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Luis Sepúlveda, el escritor que luchaba por la Tierra

Homenaje. El autor chileno falleció días atrás víctima del Covid-19, en España. En su vida épica, quebró lanzas por la ecología, la justicia, la fi cción y la verdad.

Justiciero. Escritor chileno Luis Sepúlveda trabajó con el presidente Salvador Allende.
Justiciero. Escritor chileno Luis Sepúlveda trabajó con el presidente Salvador Allende.

Por: Alfredo Pita *

Hace unos meses recibí un escueto mensaje del escritor Luis Sepúlveda en el que me decía que estaba en su casa, en Gijón, España, junto a su mujer, la poeta Carmen Yáñez, con una copa en la mano y recordando a los amigos con los que compartía luchas, utopías, tantas otras cosas, y que me quería decir salud.

Lo llamé de inmediato, muy emocionado.

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Luis era un hombre de afectos y principios, alguien que tenía muy en alto la amistad. Así era Luis, quien nos acaba de dejar. Así era, además de escritor auténtico y gran persona, además de potente creador de historias, fábulas, sueños y afectos, y además también de ciudadano responsable y sin fronteras, de precursor en cuanto a crear conciencia sobre lo que estamos haciendo todos con el planeta.

Luis fue y es, sin duda alguna, uno de los escritores latinoamericanos más leídos en el mundo, y hoy quiero hablar de él, de lo que hizo por sus lectores, de lo que nos regaló con su obra rica y diversa, y también de lo que dio a los demás, de su contribución a la defensa de la Tierra y del medio ambiente.

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Hoy es ya no de moda sino de gran necesidad el ecologismo y hay una creciente reflexión sobre el daño que el hombre le está haciendo a la Tierra, en todas las latitudes, pero tal vez no sería exagerado decir que la literatura de gente como Luis Sepúlveda contribuyó en mucho a esta conciencia.

Bien es sabido que la novela que le dio su gran renombre, Un viejo que leía novelas de amor, que en 1988 ganó el premio Tigre Juan, en España, y que luego fue traducida a varias decenas de lenguas, es un relato estupendo, pero, junto a ello, también es un alegato humanista a favor de la Amazonía y sus habitantes, que desde hace más de un siglo sufren un paulatino proceso de destrucción que no hace sino agravarse, acelerarse.

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No en vano Luis dedicó este libro a su amigo Miguel Tzenke, “síndico shuar de Sumbi, en el alto Nangaritza y gran defensor de la Amazonía” y también, en nota de autor, al ecologista brasileño Chico Mendes, quien fue asesinado precisamente en los días en que la novela recibía en España el premio que la consagraría.

“Esta novela ya nunca llegará a tus manos, Chico Mendes, querido amigo de pocas palabras y muchas acciones, pero el premio Tigre Juan es también tuyo, y de todos los que continuarán tu camino, nuestro camino colectivo en defensa de éste el único mundo que tenemos”, escribió Luis en aquella nota.

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Ese era Luis, que nació en Ovalle, Chile, en 1949 y que al cabo del episodio heroico y luctuoso de Salvador Allende, y tras conocer la cárcel, tuvo que irse por los caminos del mundo, a contar su historia y a aprender la de los otros, de Ecuador y la Amazonía a Europa, de Alemania al desierto saharaui, de España a Patagonia, sin olvidar las incursiones de Greenpeace para defender a las ballenas.

De todo esto habló en sus libros, que sería muy largo enumerar, en los que demostró sus dotes de narrador tanto de ficción como de testimonio y de viaje. Con todo ello también alimentó su entusiasmo y su corazón, y unas ganas extremas de compartir sus experiencias y logros con los otros, con sus lectores, con sus amigos.

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Porque a Luis le gustaba compartir, lo que es un tanto raro en el mundo de los escritores consagrados. A su talento literario, a su gran capacidad para crear relatos y fábulas, él sumaba la facilidad para convocar a la gente en torno a los sueños comunes.

Fue una época magnífica y los escritores que nos reunimos con él para compartir esos años no lo olvidaremos nunca. En el grupo figuraban el español José Manuel Fajardo, el colombiano Santiago Gamboa, el mexicano Antonio Sarabia, los chilenos Hernán Rivera Letelier y Mauricio Electorat, los argentinos Elsa Osorio y Mempo Giardinelli, y el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski.

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A todo ello se sumaba la fortuna de que la mayoría tenía como editores y amigos, en Francia, a la formidable Anne Marie Metailié, dueña de la mítica casa editora que lleva su nombre, en Italia a Luigi Brioschi, de Guanda Editores, y en Portugal al gran Manuel Valente, de Asa Editores. No se podía pedir más.

Testimonio del amigo

Me cuesta mucho seguir hablando de Luis en términos impersonales. En 1999 gané el premio de novela Las dos orillas, que se concedía en Gijón, España, en el Salón del Libro Latinoamericano que él había creado. Tras el premio, Luis quiso escribir una presentación para mi novela, un texto que siempre será para mí una razón de orgullo y un testimonio de su fraterna generosidad.

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Hace unos días, la noticia de su muerte me conmocionó, pese a que sus largas semanas de combate contra el mal podrían haberme preparado, pero a la vez de inmediato me quedó claro que el amigo, el hermano, seguía con nosotros a través de todo lo que nos dio, de su contagiosa vitalidad, de su alegría solidaria.

Ha sido una amistad de más de veinte años y me es imposible recordarlo ahora sino en los momentos de la comunión fraterna, en que compartíamos historias, vino y risas. Recuerdo, sin embargo, sobre todo, los paréntesis, los apartes, cuando al margen de la gente, de pronto, copa en mano, con voz queda, preguntaba cómo estaban yendo las cosas, cómo iban los planes personales, los proyectos, las luchas de nuestra gente, convocando a su manera la sinceridad.

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No quisiera de dejar de decir algo respecto a sus ideas políticas y a su lealtad a los principios, que eran de izquierda. Nunca los arrió, ni traicionó y nunca abandonó su actitud contestataria frente a un orden general de cosas inicuo. En el éxito y el triunfo fue como había sido antes, cuando nadie lo conocía: alguien consecuente.

En este sentido Luis era singular, porque en la actualidad esa raza de escritores que no sobrevive gracias al amparo de la prensa adicta al sistema sino que son protegidos por el cariño, por el afecto agradecido de la gente, de sus lectores, que los convierten en portavoces de sus inquietudes y esperanzas, son raros.

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Como he dicho en otro lugar, hoy me quedo en la huella que marcaste, querido Lucho. Te prometo que vamos a seguir dando la batalla como tú la entendías, una batalla que no sólo es literaria sino también de preservación de la dignidad humana y de la justicia para los olvidados de la tierra a los que tú dabas voz. ¡Hoy levanto de nuevo mi copa contigo, compañero! ¡Hasta siempre!

Dato

Se exilió en los años 70 en España. Se infectó en febrero en un festival literario en Portugal. Con su esposa, la poeta Carmen Yáñez, contagiados de Covid-19, ingresaron al Hospital Central de Asturias. Ella salió de alta el 18 de marzo. Sepúlveda falleció el 16 de abril.

--(*) Alfredo Pita es escritor, autor de la novela “El rincón de los muertos”.