Helio Ramos: “Mis personajes están contra el canon”

El cronista ha reunido sus textos en Gauguin en la avenida Emancipación, un libro que recoge las historias de antihéroes que de alguna manera están vinculados a la vida peruana.

Las historias de Gabo, Flora Tristán, Lope de Aguirre y Rimbaud son algunas que alberga el libro Gauguin en la avenida Emancipación. Foto: Antonio Melgarejo / La República
Las historias de Gabo, Flora Tristán, Lope de Aguirre y Rimbaud son algunas que alberga el libro Gauguin en la avenida Emancipación. Foto: Antonio Melgarejo / La República
Pedro  Escribano

Las historias estaban allí. Los personajes también. Faltaba quien las descubra, quien les dé rostro o cuente la historia completa. Esa era misión de un cronista, y eso es lo que ha hecho Helio Ramos Peltroche. Se ha zambullido en libros, husmeado archivos, andado calles haciendo un sinfín de preguntas. Así ha recreado la historia de Paul Gauguin en una casona en el centro de Lima, el trabajo alucinado del cineasta Dennis Hopper de convertir Chinchero en un pueblo del Oeste. También la historia de Héctor Lavoe, casi convertido en un santo en el Callao. O la de Faulkner en Lima y de sus largas noches épicas de trago en Brasil o cómo así un boxeador peruano le respondió los golpes a Muhammad Ali.

Estas historias, junto a la de Gabo, Flora Tristán, Lope de Aguirre y Rimbaud, son las crónicas que Helio Ramos ha reunido en el libro Gauguin en la avenida Emancipación (Ed. Colmillo Blanco).

“Algunas han sido publicadas en distintos medios, pero también hay inéditas. Están planteadas para darle una unidad al libro. Son personajes que de alguna manera están vinculados al Perú y están contra el canon. Por ejemplo, Gauguin es un pintor posimpresionista, maldito, amigo de Van Gogh, que se va a la Polinesia a pintar, lejos de su tranquilidad burguesa”, explica Helio Ramos.

Hablemos de crónicas, ¿cómo se las enriquece?

Hay varios aspectos, por ejemplo, hacer arqueología urbana. En otros casos, bucear en algunos libros, porque allí hay referencia. En el caso sobre la crónica de Lope de Aguirre fue cuando estuve de paseo en Buenos Aires. En un librero de viejo encontré un texto, empecé a leerlo, porque hablaba de Perú. Y era sobre Lope de Aguirre. La crónica se puede nutrir de muchas fuentes, como el cine, la poesía, la literatura, en general. Es un género híbrido que te permite ciertas licencias, tanto en la estructura como en la forma de entregar la información, que el periodismo informativo no lo permite.

¿En cuanto a los temas, los personajes, a veces son hallazgos como la crónica sobre Muhammad Ali?

Mira, yo trabajaba en el archivo de El Comercio buscando información y encontré allí recortes periodísticos de la época cuando vino a Lima. Yo no sabía eso. Para muchos de mi generación, que conocemos la leyenda de Ali y lo que significó, había detalles que no conocíamos. Yo no sabía que había venido al Perú y había hecho una pelea de exhibición. Ubiqué a la persona con quien peleó, Guillermo Willy de la Cruz, lo entrevisté y me contó toda la historia. He tratado de recrear la sensación que él tuvo cuando peleó en la bombonera norte del Estadio Nacional.

Helio Ramos y la portada de su libro, que junta personajes inolvidables.

En una crónica, la calle es infaltable, más allá del archivo, del dato...

Como dice el maestro Eloy Jáuregui, es el periodismo de asfalto. César Lévano nos decía en San Marcos que un periodista tiene que hacer policiales, tiene que hacer crónica roja para que entienda cómo funciona la sociedad. Nos explicaba cómo él empezó haciendo policiales. Contó que Hildebrandt, cuando trabajaba en Caretas, había visto un grafiti y a partir de eso armó todo un texto. Nos decía, ese es el olfato de un periodista para ver que algo está allí, a la vista de todos, pero nadie le presta atención. Un poco es eso lo que he hecho en las crónicas, son cosas que están allí, pero a nadie parecía interesarle.

En el caso de Héctor Lavoe, ¿cómo das con ese altar?

Estábamos haciendo un recorrido por Puente Nuevo, en el Callao, nos dijeron que por allí hay un restaurante donde estuvo Héctor Lavoe. Fuimos y encontramos un altar, ahí estaba Héctor Lavoe. El mozo, un tío ya viejo, cojito, me dijo: “Vino, se sentó allí, en ese lugar. El día que murió lo sacamos en andas”. Yo no sabía si me decía la verdad o qué, pero él lo decía.

Cuando escribes crónica, ¿qué sofrena para que la crónica se mantenga en el campo periodístico y no caiga en la tentación de la ficción?

Sí, hay una delgada línea que divide de lo que es género de ficción y género de no ficción. La crónica se nutre mucho de la literatura. Por ejemplo, tú tienes la libertad de narrar en primera, tercera o en segunda persona. Es increíble. El cronista también puede ser un narrador omnisciente, que conoce todo la historia y la cuenta a través de los personajes, como hacen los literatos. O hacer periodismo bonzo, que narra in situ y es parte de la historia. La crónica te permite hacer eso, te permite hacer una inmersión en diversos territorios y encontrar esta relación que hay de las fuentes con los personajes. Es buscar detalles y armar el todo.

¿Cómo así armas la crónica sobre Flora Tristán?

Todo empezó con la lectura de El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa. Me gustó la novela donde también trata a Gauguin, aunque no ahonda sobre su estadía en Lima. Después leí Peregrinaciones de una paria, un librazo. Es un retrato del Perú posindependencia. Es un retrato descarnado, primero, de la oligarquía arequipeña y después un retrato de Lima, durante la guerra civil entre Orbegoso y Gamarra, y de personajes de época, como Francisca Zubiaga, “La Mariscala”, una figura que después significará mucho cuando se aboca por las causas de las mujeres.

La mujer nunca deja de ser su norte...

Nunca. En Arequipa descubre la historia de su prima, que era una monja. Había sido recluida en el convento, pero se escapó. Pero también la historia de otra prima, que era casada con un bueno para nada. Ella le puso la dote y el otro la vivía. Flora no podía creer que una mujer sea tan sumisa para estar con un hombre.

Pero también tenía una visión política.

Claro, pinta a los personajes de la época de cómo, primero, estaban con un bando y después en otro, según como iban ganando. Pinta el retrato de un tipo oscuro, un tal Althaus. Y lo deja muy mal. Le achaca que era un tipo que llegó pobre, que se enriqueció casándose con una prima de ella, que primero estuvo con la corona y después se pasa al bando patriótico y que allí primero estuvo con Gamarra y después con Orbegoso.

En tu crónica subrayas esa pasión invencible de vivir y amar según como ella lo siente, en su caso como lesbiana.

Claro. Ella se escapa de París de un matrimonio asfixiante con André Chazal, que es padre de Aline, la mamá de Gauguin. Y se viene a Lima a reclamar una herencia, un viaje que es un parteaguas porque aquí cambió su visión del mundo, su visión con respecto a la mujer y los obreros. Y también su relación con las mujeres, como su amor a Eléonore Blanc. Creo que Flora Tristán no ha sido revalorizada como debe ser, quizás porque es una apátrida, porque Francia no era su patria y el Perú tampoco.