Luiz Reátegui: “Si el escritor tiene pudor, mejor que no escriba y se dedique a otra cosa”

El escritor iquiteño Luiz Carlos Reátegui del Águila, quien obtuvo el Premio Copé de Bronce 2018 con el cuento La casa abuela, nos presenta su nuevo libro de relatos, titulado con el mismo nombre. Aquí puedes leer la entrevista completa.

Luiz Carlos Reátegui y su libro La casa abuela | Créditos: Mario Colán.
Luiz Carlos Reátegui y su libro La casa abuela | Créditos: Mario Colán.
Bruno Cueva V.

En el Decálogo del perfecto cuentista compuesto por el escritor uruguayo Horacio Quiroga, publicado en 1927, el también poeta sostenía: «En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas». Esta máxima de la Literatura es cumplida por el autor de La casa abuela, Luiz Carlos Reátegui, al momento de plantear los esquemas de sus relatos. Estos se caracterizan por empezar en un tono de corte lírico, íntimo, sugerente, y finalizar con unos giros argumentales capaces de conmover a cualquier lector.

Reátegui del Águila ha publicado la novela Isabella Nápoles y el libro de cuentos Prohibido besar a las cholas, ambos con dos ediciones agotadas. Ha ganado el Premio Planeta Cuba, el Premio Copé Bronce y el Ensayo de Simplificación Tributaria Sunat. De igual modo, fue finalista en los premios Eusko Corpus de Argentina, Villa Madrid, Literatture Barcelona, Cartas Alicante y Fundación Unir de España.

Este último libro de cuentos breves La casa abuela será presentado virtualmente en la Feria Internacional del Libro de Lima 2020, el martes 25 de agosto a las 16.00 h., a través de una transmisión en Facebook Live y YouTube. Los comentarios estarán a cargo de Gabriela Bosso y Valentín Trujillo.

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¿Cuáles fueron tus primeros acercamientos a la Literatura?

Desde niño me gustaba mucho compartir las historias que me contaba mi abuelo. En la selva hay muchas leyendas: yo soy de Iquitos. Tuve la costumbre de contarle a la familia lo que yo escuchaba, alguna narración del tunche, el chullachaqui o el bufeo colorado. Volvía, entonces, a transmitir estos cuentos a mis amigos del colegio. Así le fui encontrando el gusto a narrar las imágenes, los diálogos, las escenas, los personajes. Después ya pasé del relato oral al escrito, desde los 6 o 7 años de edad.

Empezaste muy pequeño. Respecto a esta nueva publicación, ¿surge a raíz del Premio Copé de Bronce en el 2018?

Sí, un poco para continuar con ese tema. Yo ya tenía nueve u ocho relatos terminados. Entonces, justo Petroperú elige a La casa abuela en tercer lugar del concurso. Le mando el borrador a Willy del Pozo, editor de Altazor y presidente de la Cámara Peruana del Libro (CPL), y, en dos días, me dijo: “Ya lo leí. Me gustó y quiero publicarlo”.

En la mayoría de los cuentos de La casa abuela, que son 10, se respira un ambiente casero, una interacción entre pocas personas. ¿Podrías comentarnos si alguno de ellos se basaron en experiencias de la vida real?

Siempre hay chispazos de realidad, definitivamente. Como diría Alberto Fuguet: “Si tiene 1% de ficción, ya es ficción”. La idea era construir un ambiente casero, donde los personajes sean cercanos al lector, que por allí algún diálogo o escena se lean con base en la experiencia propia. De eso se trata la Literatura.

Tenemos cuentos de diferente corte: hay realistas, psicológicos, irónicos y otros hasta parecieran autobiográficos. La mayoría tiene giros sorprendentes en el final, ¿son el sello de tu narrativa?

Suelo releer a Cortázar, Ribeyro, Salinger, Carver... Me gusta que el mismo lector termine el cuento junto conmigo. Los finales procuro dejarlos abiertos para que el lector también participe en el proceso de escritura. De acuerdo a cómo sientan el relato, (ellos) le darán la conclusión más pertinente.

Luiz Carlos Reátegui, Premio Copé de Bronce 2018, lanza su nuevo libro La casa abuela. Créditos: Mario Colán.

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Hemingway decía que una característica del cuento contemporáneo era esa. Como en tu cuento Putumayo, allí no sabemos a ciencia cierta qué sucede con el esclavo que ve al hombre salvaje, su coetáneo.

(Risas) Claro, pones a ese personaje, en ese momento y en esa disyuntiva. Recordemos lo que ocurría en la selva en tiempos del terrorismo. Los caucheros llegaban y separaban a las tribus, a las madres, a los hijos, y los mandaban a distintos puntos de la selva virgen. Allí los esclavizaban, los mataban, los violentaban. Entonces, cuando se reencontraban, te quedaba la duda si era tu familiar o no; porque pasaban tantos años que quedaba un vago recuerdo. Parece que esto ocurre con mi personaje, se reencuentra con un familiar y al final quedan dudas. No sabemos si el esclavo opta por seguir al capataz o proteger al salvaje.

