Mario Vargas Llosa: “Yo no leía, sino vivía las historias”

Magia. Mario Vargas Llosa encantado por las lecturas. Foto: Michael Ramón/La República

El nobel peruano, con motivo de la publicación de su biografía para niños de la colección “Peruano Power”, recordó sus años de infancia y su iniciación en la lectura.

Pedro Escribano
18 Jul 2020 | 4:40 h

Regreso a los orígenes. Mario Vargas Llosa desandó sus años de años de infancia y juveniles en Cochabamba, Bolivia, Lima y Piura. Lo hizo a propósito de una entrevista que le hiciera Adriana Roca, de la editorial Pichoncito, que ha publicado una biografía del nobel peruano ilustrada para niños en su colección de “Peruanos Power”, texto de Jenny Varillas Paz y dibujos de Camilo José Rivera. La conversación sirvió al autor de La fiesta del Chivo también para recomendar la lectura en los pequeños. “Lo importante es crear lectores desde que los niños son muy niños”, dijo.

Su memoria rescató la figura de su madre llevándole al colegio La Salle y también del hermano Justiniano, que “era un ángel caído del cielo”.

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Recordó que leer fue la experiencia más maravillosa que ha tenido en la vida y que sin duda han sido los libros los que marcaron su vocación literaria.

“La lectura se convirtió desde esa edad, que era una edad muy pequeñita, en el gran placer de mi vida. Yo no leía, sino vivía las historias. Dicho sea de paso, no eran cómic, eran unas historias que había que leer traduciendo las palabras en imágenes. Probablemente mi vocación de escritor nace del placer que a mí me producían los libros”, contó Vargas Llosa.

Arguyó convencido de que la pasión de la lectura se contrae, sobre todo, desde niño.

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“Es una cosa absolutamente fundamental. Yo tuve la suerte de que me ocurriera así y yo creo que los libros han sido la gran aventura de mi vida, que los libros me han dado ese sueño infinito que tienen los niños de viajar, de ser exploradores, de ser marino, de volar en el espacio. Todo eso me lo dieron los libros que empecé a leer a los cinco años”, enfatizó.

Recordó que leía la revista argentina Billiken y la chilena El Peneca. Años más adelante, Los tres mosqueteros.

Sostuvo que la lectura debe ser contagiosa en edad temprana. Y a propósito de la cuarentena, la reclusión de los pequeños, no pudo ser oportuno.

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“Es el momento de crear lectores, de demostrarle a los niños lo entretenida que puede ser la lectura y todas la aventuras que se pueden vivir a través de las lecturas”, dijo.

También recordó que para hacerse escritor lo que hizo fue hacerle caso a su vocación. Antes de ello pensó ser abogado, marino, pero fueron las lecturas las que lo condujeron a esa patria suya que es la literatura.

En ese camino tuvo que ver mucho el periodismo, que empezó cuando su padre lo llevó al diario La Crónica.

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“Fue una experiencia muy grata, porque yo conocí otra Lima, otro Perú; el Perú de la noche, el Perú noctámbulo. Eso me permitió tener un conocimiento de Lima que fue muy distinto del que yo tenía antes, pues vivía en Miraflores, que era un mundo más bien preservado. Aquí conocí el resto de Lima, el resto del Perú, todas las clases sociales, todos los barrios, fue una experiencia muy enriquecedora”, refirió.

Como escolar, entre las vacaciones de cuarto y quinto de media, hizo periodismo. De tal manera que su vocación estuvo “en ese comienzo que podemos llamar periodístico”.

Pero decidir su vocación de literato fue un gran dilema.

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“En el Perú en ese tiempo era muy difícil ser un escritor. Uno tenía que ganarse la vida. Nadie que yo conociera se ganaba la vida escribiendo, salvo que hiciera otras actividades. Los escritores eran abogados, profesores, escribían libros en el tiempo que les dejaba el trabajo alimenticio que tenían”, comentó.

Y aconsejó a los jóvenes que tienen vocación literaria.

“Deben asumir su vocación porque es la única manera como pueden ser realmente felices, por una parte, y, por otra, producir unas obras que sean valiosas”, subrayó.

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Reconoció que él es un escritor realista, que todas sus obras se nutrieron de una experiencia vivida directa o indirectamente y que aprendió mucho de Faulkner y Joyce.

Y si tenía que recomendar un personaje para la colección “Peruanos Power” era Flora Tristán, aquella luchadora francesa por los derechos de la mujer que cuando llegó a Arequipa descubrió el horror de la situación de la mujer peruana: “le regalaron una esclava”.

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