Richard Parra: “La escritura todavía es un discurso de poder”

El escritor acaba de ganar el Premio nacional de Literatura con su libro de cuentos Resina, cuyos personajes e historias están nutridos de la oralidad.

"Mis personajes nacen de mi experiencia histórica, social, familiar. No solamente afectivas, sino también de algunos enemigos”. Foto: John Reyes / La República
"Mis personajes nacen de mi experiencia histórica, social, familiar. No solamente afectivas, sino también de algunos enemigos”. Foto: John Reyes / La República
Pedro  Escribano

El personaje del primer cuento del libro Resina (Seix Barral), de Richard Parra, se llama Basurero. En realidad, como él dice, es una marca de todo el libro con que el autor acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura. Un libro realmente feroz, en su lenguaje y en la historia de sus personajes, tan ciertos y reales que bien podemos tropezarnos en la calle con ellos.

¿Qué es lo que gatilla a tus personajes? ¿La imaginación, la experiencia vital?

Mis personajes nacen de mi experiencia histórica, social, familiar. No solamente afectivas, sino también de algunos enemigos que uno puede tener. O sea, es de una realidad concreta. Eso en la mayoría de los casos. La imaginación ingresa un poco después. No es que yo hago un perfil, como periodista, sino lo voy utilizando, modificando, prefiero decir, deformando. Cuando reviso personajes históricos, lo que hago es metamorfosearlo, llenarlo de tangentes, incluso yo también me incorporo a mis personajes como sujeto escritural. La otra idea que quiero rescatar es que a los personajes yo los pienso en grupo, dentro su comunidad. No tienen sentido sin sus compañeros, como Basurero, del cuento “Chevy del 64”.

Tus cuentos reinstalan los personajes callejeros en la literatura peruana. Recordaba los de No una sino muchas muertes, de Enrique Congrains.

Claro, pero debo decir que yo no escribo de la nada, en tanto a fuentes, también están las literarias. De hecho, la tradición realista, que yo prefiero llamarla neorrealista, que aún existe, que viene del siglo XIX, llega hasta esta cosa más cruda de Congrains. Pero el libro de Congrains tiene un factor político, como que el narrador tiene una militancia. En el caso de mis narradores, que también son personajes, no tienen militancia sino más bien preguntas. Están un poco confundidos, desengañados o, como dicen ahora, son socialconfusos. Como que están buscando una manera de “articular”. Mis cuentos como que buscan juntar las partes, como en un rompecabezas que no está completo. Por un lado está lleno y, por el otro, hay huecos.

¿Sumar de partes te lleva a la escritura de reciclaje?

Muchos de mis personajes son síntesis. Un pedacito de un amigo de acá, de otro y de otros. Cosas que también extraigo de libros, películas. Es decir, voy armando una suerte de Frankenstein, con retazos. La primera escena del libro es un botellero gritando fierro, catre, botella. Esa es la imagen de este libro. Los personajes vinculados a la basura. Hay un narrador que se llama Basurero. A la basura, grasa, sudor, la resina, suciedad, en el libro no se le hace asco... es parte de nuestra vida, de nuestra existencia. Además, en el libro no busco unidad, más bien que todo esté diferenciado. Lo que más me importa no es la unidad sino el desencuentro.

¿Cómo filtras la violencia a tu lenguaje narrativo?

Yo no tengo un estilo, no soy un estilista, que escribe igual siempre. Un estilista es, por ejemplo, Ribeyro. Yo, más bien, las palabras, el léxico, la sintaxis, el ritmo, los saco de los materiales de los que voy a escribir. Si voy a escribir sobre unos pandilleros del Jr. Huascarán de La Victoria, trato de hacer memoria y además conversar con ellos. En cuanto a la violencia, en la literatura colonial, no solo americana sino también del África, el filósofo Frantz Fanon decía que los colonizadores imponían a los dominados un lenguaje de pura violencia. También decía que los dominados también utilizan un lenguaje de violencia. Así, el lenguaje de jerga, incorrecto, no literario, no poético, en ese contexto, la vulgaridad tiene, no sé hasta qué punto, un elemento revolucionario. Y es un lenguaje de contraviolencia al poder letrado. En el Perú tenemos una tradición de literatura criolla, hegemónica, pero está retrocediendo un poco. Están surgiendo lenguajes nuevos.

