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La Perricholi vuelve a alborotar el cortijo

La amante del virrey Amat y Junyet, inmortalizada por la ópera bouffe de Jacques Offenbach en 1868, reaparece sobre las tablas en París después de 15 años.

Escena de "La Perricholi", en París, ópera bufa de Jacques Offenbach. Fotografía: ©Stefan Brion
Escena de "La Perricholi", en París, ópera bufa de Jacques Offenbach. Fotografía: ©Stefan Brion
Cultural LR

Por Paul Baudry

La obra recrea un Perú gracioso y grotesco donde se mezclan referencias a Tim Burton y a Yma Sumac. El éxito de sus sucesivas representaciones desde el siglo XIX se repite del 15 al 25 de mayo en la Opéra Comique, el teatro de pan de oro que inaugurara Luis XIV con el objetivo de representar pantomimas y parodias ligeras.

Todas las fechas están vendidas para ver a la Perricholi y a su novio Piquillo, la pareja interpretada por la mezzo soprano Stéphanie d’Oustrac y por el tenor Philippe Talbot, quienes luchan por su amor inocente en una Lima virreinal que funciona como cuento de hadas reinterpretado en clave pop. De saltimbanqui a favorita del virrey, la Perricholi va cambiando de vestuario conforme asciende en la sociedad estamental: en los primeros cuadros, es una suerte de Esmeralda, una mendiga alegre que va pidiendo limosna por las tabernas de Lima, pero tan pronto como acepta casarse con el virrey Amat y Junyet, se transforma en una diva con cofia. Sin embargo, emblema de la mujer artista, la fama no le hace olvidar la calle, ni tampoco al gracioso y ágil Piquillo, a quien libera de la cárcel para cantar por los barrios que celebran el triunfo de sus nobles sentimientos.

Con la ayuda de sus libretistas, Offenbach se había propuesto reinventar a Micaela Villegas, uno de los personajes hispánicos del escritor Prosper Mérimée (1803-1870), que también forma parte del imaginario literario e histórico peruano. La Perricholi, bautizada con ese apodo despectivo por el escándalo que suscitaron sus affaires, tenía el color y la picardía necesarios para una comedia de enredos que gustara al público burgués. El éxito de la obra, señala Julien Leroy, director musical de la Orquesta de Cámara de París, se alimenta de esa frescura tan memorable como las canciones con las que uno sale tarareando de la sala, “Ah, qu’on y fait gaîment glougou, au cabaret des Trois Cousines!” (¡Qué bien se bebe haciendo gluglú en el cabaret de las Tres primas”) o “Il grandira parce qu’il est espagnol” (“Crecerá porque es español”).

En las tablas

La puesta en escena de Valérie Lesort no silencia la crítica social que implica la parodia de esta monarquía acartonada, movida por sus intereses para sobrevivir a los últimos años del imperio. Por el contrario, el travestismo de los personajes —el lacayo don Miguel de Panaetellas se disfraza de vendedora de tamales—, insiste en la importancia de las apariencias para complacer a la autoridad pero también para esquivar sus sanciones. La elección de un espacio tan lejano como el Perú, fantaseado por incontables viajeros y cronistas, permite una doble lectura, donde se reprueban los caprichos de un virrey de pacotilla pero también los abusos del final del Segundo Imperio bajo Napoleón III. Hoy en día, con la inestabilidad que suele caracterizar la política peruana, su potencial satírico sigue vigente.

Por lo demás, la originalidad de esta farsa en tres actos depende en gran medida del vestuario de la italiana Vanessa Sannino, miembro de la Academia del teatro de la Scala de Milán. Sus diseños proponen una reescritura irreverente de algunos trajes típicos del Perú, combinados con accesorios que modernizan la obra dentro de los parámetros de la cultura audiovisual.

Entre homenaje y mofa, Sannina retoma el aspecto futurista de los umpa-lumpas de Charlie y la fábrica de chocolates (2005) de Tim Burton para vestir al personal de los aristócratas o superpone las polleras andinas con las faldas del french cancan que se usaban en el Moulin Rouge para engalanar a los bailarines. Por su parte, los Húsares de Junín, que custodian el Palacio de Gobierno, se convierten en soldaditos de plomo con uniformes que se abren como origamis, tan coloridos como la bandera del Tawantinsuyo. Bombines, chullos y bordados completan las sesenta piezas confeccionadas en el taller de la Opéra Comique expresamente para La Périchole.

Para Raúl Porras Barrenechea, “hay una leyenda y hay una historia de la Perricholi”. De Mérimée a Ricardo Palma, la vida real de esta actriz del siglo XVIII se convierte en un mito literario que se enriquece con la biografía novelada de Ventura García Calderón en 1940. En tanto arquetipo de la limeña, de la criolla por excelencia, tiene de femme fatale y de oportunista, dos rasgos que fascinaron a su primera intérprete, Hortense Schneider (1833- 1920), quien consolidó su fama gracias al aura de nuestra cortesana. Por ello, resulta inútil buscar una exactitud histórica en la propuesta de Valérie Lesort (el virrey usa el casco de Pizarro), aunque hubiera sido oportuno que consultara fuentes más recientes y estimulantes, como la novela de Alonso Cueto (PRH, 2019). Por lo pronto, tras quince años de ausencia en París, la Perricholi ha vuelto a alborotar el cortijo.