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Cinco años sin Umberto Eco

Homenaje. En Italia se ha publicado, a manera de conmemoración de su muerte, La filosofía de Umberto Eco, edición que está acompañada de su autobiografía.

Eco era un preocupado de la comunicación, antes de morir no dejó de advertirnos el peligro de las redes sociales. Foto: EFE/Juan Ferreras
Eco era un preocupado de la comunicación, antes de morir no dejó de advertirnos el peligro de las redes sociales. Foto: EFE/Juan Ferreras
Pedro  Escribano

En 1995, Umberto Eco, el escritor y semiótico antifascista italiano, confesaba en la Universidad de Colombia que cuando tenía diez años ganó un concurso de ensayo con el tema “¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y el destino inmortal de Italia?”.

El autor de El péndulo de Foucault (1988), seguro, sin dejar de ponerse rojo, contó que su respuesta fue afirmativa.

En Italia, al cumplirse el pasado 19 de febrero cinco años de la muerte del semiótico, la editorial La Nave di Teseo, fundada por él meses antes de morir, ha publicado La filosofía de Umberto Eco, edición que está acompañada con su autobiografía, en la que, sin duda, recogen pasajes de su vida personal y literaria, intelectual, como un repaso a su luminosa existencia.

El autor de Número cero (2015) nació en Alessandria, en 1932, cuando Benito Mussolini accedió al poder y el régimen de ese gobernante fue toda una educación sentimental en sus años de infancia, como narramos al principio de esta nota.

Estudió derecho y se doctoró en filosofía en la Universidad de Turín, con la tesis que después publicó con el título El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956). Como bien refieren, sería su último acto de fe porque después se hizo ateo.

Como estudioso de la cultura, concebía que la producción cultural se debía entender en dos campos. Primero, que el arte, los conceptos filosóficos o cualquier producción intelectual, están inscritos en un campo histórico y, segundo, cualquier fenómeno artístico o cultural –que es una forma de comunicación– requiere de un método de análisis con que se interpreten. Naturalmente él postulaba a la semiótica porque los estudia al margen de la subjetividad de cualquier índole o doctrina.

El pensamiento y concepto teórico de Eco están volcados en libros que tratan la estética como Obra abierta (1962) o sobre cultura de masas, como Apocalípticos e integrados (1964) y El superhombre de masas (1976). Y, por supuesto, Tratado de semiótica general (1975).

El libro pues es el bello objeto y desafío para el lector, tal como lo dice en El nombre de la rosa (1980), esa novela que cruza el género negro, la historia y pensamientos medievales: “Los libros no están hechos para que uno crea en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa”.

Ahora, si hablamos del mundo académico, no podemos dejar de citar un libro clásico, cotidiano de los estudiantes universitarios en el mundo: Cómo se hace una tesis (1977), que, según Eco, es un libro que le sobrevivirá: “Millones de estudiantes lo han usado en todo el mundo como guía. Sigue siendo útil en la era de Internet aunque yo lo haya escrito a mano. Después de mi muerte, ese será el único libro que me sobrevivirá”.

Y como Eco era un preocupado de la comunicación, antes de morir no dejó de advertirnos el peligro de las redes sociales, que, según él, les ha dado derecho a hablar “a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar (...) sin dañar a la comunidad, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.

No le faltaba razón.