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Francesca Cánepa: “Mi cine busca cuestionar el entorno”

Pedro  Escribano

@larepublica_pe

25 Oct 2020 | 3:32 h
Francesca Cánepa, cineasta peruana., directora de El silencio del río. Foto: Difusión
Francesca Cánepa, cineasta peruana., directora de El silencio del río. Foto: Difusión

Cineasta peruana, su cortometraje El silencio del río se estrenó este año en la Berlinale y acaba de ganar un premio en Canadá y quedó calificada para competir por los premios Óscar.

Cuando aún era muy pequeña, su abuela, que se había criado en Iquitos y venía cuidarla, le narraba mitos y leyendas de la selva. Ella, inmóvil, la escuchaba con asombro, mientras que en su imaginación se arremolinaban criaturas que se trasmutaban en seres humanos. La cineasta peruana Francesca Cánepa Sarmiento, que reside en Madrid, encuentra allí los motivos más lejanos para su cortometraje El silencio del río, el mismo que se estrenó en el festival Berlinale, en febrero pasado.

Pero el filme no se zambulle en la mitología y el folclore amazónico, ello solo sirve de pretexto y atmósfera que la cineasta aprovecha para plantear temas actuales, como la identidad de género. El silencio del río cuenta la historia del niño Juan (encarnado por Wilson Isminio Cruz) y su padre (Roover Mesía) quienes viven en una cabaña flotante. Ante la incomunicación que existe entre ellos, el pequeño intenta remontar sus orígenes a través de visiones oníricas –la cineasta se vale del mito de la sirena– y llega a descubrir el misterio, la verdad de su padre.

Este filme acaba de ganar el Gran Premio del Jurado al mejor cortometraje narrativo en el Calgary International Film Festival de Canadá y quedó calificado para competir por los premios Óscar de la Academia.

Causas y motivos

Francesca Cánepa (Lima, 1990) estudió cine en la Universidad de Paul Valéry, Montpellier, Francia. Prosiguió en la Escola Superior de Cinema y Audiovisuales de Catalunya. Y guion en Cuba. Su vocación tenía que echar frutos.

“Así como mi protagonista, me interesa contar historias. Decidir dedicarme al cine fue una reacción ante lo que sucedía a mi alrededor y una necesidad de problematizar y cuestionar el entorno. Una catarsis necesaria y un diálogo con los demás”, sostiene la cineasta.

El filme, aunque parezca, tal vez por los actores naturales, no es un documental. Es ficción. Ella distingue los géneros. “En el caso del documental, la realidad es una herramienta para responder a una tesis. En el caso de la ficción, quizás tenemos más licencias porque nosotros mismos construimos la realidad frente a la cámara”, explica.

El silencio del río es su segundo cortometraje, el primero, Aya, está situado en los Andes y su protagonista también es un niño. Ahora se internó en el bosque.

“Para El silencio del río me parecía interesante situar a los personajes en este contexto con un credo propio. Agregarle el elemento de fantasía me servía para diferentes cosas. Por un lado, darle una capa antropológica y explorar la cosmovisión local y, por otro, retratar la dualidad del padre evocando el mito de la sirena”, explica Francesca Cánepa.

En El silencio del río un niño remonta sus orígenes. ¿La propuesta es afirmar la identidad?

Sí, la historia es un viaje iniciático de un niño hacia una autoafirmación. En este viaje alegórico por la selva, nuestro protagonista, siguiendo las visiones en sus sueños, accede a descubrir la verdadera identidad de su padre. Es una historia sobre la herencia, la aceptación y el devenir.

El niño quiere ser orador como su padre, ¿quiere tomar la posta?

Una parte es querer mantener las tradiciones, pero, a la vez, actualizarlas de alguna manera. Como en el Gatopardo de Lampedusa : “Todo tiene que cambiar para que todo pueda seguir como estaba”. El elemento de la oralidad me interesaba incluirlo en la historia como forma de transmisión de conocimiento, de expresión y de tradición. El personaje del padre no se expresa más, está ensimismado y eso responde a su alienación con respecto a su nueva identidad. El personaje del niño quiere encontrar una conciliación y cree que expresándose él y llevando el mensaje, podrá devolverle el alma a su padre. Este cortometraje es una oda hacia la diversidad y la aceptación de quiénes somos.

Cuando se filma sobre pueblos originarios, casi siempre el gran tema es la identidad. ¿No pesa mucho lo antropológico?

Este cortometraje revisita el mito de la sirena para hablar sobre la identidad de género y creo que eso es lo original de este cortometraje. Apelar al pasado (tradición) para hablar del presente y cómo proyectar un futuro inclusivo. El contexto está al servicio de la narrativa como espacio alegórico.

¿La ficción acaso permite mirar mejor por las grietas subjetivas?

Creo que cada género tiene sus herramientas narrativas y un lenguaje propio, y es la tarea del espectador discernir el contenido desde su experiencia subjetiva. Nuestro cortometraje en particular es un híbrido entre ficción y documental porque nos apoyamos en locaciones reales con actores naturales, y estábamos a la merced de varios elementos externos. Por lo cual, nuestro trabajo era reapropiarnos de la realidad y reinterpretarla como un espacio retórico expresivo. El lenguaje es sugerente y muy sensorial, pero la lectura que pueda tener cada espectador es relativa.

Trabaja el mito de la sirena. ¿Cómo articula ese mito con el presente?

El mito de la sirena está integrado en la narración para poner en evidencia la dualidad del personaje del padre a través de los ojos del hijo. En las leyendas de la selva, las sirenas suelen llevarse a los hombres y ahogarlos. En este caso, el padre ha perdido su masculinidad y se ha transformado en una sirena. El hecho de que el padre se convierta en otro “ser” sugiere el tema de la identidad (de género). La reacción del hijo apela a la aceptación y reconocimiento de su identidad.

En su primer cortometraje, Aya, trabajó con un niño andino, ahora con un niño amazónico. ¿Qué ventaja temática y actoral le ofrecen los niños?

Ambas historias narran el paso de la niñez a la adolescencia. Lo que une las historias es un deseo de indagación profunda en los personajes que están en un estado de máxima tensión, de alejamiento extremo, de inestabilidad espiritual y donde el personaje o bien rompe totalmente con sus principios o se autoafirma decididamente en su fe y en sus ideales. Trabajar con actores naturales nos ofrece frescura y verosimilitud. Su experiencia cotidiana moldea sus cuerpos, sus miradas y sus gestos. Esa autenticidad es muy valiosa.

¿Qué importancia le da al paisaje? Más allá de las historias, se aprecia el poder poético del paisaje.

Para mí es muy importante el espacio dónde se desarrollan las historias. Los personajes y sus emociones deben estar conectados con el espacio a su alrededor. En este sentido, el paisaje se vuelve retórico y aporta a la carga dramática de la historia expresando la psicología de los personajes. En El silencio del río, la geografía de la selva está al servicio de la narración, ya que me servía como escenario simbólico para este viaje iniciático que emprende el niño y su lucha por llegar a una verdad a través de sus sueños.

Ha anunciado que filmará su primer largometraje, Belén. ¿Qué tema abordará?

En Belén, entre otros temas, abarcaremos el tema de la violencia de género, que es un tema urgente en nuestro país. Esperamos poder rodarlo en el 2022.

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