Lima, “cuento fantástico”; pero si pena en una casita de Izcuchaca, “narrativa indigenista”. Hasta en eso somos clasistas y de mente estrecha.

Tampoco es que a la narrativa fantástica que ocurre en la ciudad le haya ido tan bien. Es cierto que hay textos de todas las calidades, pero incluso a los que eran realmente buenos se les consideraba literatura de segunda categoría. José Adolph tuvo que morir para que la crítica y los editores tomaran en serio sus distopías. También hay muchos prejuicios contra todo lo que no se adecúe a nuestra gran tradición realista. En lo que va del siglo, se han publicado estupendos cuentos fantásticos (Prochazka, Iparraguirre, Yeniva Fernández y varios más). Y hoy mismo hay varias nuevas voces peruanas que cultivan el terror sobrenatural o la ciencia ficción. Basta con darse una vueltita por internet para comprobarlo.

Pero, ahí hay otro tema: como no están en papel, no existen. En el Perú, si no cortan un árbol para ti, no eres escritor. Y lo digo con conocimiento de causa. La pregunta es: ¿acaso por no publicar en papel era menos escritor?

—En el cuento “La huaca inútil”, leemos una historia de abandono. Dicha huaca solo llamaba la atención por estar cerca de actividades mineras. ¿Por qué las autoridades o los ciudadanos han perdido esa capacidad de investigar algo a fondo y solo lo hacen cuando hay indicios de que pueden surgir beneficios personales?

—Si sufres de hambre, no te pones a investigar. Solo lo haces si ya tienes la barriga llena. Ahora, si has convertido el afán de poder o de lucro en una necesidad básica como comer, estás frito, porque, a diferencia del hambre, esas nuevas necesidades no se sacian nunca. A alguien a quien solo le interesa tener nunca le interesará saber. En todo caso, la protagonista de ese cuento tiene el estómago lleno y, como al principio no le preocupa ni el lucro ni el poder, puede concentrarse en el asunto arqueológico que la fascina. Ese fue el germen de la historia. Y de ahí fueron saliendo, solitos, los otros temas del cuento (la naturaleza del tiempo, nuestro lugar en el mundo, la soledad).

De izq. a der.: Marco García Falcón, Pablo Chacón y Yeniva Fernández. Presentación del libro "Los perseguidores". Foto: Ana Delia Mejía

—En “El beso de la luna”, las ‘recargas’ le dan el poder al humano de ser más productivo. ¿La inteligencia artificial se encargará de suplirnos o con estos inventos el humano pasará a ser la verdadera máquina?

Las máquinas ya dominan el mundo: somos nosotros. La vida urbana ya no exige pensar, solo someterse al software que nos instalaron sin que nos demos cuenta. Seguimos sus reglas: despertar a las seis, vestirnos así, tomar ese bus, marcar tarjeta, hacer tareas repetitivas, cobrar por ellas, gastar en cosas que no necesitamos, comer basura, endeudarnos y, antes de dormir, echarle un ojo a nuestras pantallitas portátiles, que nos lesionan la mano y el cuello, y que nos llenan la cabeza de publicidad que nos convence de comprar más cosas inútiles al día siguiente. El ciclo se repite todos los días y no es fácil salir de él. Ya vivimos en una distopía.

Lo más interesante de todo esto es que los que están fuera del sistema, los excluidos, que en nuestro país son la mayoría de la población, también aspiran a ser máquinas y a formar parte del sistema. ¿Por qué? Porque en el mundo de las máquinas hay algo que no existe fuera de él: predictibilidad. A menos incertidumbre, más posibilidades de llevarte algo a la boca al día siguiente. Si lo ves así, ya no parece tan terrible formar parte de la ‘Matrix’.

—“Los perseguidores” nos entrega una amplia gama de técnicas: cajas chinas, monólogos, entrar en la psique animal, anexos de notas periodísticas e incluso se rompe la cuarta pared.

Bueno, supongo que uno va usando las herramientas que colecciona de sus lecturas, ¿no? Nunca digo “ahora voy a usar un relato-marco” o “este párrafo debe ser más oral”. El cuento “Animales”, por ejemplo, está narrado como un diálogo en el que solo se escucha lo que dice uno de los interlocutores, y no el otro. No tomé esa decisión. Solo empecé a escribirlo así y me gustó cómo iba y así avanzó y, como no me trabé, nunca cambié la perspectiva.

—¿Entonces, no les crees a los demás autores cuando alardean de escribir con diversas técnicas como dando a entender que las dominan de pies a cabeza? ¿O también hay espacio, según tu apreciación, a que la creatividad se funda con el saber académico?

—No todo el que alardea miente. Pero, igual, es una pregunta peligrosa, porque los que escribimos, mentimos, es la esencia del oficio. Ahora, cada quien tiene su propio proceso creativo y yo no puedo hablar sobre procesos ajenos. Eso de arrancar a escribir una historia definiendo primero la técnica a usar tiene todo el sentido del mundo. Es como ver el mapa antes de empezar a caminar, ¿no? Yo escribo dando palos de ciego.

Sobre la segunda pregunta, todo suma: una roncha que te pica, la última vez que te rompieron el corazón, el peinado de la cobradora de la combi, una conversa que escuchaste, un bodrio de la tele y, claro, tus conocimientos académicos (...). Sé de gente muy culta que no convence cuando escribe. Y gente que no sabe tanto, pero que escribe como los dioses. Es un misterio.

Pablo Ignacio Chacón también publicó "Juanito tragapelas", libro de microrrelatos para todos los gustos. Foto: Lee por gusto / captura de YouTube

—“Los perseguidores” son una presencia constante, especialmente en “Los desterrados”. ¿Por qué ellos merecieron ocupar el nombre de tu libro? ¿También eres perseguido por algo o alguien?

—La palabra ‘perseguidores’ alude a los enemigos de la protagonista. Durante el proceso de edición, mientras buscábamos un título general con mi editor, nos dimos cuenta de que la palabra también podía servir para definir a los protagonistas de los demás cuentos, porque todos persiguen algo. Entonces, gracias a ese doble significado, quedó como título del libro. Yo, claro, también soy un perseguidor. Y siento que tengo perseguidores internos. Como todos, ¿no? Obsesiones, temores, sueños, cosas que te lastran o te empujan. Si son ángeles, demonios o simples neurotransmisores que se activan y desactivan por procesos bioquímicos complejos es algo que no importa. Están ahí. Lo que sí sé es que uno de mis perseguidores interiores me motiva a contar historias.

El libro de cuentos “Los perseguidores” ya se encuentra a la venta en Communitas, El Virrey de Miraflores y La Rebelde de Barranco. Pronto estará en todas las librerías de Lima.