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Isabel Allende: “La escritura me salvó de la desesperación”

Pedro  Escribano

Isabel Allende: “La píldora no tumbó al patriarcado, pero fue fundamental. Una vez que la mujer tuvo control sobre su fertilidad, se le abrió el horizonte”. Foto: difusión
Isabel Allende: “La píldora no tumbó al patriarcado, pero fue fundamental. Una vez que la mujer tuvo control sobre su fertilidad, se le abrió el horizonte”. Foto: difusión

La escritora chilena ha publicado Mujeres del alma mía. Aquí, en la entrevista, habla sobre sus relaciones familiares, de literatura, feminismo y de su lucha contra el patriarcado.

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Tenía catorce años cuando ingresaba furtivamente a la biblioteca de su padrastro, el tío Ramón. Iba por las Mil y una noches, sobre todo, como ella dice, tras “los pasajes más cochinos” de ese libro que la instaló en el territorio de la literatura. “Me inició en el vicio irremediable de la fantasía, la imaginación y el deseo de escuchar y contar historias”, me responde Isabel Allende, Premio Nacional de Literatura.

La escritora chilena acaba de publicar Mujeres del alma mía (Plaza & Janés), un libro que rescata la figura de su madre, de su hija Paula y de otras mujeres que han estado en su vida. También sobre sus relaciones familiares y de cómo, sin darse, asumió el feminismo para embestir al patriarcado, y acaso esa lucha empezó en los predios familiares.

Su padre abandonó la familia. ¿Es verdad que no ha tenido ni curiosidad por saber de él?

Mi padre no tuvo curiosidad por ver a sus hijos. Entiendo que puso como condición, para otorgarle la nulidad matrimonial a mi madre, no tener que mantener a los hijos. El hombre que me formó fue mi padrastro, Ramón Huidobro. A él lo he querido como al padre verdadero.

Arguedas, en una confesión dramática, dijo que era hechura de su madrastra. ¿Usted podrá decir, desde otra experiencia, que es hechura de su padrastro?

Claro que sí. Mi abuelo y mi padrastro fueron las fi guras masculinas más importantes de mi vida. A mi padrastro, el inefable tío Ramón, le debo mucho, él me enseñó el valor del espíritu de servicio, la generosidad, el optimismo para recordar lo bueno y olvidar lo malo, la alegría para gozar lo que uno tiene, por poco que sea, y mucho más.

¿Hubo motivos familiares que la llevaron al feminismo?

Aunque no conocía el concepto de feminismo –eso lo descubrí más tarde–, ya en mi infancia me sublevaba contra la autoridad masculina porque veía a mi madre muy desvalida, dependiente, vulnerable, sin recursos económicos y sin libertad. Era una mujer separada del marido, con tres niños, en una sociedad católica, conservadora, patriarcal y muy dura para juzgar a mi madre. Los hombres de la familia, como mi abuelo y mis tíos, tenían la libertad, los derechos y los medios económicos que mi madre no tenía.

Su columna “Civilice a su troglodita” en los 70 en la revista Paula fue su primera respuesta contra el patriarcado. ¿Qué resistencia tuvo en su casa?

Mi madre temía que mi postura feminista me iba a costar caro, iba a recibir mucha agresión. Mi abuelo estaba horrorizado. Mi padrastro se burlaba, porque eso del feminismo le parecía una payasada.

¿Ha dicho que hubo la falsa ilusión de que la píldora iba a tumbarse el patriarcado?

Cierto que la píldora no tumbó al patriarcado, pero fue fundamental en la liberación femenina. Una vez que la mujer tuvo control sobre su fertilidad, se le abrió el horizonte, pudo salir del hogar a trabajar y ser dueña de su sexualidad. No todas las mujeres tienen acceso a los anticonceptivos, y en gran parte del mundo el aborto es duramente penalizado. No hay feminismo posible sin control del propio cuerpo.

Ser pariente del presidente durante la dictadura de Pinochet, eso no era el peligro, ¿el peligro es que era deslenguada contra el régimen?

Supongo que mi apellido llamaba un poco la atención durante la dictadura, pero si me hubiera quedado callada en mi casa, tal vez no hubiera tenido problemas.

¿Mujeres del alma mía es un libro de homenaje a las mujeres, memoria suya o sentar sus ideas sobre el feminismo?

Este libro no fue idea mía, se les ocurrió a mis editores en Plaza y Janés. Hace algún tiempo di una conferencia en México que fue un fenómeno viral. Mis editores pensaron que se podía publicar, pero al leerla me di cuenta de que estaba totalmente añeja. En poco tiempo había sucedido el movimiento MeToo, protestas multitudinarias en varios países, una nueva ola de feministas jóvenes, etc. Empecé a recordar mi propia trayectoria como mujer y como feminista. Este libro es un ensayo-memoria y un homenaje a las mujeres extraordinarias que me han acompañado en la vida.

Si pudiera regresar en el tiempo, ¿evitaría las influencias de Cien años de soledad en La casa de los espíritus?

No.

El boom no incluyó escritoras. ¿Hubo voluntad para ello?

Las voces femeninas en la literatura latinoamericana fueron sistemáticamente ignoradas o descalificadas por críticos, profesores de literatura y casas editoriales. Supongo que a nadie se le ocurrió incluirlas en el boom.

¿Hubiera seguido escribiendo si no hubiera escrito Paula?

No lo sé. Ese libro me ayudó a comprender y aceptar lo que le ocurrió a mi hija. La escritura me salvó de la desesperación.

Por su vida migratoria, Neruda decía de usted la “eterna desterrada”. En el campo de la crítica literaria de su país, su obra también fue propiamente desterrada…

Neruda dijo de sí mismo que era un eterno desterrado, porque cuando no estaba en Chile, se sentía exiliado de la patria. La crítica literaria de mi país me trató mal o me ignoró durante mucho tiempo, pero con el Premio Nacional de Literatura 2010 obtuve cierto respeto. Los lectores chilenos, en cambio, han sido de una lealtad y de una generosidad conmovedora conmigo.

Roberto Bolaño, Elena Poniatowska le negaban la condición de escritora. ¿No se desmoralizó?

Para nada.

Tras intentos anteriores, el 2010 le concedieron el Premio Nacional de Literatura de Chile, y suscitó polémicas. ¿Es difícil ser profeta en su tierra?

Es difícil ser profeta en la propia tierra, especialmente para una mujer. En Chile tenemos una palabra que define esa actitud de tirar hacia abajo a quien se eleva un poquito por encima de la media, decimos “chaqueteo” o “chaquetear”. Es decir, halar hacia abajo de los faldones, de la chaqueta. Los únicos que se salvan del chaqueteo nacional son los futbolistas.