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Leila Guerriero: “Un cronista siempre debe andar con el radar encendido”

La periodista argentina acaba de reeditar su primer libro, Los suicidas del fin del mundo, una crónica minuciosa sobre una ola de muertes en Las Heras, un pueblo olvidado al sur de su país, en la Patagonia.

Guerriero narra hechos ocurridos entre 1997 y 1999 en Las Heras. Foto: difusión
Guerriero narra hechos ocurridos entre 1997 y 1999 en Las Heras. Foto: difusión
Pedro  Escribano

Estaba en la redacción. Un email llegó a la bandeja de su correo. Traía el dato de que en La Heras, un pueblo pequeño de la Patagonia, había ocurrido una ola de suicidios entre 1997 y 1999. Eso me cuenta Leila Guerriero a través del Zoom desde Buenos Aires. Lo que hizo ella, como buena cronista, fue seguir ese hilo para llegar a ese pueblo petrolero, castigado por el clima, con problemas de desempleo, prostitución, perspectiva de futuro. Indagó sobre esa ola de suicidios, curiosamente, de fin de siglo, como si fuera un mandato de una secta, como algunos lugareños creen que así ha sido. La cronista en Los suicidas del fin del mundo (Tusquest) cuenta la historia desde adentro.

¿Las Heras es un pueblo al revés de Macondo? En Macondo, al principio, no hay muertos. En Las Heras, un poco más, suicidarse casi era un oficio.

Yo no diría eso, sería muy estigmatizante para el pueblo, porque pasaban muchas otras cosas. Pero la verdad, en un punto, sí era un Macondo, en el sentido en que se condensaban muchas cosas en ese pueblo. Era una especie de aleph. Las Heras parece como un lado “B” de toda esa magia y vitalidad de Macondo. Sí, era un pueblo con problemas sociales muy fuertes. Podría pensarse un reverso muy oscuro de Macondo.

¿Qué les llevó al suicidio? ¿El horizonte de vida allí es como el paisaje: páramo, viento y después nada?

La respuesta a esa pregunta está en el libro entero. Ah, no digo esto para que compren el libro (risas). No, lo que quiero decir es que el suicidio es una decisión, la más extrema de las decisiones y no hay un solo factor, sino muchos factores. Y la respuesta de eso es el libro porque allí se trata, precisamente, de tocar muchos ejes, como la situación laboral, social, política, la perspectiva del futuro, el clima. Ante eso, los suicidas son los más frágiles de esa situación.

Dices que el pueblo no se reflejaba en las noticias.

Es que hay ciudades muy centrales, que aglutinan todo y que las cosas que ocurren en pueblos como Las Heras parecieran que no sucedieran. Las capitales no miran el interior del país. La única manera de ser alguien es irte, mudarte a la capital para tratar de ser alguien. Lo que no pasa en Buenos Aires parece que no sucediera. Mientras yo estaba yendo a Las Heras, el tema de los suicidios no fue noticia.

Paradójico, como cuentas, en Buenos Aires la prensa difundía un suicidio colectivo en Tokio...

Sí, eso justo pasó cuando ya estaba terminando el libro. Son esas cosas que tiene la realidad. Como me pasan el diario bajo la puerta, de pronto veo esa noticia de suicidas de Japón. Yo dije, eso no puede ser verdad. Pero allí estaba la noticia y eso que no siempre publican sobre suicidios.

Hablemos de escritura. Para un poeta, una palabra, una imagen, es la semilla de un poema. ¿Cuál es la semilla que genera una crónica?

Para resumirlo, la realidad. O sea, la semilla de una crónica está en la realidad. Está en algo que te enteraste que pasa o sucedió. Y eso que te enteraste que pasa tiene que producirte una enorme curiosidad, sobre todo cuando vas a planear una crónica de largo aliento. Uno como cronista está todo el tiempo con el radar encendido, mirando, escuchando. Eso que pasa en la realidad puede asaltarte de diversas maneras. A veces es una conversación en una cena con amigos o no tan amigos. Otras, una noticia que lees en el diario o ves en la tele. El caso de los suicidas fue un email que me llegó al diario, pero como me llegó a mí, le llegó a 200 redactores y nadie le dio importancia. Así es, la realidad te inyecta el entusiasmo por contar esa historia.

Cuando se hace periodismo, la ficción es el peligro...