¿En qué momento adoptas el estilo poético?

Me llenan los sonidos de las palabras y la musicalidad de las frases. Desde que arranqué a escribir, siempre leo en voz alta. Si me gusta cómo suena, dejo las palabras así como están. Y voy fluyendo, dándole forma a las oraciones. Como si fuese un pedazo de greda, voy esculpiendo, quitando, borrando, agregando. ¡A veces esto toma horas!

Entonces eres muy meticuloso al revisar tus textos

Al principio no. Luego del primer tirón de escritura, voy releyendo y haciendo unos ajustes. Puede que me demore ocho horas en una sola página o todo el día. En el 2014, publiqué mi novela Isabella Nápoles y la compuse a mano, por ejemplo. Me sentía a gusto. La transcribí a Word y tenía esa costumbre de escribirlo todo a mano y después pasarlo a digital; en ese proceso hacía los ajustes, pero ya me estoy acomodando al tema tecnológico, aunque me falta bastante.

En tus cuentos encontramos distintas voces narrativas, en tercera, primera y segunda persona. ¿Lo tomaste como un reto personal?

Sí. Mientras uno va avanzado en el proceso creativo, ello se da. Quiero ir experimentando qué otras formas me brinda la Literatura. Voy probando con cajas chinas, historias dentro de las historias, flashbacks. Nunca había escrito en segunda persona, pero también me di cuenta que era complicado. Es difícil que el personaje hable consigo mismo todo el tiempo. Una novela con esa técnica no aguantaría más de 50 páginas.

Luiz Carlos Reátegui y su libro La casa abuela

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Pasemos a hablar sobre tu cuento Sala de espera. El personaje sabe que tiene un trastorno mental. ¿Piensas que un buen relato debería siempre resultar ‘incómodo’ hacia el lector?

No necesariamente. Ese cuento, como el relato Caliente, es bastante sexual. Ribeyro decía que un buen cuento debe perturbar, conmover y emocionar. La idea dentro del conjunto era ‘jugar’ con estos tres conceptos. Sala de espera y Caliente son los que más perturban. Deben generar seguro eso; para algunos, tal vez, estupor, sorpresa, pudor, que es algo también con lo que el escritor debe luchar constantemente. Si el escritor tiene pudor, mejor que no escriba, que se dedique a otra cosa (...). El personaje es independiente del autor, él es dueño de su historia, la persona quien lo escribió solo es un intermediario.

El libro tiene acogida. En algunos puntos de venta figura en el top 5 de los más pedidos.

La vida de un libro es así. No se sabe en qué momento va a terminar de despertar. Estoy contento por el respaldo de los lectores hacia La casa abuela. Salió en marzo, aunque por la pandemia se retrasaron las presentaciones, como se iba a llevar a cabo (de manera presencial) en la Feria Internacional del Libro de Lima. Ya con la reapertura de las librerías, los lectores pueden adquirir este ejemplar, disfrutarlo, pasar un buen rato.

¿Sigues la narrativa peruana de la actualidad? ¿Algún autor en especial que valores?

Cuando quiero escribir con técnica, leo a Mario Vargas Llosa. Para emocionar, leo a Julio Ramón Ribeyro. Asimismo, cuando quiero dar dosis de humor, reviso a Bryce Echenique. Vuelvo a ellos cada cierto tiempo. En la actualidad, creo que la narrativa peruana está renovándose. Va a ser interesante ver, de acá a cinco años, a una nueva generación de escritores nacionales, más consolidados. Por naturaleza, debe suceder.

¿Te consideras un escritor esencialmente realista? ¿Probarías más adelante con otros géneros literarios?

Mi primer cuento, si mal no recuerdo, fue de terror. Ya lo he comentado un par de veces. En el colegio, una profesora me puso cero (de calificación) por escribir uno. Fluí con ese cuento de terror por las leyendas que hay en Iquitos. Luego se lo presenté y me dijo: “Tú no has escrito este cuento, alguien lo ha hecho por ti”. Yo no dije nada, al contrario, me fui contentísimo a mi casa. Arranqué escribiendo terror. Quizás en algún momento regrese, es una posibilidad abierta.

Ahora estoy explorando los relatos realistas. Me gusta sentarme en el parque, ir al paradero o pararme en la esquina y observar a la gente, a dónde va, qué hace, y, de repente, por allí sacar imágenes. En Prohibido besar a las cholas, un libro de cuentos mío, hay un relato que se llama El hombre que saltó y voló. Está en Internet, inclusive. Diría que es un cuento fantástico o mezclado un poco con realismo mágico, porque habla sobre las facultades de este personaje que reniega de su estado físico. Sin embargo, da la sensación que cuando está en el agua se transforma en un pez maravilloso (...). Más adelante, por qué no, puedo explorar el género policial, la dimensión del terror, entre otros.

La editorial Altazor tiene una colección de libros de ese tipo.

He roto la tradición altazoriana, porque, efectivamente, Altazor se caracteriza por publicar novelas o libros de cuentos de terror. Pero Willy del Pozo apostó por mi propuesta de tono realista.