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Cultural

Alfredo Alcalde: “Yo soy un zorro de abajo”

Reconocimiento. El artista chimbotano, discípulo de Humareda, habla de su arte y su adhesión a las causas nobles. Acaban de publicar Alfredo Alcalde: la ética de un pintor, un libro de valoración de su obra.

La Republica
Alfredo Alcalde
Pedro  Escribano

Nació en Chimbote, esa ciudad convulsa que retrató Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo. Alfredo Alcalde, como artista, también se nutrió de esa realidad, sobre todo para recrear el drama humano, como él dice, de la gente del pueblo, de a pie. Su obra mereció la atención del periodista y crítico de arte español Manuel Rodríguez Mora, quien acaba de presentar en Lima Alfredo Alcalde: la ética de un pintor, un libro auspiciado por la Fundación Sebastián, del gran monumentalista mexicano Enrique Carbajal “Sebastián”.

- Tú eres un artista que viene de la periferia, de la provincia, pero ya estás en la metrópolis, ¿aún eres de allá o ya eres de acá?

Creo que haber tenido oportunidad de viajar un poco por el mundo me ha permitido ver que el panorama va más allá de donde uno habita. Te digo esto porque, a veces, de mi parte y de otros artistas, hay una especie de temor de ser un artista figurativo. Hay artistas que se dejan llevar por tendencias que convencen a los ojos y no al alma. Yo no creo que me haya desarraigado de mi pueblo, siempre lo tengo presente. Por ejemplo, siempre pinto a los migrantes, gente sencilla que fue parte de mis vivencias infantiles. No olvido a ese hombre que siempre está preocupado por mantener su dignidad frente a su trabajo por más humilde que este sea, como lo hacía mi padre, un eterno y hermoso obrero. Yo sigo creyendo en mis vivencias y las llevo a mis telas, de manera sencilla y reflexiva sobre la realidad.

- Por un lado, la vitalidad y, por otro, el aprendizaje académico. ¿Cómo se armoniza en tu obra?

Yo nací a cien metros del mar, pero a los cuatro años mi padre nos llevó a vivir en la campiña de Chimbote, allí viví mi niñez. Allí, en las grandes migraciones de la época, pude sentir el calor de esa avalancha humana. Sí, la academia es importante porque es bueno tener un grupo humano en el largo camino del arte, pero no es la academia lo que le da fuerza al artista. Por ejemplo, cuando alguien ve tu dibujo, no se detiene tanto a mirar la proporción sino tu pasión en lo representado, lo que has puesto allí tú de adentro. La academia es importante al comienzo.

- Comenzaste en Bellas Artes, pero también conociste a Víctor Humareda.

Sí, paralelamente conocí a Humareda, quien me decía “no existe la inspiración, existe la motivación. Hay que trabajar fuerte, vincularnos de una manera auténtica con nuestro entorno”. Eso creo que era un complemento y una cosa necesaria para un artista en formación. Él nos decía: “Estén cerca de los profesores, pero busquen a los maestros”. Y él era un maestro.

Escena. “Discordia matinal”, obra en la que el artista se autorretrata. Foto: difusión

- Volvamos al terruño. ¿Qué hay de Chimbote en tu pintura? Arguedas lo retrató en El zorro de arriba y el zorro de abajo.

Mira, yo viví un poco la novela de Arguedas. Lo que él describe, la gente, los sentimientos, la convulsión social. Incluso conocí a sus personajes, como el loco Moncada. Yo tendría 9 años y mi madre me llevaba al mercado y allí me topaba siempre con Moncada. Entre la gente, como cuenta Arguedas, de pronto se escuchaba una voz muy fuerte contra el gobierno de turno, muy contestatario. Era la voz del loco Moncada. Claro, de eso yo tomé conciencia mucho años después, cuando me hice mayor. Como mi padre era velasquista, siempre hemos estado atentos a la situación social.

- ¿Por qué sueles decir que naciste el 31 de mayo de 1970?

Mi nacimiento real es el 8 de febrero de 1961, pero yo nací, de verdad, el 31 de mayo de 1970, día del gran terremoto. Allí me di cuenta no solamente lo vulnerable que somos frente a la naturaleza, sino también lo grande y lo dramático de la realidad. La reacción de la gente fue maravillosa. Allí vi por primera vez el grado de humanidad que puede haber en una persona y también lo contrario, lo inhumano.

- ¿Tus personajes mimos qué metaforizan?

Mira, en el cuadro “Final de la actuación”, un mimo cae de rodillas, pero levanta con firmeza un ramo de flores amarillas que le ha arrojado el público. El mimo nos hace reflexionar sobre el ser humano, ese ser silencioso que a veces somos. Es una metáfora de una posición de reclamo, de justicia y también a veces de reveses.

Voces. “Final de la actuación”, un mimo cuyo silencio dice mucho. Foto: difusión

- Otro tema es la muerte. ¿Eres tanático?

Mi ideal es alejarme de la muerte. Para mí la calavera es un pretexto para reflexionar los mementos que vivimos. Cuando yo represento a la calavera, por ejemplo, en el cuadro “Pandemia”, es para hacer diferentes lecturas. En “pandemia” la muerte aparece en la parte superior de manera agresiva. En la parte inferior, represento a esos malos médicos que han lucrado con el dolor de la humanidad. Allí también se aprecia a un enfermero, como hombre de pueblo, matando a la muerte. Para mí la muerte sigue siendo una posibilidad de reflexión, crítica e ironía.

Dolor. En “Pandemia” el artista recrea la devastación de la COVID-19. Foto: difusión

- ¿Una actitud ética?

Sí, primero, responsabilidad frente a la tela. Quienes puedan darnos algunos minutos mirando nuestra obra no sea un pérdida de su tiempo, que haya un compromiso con el discurso que tendría que tener una obra.

- Pintar es como escribir.

Cuando vean nuestra obra queremos que vayan haciendo una lectura en que ellos se sientan actores. Por mi parte, yo pinto desde el público, desde la parte baja porque es allí donde voy a sentir los olores, captar los verdaderos colores. No estoy arriba, en el escenario, por eso amo mucho el término artista popular y no el artista que busca la fama. Cuando se busca ese tipo de reconocimiento, yo creo que está desarraigado de todo eso que te da tu entorno. Arriba están los reflectores, te empañan los ojos, no te permiten ver qué es lo que está pasando abajo. Yo soy un zorro de abajo.