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Daniel Arenas: “Reafirmar la vida es más difícil que dejarse llevar por impulsos autodestructivos”

Entrevista. El ganador de Premio Copé de Poesía 2021, Daniel Arenas, nos cuenta sobre “Ciertas formas del fuego”, el poemario que le hizo acreedor a dicho galardón.

Daniel Arenas estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Foto: PetroPerú
Daniel Arenas estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Foto: PetroPerú
Jair Zevallos

De 774 trabajos recibidos, Daniel Arenas Bardales recibió el Copé de Oro en la categoría Poesía. A sus 31 años, y luego de dejar la carrera de Ingeniería para estudiar Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), el poeta limeño nos cuenta que el texto ganador del prestigioso concurso le tomó diez años en escribirlo. Sin embargo, es en estos dos últimos años en que logró darle la forma final debido al tiempo que le permitió el confinamiento a raíz de la pandemia.

- Lo que me llamó la atención en un primer acercamiento a “Ciertas formas del fuego” son los epígrafes. A pesar de ser un poemario breve, abundan. Sin embargo, se advierte que no son gratuitos. En ese sentido, ¿cuán importantes son los epígrafes para la estructura orgánica del poemario?

Son tan importantes como cualquier línea que yo haya escrito. Siguiendo la tradición de Borges, los epígrafes son para mí esenciales, porque crean nuevas líneas de sentido; generan contrapuntos, armonías y contrastes, entre otros efectos estéticos.

- En el primer apartado, Camada de perros, los poemas giran en torno a la familia, el recuerdo y la ausencia. Pero también hay dos elementos que atraviesan los textos: las frutas y las flores, elementos, dicho sea de paso, orgánicos. ¿Cómo llegaste a esta idea y qué importancia tienen?

Creo que he intentado impregnar de cierto vitalismo al libro (debido, tal vez, a mis recientes lecturas de Conrad y Yourcenar) y me parece que las flores y las frutas son elementos que están ligados necesariamente a nuestra residencia en la tierra. Al igual que el helado en “Retrato de Ana Arkadievna…”, quizá sean lo más dulce (y fugaz) que nos toque experimentar.

- En “Variaciones” sobre “Los Miserables” escoges a Gavroche, Eponina y Fantine, tres personajes marginales (no solo por su condición de pobres, sino por su condición de secundarios), pero no los redimes, como sí sucede en la novela de Victor Hugo. ¿Existe acaso una belleza en lo puramente marginal que no necesita redimirse para ser admirada?

Me parece que el reto es encontrar y expresar la belleza en cualquier aspecto de la realidad: desde lo marginal hasta lo aristocrático, desde una fruta hasta el irse a dormir. Probablemente sea Saint-John Perse quien mejor ha alcanzado este objetivo en poesía en el siglo XX. Cantar al mundo no excluye ninguna de sus facetas. No hay, por otro lado, nada que redimir. Siguiendo a Nietzsche, ningún hombre es más peligroso que aquel que quiere redimir a sus “prójimos”.

- Damas se refiere a Laura y Nina, dos gatas, animales recurrentes que tienen ya un lugar en la tradición literaria. “(…) todo sucede para ti y no te das cuenta”, dice el yo poético. Al respecto, ¿es posible que nos suceda lo mismo, que todo esté estructurado para nosotros mientras nos quedamos mirando “los teatros de sombras” que proyectan nuestros ojos?

Es lo más probable, en efecto. En palabras de Protágoras, el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son… pero olvidamos esto muy fácilmente.

- La vida leve tiene un tono más contemplativo. A lo largo de los diez poemas que integran este apartado, me quedó la sensación de que las cosas no son precisamente lo que parecen y que, más bien, están definidas por la óptica particular de cada uno. De acuerdo con la línea de estos textos, ¿podría la vida estar subvalorada o sobrevalorada?

Quizás esté subvalorada, aunque, ¿cómo opinar realmente sobre algo así, con una mínima certeza? Estamos inmersos en ella, ¿hasta qué punto podríamos juzgarla? En todo caso, ya que estamos condenados al error, prefiero equivocarme valorándola. Es mucho más placentero.

- El último apartado, Retrato de Ana Arkadievna sobre fondo de agua y naturaleza muerta, es quizá el más oscuro, pero también el más ambicioso. Esto porque los doce poemas breves parecen estar pintados en medio de una pasividad que se confunde con el tedio y que parece apelar a la depresión. ¿Es el final de Ana Karenina la única alternativa para los que callamos?

No. Aunque se podría afirmar que esos textos están impregnados de tedio (un tema fundamental para la literatura del siglo XIX, por cierto), no creo que el suicidio o la muerte sean las respuestas finales para el silencio (o su equivalente metafísico, existencial, psicológico, etc.). Creo que es necesario reafirmar la vida. Esto es, dígase de paso, mucho más difícil que dejarse llevar por los impulsos autodestructivos.

