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Cultural

Miguel Mejía Castro: “Casi me convierto en pagapu del Qoyllurit´i”

El fotoperiodista presentará el libro Qoyllurit´i. Los hijos de la montaña sagrada, con imágenes y crónica suya sobre su experiencia en esta festividad andina en el Cusco.

Fotógrafo. Miguel Mejía en la explanada de donde parte la peregrinación. Foto: VADIM ZIGNAIGO.
Fotógrafo. Miguel Mejía en la explanada de donde parte la peregrinación. Foto: VADIM ZIGNAIGO.
Pedro  Escribano

Dice que el sacerdote, en un momento de la misa, elevó su figura ante los peregrinos. Alzó la mano derecha, se detuvo como en una imagen congelada y, después, lentamente, trazó una cruz en el aire. Les echó una bendición.

“Estábamos en el templo principal del distrito de Paucartambo, desde donde partiríamos hacia Sinak’ara, una zona a 4800 de altura, adonde llegan cada año, entre mayo y junio, más de cien mil peregrinos. El padre oró para nosotros: “Señor de Qoyllurit’i, santísima Virgen del Carmen, bendice a nuestros hermanos en esta travesía, líbralos de los infortunios y regrésalos a salvo”, cuenta el fotógrafo Miguel Mejía Castro sobre el primer viaje que hizo a esta festividad andina en el nevado de Ausangate, Cusco.

Mejía Castro (Lima, 1978) tiene en prensa el libro Qoyllurit’i. Los hijos de la montaña sagrada, en el que a través de sus fotografías y una crónica narra su experiencia religiosa y terrestre sobre los sucesivos viajes que no dejó de hacer a esta fiesta desde el 2011, año en que la Unesco la declaró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Como fotógrafo, Miguel Mejía desde antes ya se había acercado al mundo andino y a la naturaleza. Había realizado una muestra sobre los vestigios de Incahuasi, de Lambayeque, y también una colectiva sobre el Cañón del Colca, de Arequipa. Y todo ello no le vino por milagro ni por simple gustos turísticos, sino por estudio y por una pasión de viajero. Además, porque cuando estudiaba periodismo en la Universidad la Católica descubrió a tres maestros: un cronista y dos fotógrafos.

“Descubrí al polaco Ryszard Kapuściński, su aventura y sus crónicas de viaje fueron verdaderas lecciones. Después al estadounidense Steve McCurry, pero no por la famosa fotografía de ‘la muchacha afgana’, sino por otras imágenes suyas que se quedaron tatuadas en mi retina. Y por su puesto Martín Chambi, y lo digo sin pudor, muchas veces he llorado con sus imágenes”, cuenta Mejía Castro.

Kapuściński, McCurry y Chambi se convirtieron en la santísima trinidad de su carrera como fotoperiodista porque Miguel Mejía, como pocos fotógrafos en nuestro medio, también escribe crónicas.

Precisamente, se inició en prensa escrita, aunque para ello tuvo que peregrinar por meses por la puerta de revistas y periódicos, volanteando su CV, hasta que una vez, porfiado, esperó mediodía al editor de Caretas para ofrecerse como practicante de redacción A la semana lo llamaron.

“Allí tomé mis verdaderas clases de periodismo y también de fotografía. Como redactor, salía con Óscar Medrano, Ch. Vargas, Carlos Saavedra, Javier Zapata. Imagínate, yo era un chiquillo y andaba en mis comisiones con esos maestros. Allí se inclinó la balanza hacia la fotografía”, dice Miguel Mejía.

“En La República encontré a Roberto Ochoa, que era editor del suplemento Andares. Nada más contagiante e inspirador que trabajar con Roberto. También gracias a él, el 2011, hice mi primer viaje a la fiesta del Qoyllurit’i”, dice Mejía Castro.

En ese primer viaje, gracias también al dato de su colega Paul Vallejo, con quien hizo la muestra del Colca, pudo vivir su primera experiencia religiosa en el Qoyllurit’i”.

“Me integré con los ukukos, y no solo iba como fotógrafo, sino tenía que cargar enseres de la fiesta más mi pesado equipo. Subí con ellos con la cruz hasta la cima; después, al regresar, no pude dar un paso más. Se alejaron de mí. Me sentí perdido, congelado; pero, menos mal, uno de ellos se dio cuenta y vi que a lo lejos volvía por mí. Yo no podía andar. ‘Qoyllurit’i quería que seas pagapu’, me dijo. Y me arrastró por la nieve de regreso. El Qoyllurit’i casi me traga”, cuenta el fotógrafo.

El Qoyllurit’i no se lo tragó. Miguel Mejía vivió para contarlo en este libro.