Uno de los límites, importantísimo, básico en periodismo, es no inventar nada. Para eso vas al territorio a averiguar, trabajas, hablas con la gente. No tienes que inventar cosas. Después, cuando vas a escribir, sí, trata de escribir bien, eso significa el trabajo con el lenguaje, con la línea narrativa, cronológica, etc. Que intentes escribirlo bien no significa que estés inventando. El escritor también investiga, pero puede inventarse toda la historia, es su trabajo. El escritor de no ficción tiene otro trabajo, el trabajo de lo que sucede o sucedió. La invención está completamente fuera de la ecuación o el buen ejercicio. No se puede inventar.

Alguna vez, Felipe Restrepo me dijo que es un grave error pensar que el periodismo no requiere de editores.

Sí, la figura del editor para nosotros ha sido fundamental. Como ahora soy editora, trato de replicar lo que me dieron mis buenos y mejores editores, que es una tarea, te diría, casi de formación, en algunos casos y en otros, simplemente, ayudar a que el texto del otro brille mejor. En otros casos, es pensar en cuáles son los mejores temas para determinados autores. Sí, los editores empezaron a ser una figura de la que se creyó que se podía prescindir en algún punto. Un editor es un tipo que hace una especie de curaduría en el sentido de selección de temas, enfoques. Es una persona con imaginación para plantear ángulos distintos, para llevar una relación interesante con un autor o una autora. Para mí es una figura fundamental.

Las redes sociales le han dado velocidad a las noticias. ¿Que le podemos criticar?

Yo no uso redes sociales, creo que no tengo nada original para decir de lo que ya sabemos. Lo que hacen las redes sociales, a veces, a través del algoritmo, a través de tus propios gustos, terminas siguiendo a gente que más o menos piensa como tú y corres el riesgo de pensar que la realidad es eso, pues te pierdes de ver un montón de cosas. Alimenta también la agresividad. Hay gente que, sin mayor argumentación, embiste.

También alimenta la falsa información...

Sí, pero, bueno, allí los medios también juegan un gran rol. Se supone que los medios, antes de publicar algo o dar algo por cierto, tienen que chequear. Muchas veces los mismos medios se alimentan de las redes sociales para decirnos que se murió el fulano o pasó tal cosa y eso no pasó ni murió ni nada.

Muchos medios han convertido al ciudadano en “periodista”...

Sí, eso para mí, como me dijo Daniel Samper, padre, “el periodismo ciudadano es como la medicina ciudadana”. No le confiarías tu apéndice a un señor cualquiera que pasa por la calle. Un periodista se supone que debería tener no solo una cantidad de información ya previa en su cabeza, manera de chequearla, saber con qué fuentes hablar, equilibrar la información, etc., una serie de conocimientos; un ciudadano, por más que esté en el lugar correcto, en el momento justo, no tiene por qué tenerlo. Un ciudadano puede verter una opinión, puede hacer una carta de lectores y habrá excepciones también de gente que tiene mucho para decir, algo muy interesante, muy bien dicho y equilibrado y todo, pero no es periodista.

Los medios los buscan...

Bueno, por un lado, los medios estuvieron buscando como la empatía, esa famosa palabra, de qué manera pueden tener audiencia, seducirla. Bueno, dicen ellos que pueden hacer lo mismo que nosotros, y de paso es gratis. A ese gente no le pagan, ¿no? Ahora estamos en ese problema, la calidad de los medios ha bajado mucho en algunos casos.

Para ir terminando, cómo capean lo que dijo Borges: “Los periodistas escriben deliberadamente para el olvido”.

Borges me cae supersimpático, me parece que tiene un humor espléndido, aparte de ser un escritor fuera de serie. Era muy provocador con esas sentencias. Además era muy cínico, sarcástico, a mí me gusta mucho, lo disfruto. Pero también hay que ver qué tipo de lector era Borges, un lector musculosísimo, por supuesto, pero su interés no pasaba por leer a Rodolfo Walsh. Estaba interesado en leer otra cosa. Pero creo que la no ficción tiene obras que están a la altura de grandes obras literarias. Tenemos Hiroshima de John Hersey, A sangre fría de Capote, Operación masacre de Walsh, o piensa en los libros maravillosos de no ficción de Martín Caparrós, las crónicas de Juan Villoro, de Daniel Titinger, nadie puede decir que todo eso sea escribir para el olvido, al contrario.

Ya ves, estás replicando a Borges y con grandes autores. Me has hecho recordar lo que te dijo Paola, un niña de 11 años en tu libro de los suicidas: “Quiero ser mecánica, pero si no me da el cerebro, seré escritora”.

(Risas) Sííí, me hizo mucha gracia. Era como una gran crítica de una nenita que estaba jugando allí. Además, ¡sabía que yo era escritora!