¿Tus personajes cómo se acercan o se distancian de los de Oswaldo Reynoso?

No, primero, ante Reynoso, yo soy un pie de página. Reynoso tiene otro tipo de acercamiento a estos personajes. Él tiene eso que llaman oído, que no entiendo, pero sí tiene una capacidad de reproducir la oralidad callejera limeña. Por otro lado, hay que pensar que Reynoso no era limeño, era arequipeño, es decir, un extraño que estaba mirando de afuera. Eso se nota mucho en sus crónicas. Pero hay otro aspecto en Reynoso, el poético. Pienso que es parte de su momento histórico, de la poesía del 50. En el caso mío, no es tan así. Yo también reproduzco a mi manera, con mi ritmo, mi música, el habla de los personajes y sus situaciones y lo voy montando con un lenguaje más descriptivo. Esa es mi diferencia con Reynoso.

Son avezados, valientes, pero no alcanzan la redención...

Ahí sí yo soy más secular, laico. Yo recuerdo esos finales de epifanía de Joyce donde todo se redimía. En mis cuentos los personajes empiezan con un problema o varios problemas y como que se calman las cosas, pero al final siguen teniendo problemas. Tal vez puede venir otro escritor y continuar. Pienso que el antagonismo siempre está presente, hasta cuando digo estoy tranquilo. En La ciudad y los perros, con el Jaguar, Vargas Llosa tiene como 300 páginas reventando cabeza, un diablo, y, al final, un santito. Eso me hizo mucho ruido, pero sigo considerando que es una gran novela. Ese epílogo en que todo tiene que cerrarse conmigo no va. Yo lo dejo roto, abierto.

Tú no aceptas la categoría marginal para tus personajes. – Son marginales desde un

punto de vista académico. Son marginales desde ciertas universidades de paga, desde allí son marginales, pero cuando uno dice, vamos a ver esos materiales, te cito mi caso, mi libro Los niños muertos, situado en los barrancos del río Rímac, en esas casas que tú me has dicho repisas, allí había una cultura, había música, vecinos migrantes, había relatos orales, voces narrativas.

Ah, el tema es la escritura...

Claro, lo otro es la escritura. La escritura todavía es un discurso de poder. Ese discurso que desde la época colonial se teorizó. Un gran crítico de eso es Ángel Rama con La ciudad letrada. Sí, hay una escritura que quiere ordenar el mundo según la ideología, pero también hay otra escritura, pienso en Diamela Eltit, Reynoso, en que la escritura se nutre de la oralidad y, por lo tanto, critica el mismo acto de escribir.

Richard Parra, Resina.

El cuento “Resina” es una demolición de mundo literario limeño. En los escritores se reproduce también lo que es nuestra sociedad.

Bueno, el sistema literario, como todo, también está corrupto, y no necesitamos explicarlo tanto. O sea, hay gente honesta, sabemos, la conocemos quiénes son, pero también hay otro sector corrupto, el de las argollas, de esto y lo otro. Pero en el cuento lo que se está presentando es la vida de un personaje que no solo es pobre, un escritor popular, sino padece de alcoholismo. Roberto Bolaño decía que la vida de un escritor es miserable. Pero allí hay otro resina, que es el narrador, que es un ingeniero de minas. Qué personaje más canónico en la cultura nacional que un ingeniero de minas, esos ingenieros culturetas que siempre están en los eventos literarios. Él es el resina, porque califica, menosprecia. Él lo quiere comprar todo. La poesía también está en venta en ese cuento. Para él, la literatura es una mercancía más.

Más allá de las anécdotas, algunos cuentos exponen grandes temas nacionales. “Río Culebra”, la guerra de Sendero Luminoso y “Resina”, el tema de la corrupción.

El hecho de que yo suene con mi discurso medio posmoderno no quiere decir que soy ahistórico. Mis personajes están en realidades sociales concretas. El cuento “Río Culebra” me lo contó una amiga, que hizo un documental. Ahí vi material para crear una suerte de microépica, pero tenía que buscar el lenguaje para un personaje que era como un aucas, que está aquí y está allá, un oportunista, un tránsfuga literario. Por lo demás, es un tema histórico y traté de tomar la lectura que se ha hecho de la guerra.