Eso con respecto a la vida. En el plano literario, en cambio, quizá sea más sugerente explorar otros caminos. Eso lo sabía Tolstói: en la primera línea de “Ana Karenina” parece decirnos que los temas más importantes no están ligados a la felicidad (todas las familias felices se parecen; es decir, son monótonas; es decir, son un pobre tema para el arte; de allí que la historia de Kitty y Levin no sea la línea principal de la novela, sino su necesario contrapunto). No todos podemos ser Aristófanes, en suma.

- Dos escritores resaltan a lo largo de “Ciertas formas del fuego”: Victor Hugo y Lev Tolstói. Si bien Hugo escribió poesía durante toda su vida, pasó a formar parte del canon por su obra en prosa. Tolstói, por su parte, escribió de todo menos poesía. Causa cierta curiosidad, aunque me hizo pensar un poco en La silla en el mar, de la poeta Rossella Di Paolo, que rinde homenaje a los personajes de Melville. ¿Eres un lector recurrente de novelas o tienes una mayor predisposición por la poesía? ¿Qué encuentran los poetas en novelistas más bien románticos o realistas como Hugo, Tolstói y Melville?

Soy, de hecho, más un lector de novelas que de poesía, aunque en ambas soy un ignorante enciclopédico, como diría mi maestro Fico Camino. Gracias a la excelente guía de mi amigo Camilo Torres, desde hace unos cinco años estoy leyendo casi exclusivamente novelas del siglo XIX, lo cual tuvo bastante repercusión en el libro. La deuda con “Moby-Dick”, por ejemplo, es enorme, aunque quizá no del todo explícita.

Si no recuerdo mal, Pound sostenía que, en el siglo XIX, las novelas expresaron todos los problemas realmente importantes de su tiempo mucho mejor que la poesía (hasta la aparición de Rimbaud), y que no se puede hacer poesía sin leerlas. Concuerdo con él.

- Citas a Loayza, Adán, Moro, ¿cuál es tu relación con la literatura peruana, especialmente con la tradición poética?

No la he explorado como debería, pero la valoro mucho. En particular, los poetas de la generación del 50; los poemas de Adán, Westphalen y Moro; “Contra natura, de Hinostroza; y la prosa de Loayza y Porras Barrenechea. Y soy, como todos ellos, un adorador de la literatura francesa e inglesa, además de los clásicos griegos y latinos. Parafraseando a Saint-John Perse, Occidente es una gran ola que empezó con Grecia y que llega hasta nuestros días, hasta unirse con el mar del Perú.

- ¿Cuánto te tomó escribir “Ciertas formas del fuego”? ¿Cómo fue el proceso de escritura y de corrección?

Si bien este libro reúne algunos textos escritos a lo largo de diez años, en los últimos dos tuve la oportunidad y el tiempo de escribir más y revisar lo escrito, debido a la pandemia. Suelo escribir poco y lentamente, y luego reescribir y reescribir y reescribir. Para mi buena suerte, no tengo ningún apuro.

Hubo, eso sí, tres experiencias que marcaron la edición y escritura final del libro, y sin las cuales no se habría podido llevar a cabo: la relectura de la poesía de Rimbaud; la relectura de “Vuelta a la otra margen”, la antología de poesía peruana hecha por Oquendo y Lauer; y la traducción al español que realicé de las versiones de Waley de los poemas de Po Chu I.

- Sé que inicialmente estudiaste Ingeniería, pero te formaste luego en Filosofía. ¿Cómo así surgió esa cercanía con la literatura?

La literatura siempre ha sido cercana para mí porque he estado rodeado de libros y lectoras en casa desde muy pequeño. Mi madre y mi abuela leían con frecuencia novelas y el periódico siempre.

Sin embargo, el punto decisivo para abandonar los estudios de Ingeniería se produce cuando conozco al escritor Camilo Torres, quien por entonces vendía libros de segunda mano en la PUCP. Gracias a él es que comienzo a conocer el canon occidental: desde la “Ilíada” y la “Odisea” hasta “Bomarzo”, “Memorias de Adriano” o “La línea de sombra”, además de descubrir los cómics europeos. Incluso, una amiga y yo bromeábamos diciendo que asistíamos a la Universidad Privada Camilo Torres. Es por consejo suyo que ingreso a la especialidad de Filosofía de la Universidad Católica.

- Para finalizar, ¿podrías contarme qué estás leyendo ahora y si tienes algún autor al que recurres frecuentemente?

Acabo de releer hace unos días la “Anábasis” de Saint John-Perse, junto con Camilo. Ha sido una grata experiencia por dos motivos: primero, porque no leía el poema completo desde hace algunos años; y segundo, porque Camilo es un gran lector y es capaz de desplegar una gama de sentidos en el texto que no cualquiera es capaz de ver.

Tengo algunos libros a los que suelo recurrir en busca de refugio y de sombra: la poesía de Rimbaud, las aventuras del Corto Maltés, los poemas homéricos, “20 años con Inodoro Pereyra”.

Calificación: 4/5

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