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Sacándole la vuelta al coronavirus

Testimonios. Seis escritores peruanos narran cómo han asumido su reclusión por la pandemia. Algunos en la intensidad creativa, otros abocados a pensar los días negros que vivimos o dedicados a tareas cotidianas del hogar.

Novelistas y poetas
Novelistas y poetas
Pedro  Escribano

La amenaza de muerte encarnada en un virus transita por las calles. Peligroso, invisible, es capaz de dejarnos sin oxígeno. Se llama coronavirus y no tenemos otra que refugiarnos en ese espacio íntimo que son nuestras casas (aunque, hay que decirlo, no todos pueden hacerlo del todo). Pero recluirse es una medida para detener su avance y salvarnos. Es una medida de salud pública, pero también es un instinto natural, nadie quiere mirarle la cara a la muerte.

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Para los poetas y escritores, la reclusión, la soledad siempre ha sido una partera. Pero quizás nunca de mala manera, como ahora. Sin embargo, es lo mismo. Confinados, es una ocasión para darse la vuelta 80 veces sobre sí mismo, descubrir personajes, valorar el espesor de la vida, concluir con lo avanzado. Es decir, la reclusión acaso para los escritores es una cantera de vida.

En esas tareas, en un verdadero pugilato con la escritura, se encuentra el escritor Cronwell Jara Jiménez, quien pone los puntos finales de su nueva novela, Patio de Letras.

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“Vivir es una batalla, a diario batallamos contra muchas cosas: papeleos, trámites, citas, viajes, ferias, charlas, y de todas, lógicamente, trato de salir ileso para prepararme siempre a la peor: enfrentarme a mí mismo, a las palabras, al orden de mis obligaciones, al manejo de mis sentimientos para llegar firme, con fuerza y la mejor voluntad, a mis escritos: la novela”, dice.

“Hoy enfrento –agrega- a mis personajes, a multitud de amigos ya muertos, a sus voces, proyectos hoy fantasmas. Me veo en esta batalla en un mundo de fantasmas, en donde trato de darles vida y amor para que no sigan muriendo. Son los habitantes que fueron en el Patio de Letras de San Marcos, entre los 70 y fines del 80. Juan Ojeda, Chacho Martínez, María Emilia Cornejo, Washington Delgado, y de otros quienes, hoy viejos, seguirán eternos jóvenes, ebrios de locura, poesía y pasión, en esta novela... Gracias, coronavirus...”.

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Alonso Cueto, que tiene larga ruta literaria, como que la reclusión le permite realizar un viaje interior, de sí mismo y de su familia, sin perder la conciencia del país que vive.

“Creo que esta es una época de nuevos descubrimientos. Estoy en la casa con mi esposa y mi hijo. Conversamos, recordamos, conjeturamos sobre el futuro. Nos conocemos y nos reconocemos. Nos queremos y nos volvemos a querer. Extrañamos como nunca a mi otro hijo, a su esposa y a mi nieta”, enfatiza.

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Pero el autor de La hora azul también mira sus alrededores y lo que algún día vendrá: “También descubrimos otra vez nuestro país. La pobreza de la gente que escucha la consigna de quedarse en casa cuando a lo mejor no tiene casa o no tiene agua o no tiene qué comer. El descubrimiento de un líder como Vizcarra, quien asumió el control desde el primer día. El descubrimiento de los libros olvidados en nuestra biblioteca. El descubrimiento del silencio en nuestra calle, del miedo en nuestra mente y de la compasión en nuestros corazones. Nos descubrimos como quien no sabíamos que éramos, mientras esperamos”.

La poeta Andrea Cabel siente que el quehacer cotidiano, sobre todo el de sobrevivencia, no se ha extinguido en su reclusión. Es más, se ha intensificado, pero allí, para redimirla, le vienen imágenes y palabras como poeta que es.

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“Intento releer este momento complicado, como una oportunidad para escuchar, para aprender. Desde el 23 de marzo, por ejemplo, he estado dictando clases virtuales. He intentado adaptar mi forma de trasmitir conocimiento para que ni los alumnos ni yo nos sintamos ajenos en clase. Me he dado cuenta de que hablar frente a una pantalla, utilizando todos los recursos posibles, puede ser igual o más desgastante que cuando una pone el cuerpo en un salón lleno de ojos”, confiesa la autora de Las falsas actitudes del agua.

“Escribo, golpeo el teclado varias veces al día –agrega-. Imagino momentos que ya he vivido: me persigue la imagen de aves grandes estirando sus alas. Me persigue el olor y el sonido del mar cuando aterriza en las orillas. Paso mis días creando un bunker en mis palabras, para que ni el tiempo, ni la rutina, ni la puerta cerrada las toque”.

Visión de la pandemia

En las breves palabras del escritor Diego Trelles Paz, desde París, está el altorrelieve del horror del coronavirus:

“Lo peor de estar confinado en uno de los ojos de la pandemia es el afuera porque da miedo. La calle no tiene el mismo rostro cuando está vacía y París sin gente es una ciudad menos nerviosa. Uno cree que todo sigue igual justo hasta ese momento en que suenan las sirenas de la muerte. Son las ambulancias que luego se transforman en índices mortales, en hospitales que se van quedando sin camas, en ventiladores que no alcanzan para tantos. Nosotros tres ya nos acostumbramos a las sirenas pero seguimos preocupados por la incertidumbre. Ya está empezando a salir el sol y hemos pintado la terraza. Mi hijo, Izan, es un terremoto de 15 meses casi. Está bello pero crece como si estuviéramos presos. Lo cual es cierto. A parte de eso, escribo la mejor novela de mi breve repertorio cuando mi niño duerme”.

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A la poeta Rocío Silva Santisteban, ahora congresista, el confinamiento la ha llenado de tareas. La poesía está callada.

“5 a. m. los gatos me despiertan para darles de comer. Preparo el desayuno, cansada, la reunión virtual de la bancada de ayer duró 4 horas. Como siempre, riego las plantas. Más tarde hay múltiples llamadas que se pierden en mi celular: estuve concentrada organizando mi clase virtual. Debo llevarle el almuerzo a mi mamá: con todas las precauciones, hace días que no nos abrazamos. En su casa lavo los platos, limpio algo, recojo la ropa sucia. A las 5 p. m. regreso a mi casa (una cuadra), tengo una larga reunión virtual con mi ‘despacho’: organizamos las tareas mientras lavo los platos de mi casa. Pasa algo: un vuelo que no entra del aeropuerto de Panamá. Debo hacer llamadas, editar un pronunciamiento, ver el chat, entrevista por Skype con un noticiero. Los chats hierven. Chequeo el Twitter, Facebook. Más problemas, chats, llamadas que no contesto. No leo, no veo películas. ‘Hasta mañana, mamá’, escuchó desde el otro cuarto. Sigo con el celular prendido. Son las 2:30 a. m. y solo los gatos me acompañan”, relata Rocío Silva Santisteban.

Con todo, el coronavirus está cambiando nuestras costumbres.

PANDEMÓNIUM

Por Óscar Colchado Lucio

Llegó de la noche a la mañana, entre lluvias y huaycos en los Andes y cabalgando en el ardiente verano de la costa.

Esta vez el enemigo no usaba misiles o drones para hacer estallar bombas. Era −es− un ser invisible llamado coronavirus, más letal que una bomba atómica. Así lo atestiguan miles de muertos en el mundo, quizás un virus como el que atacó a los florentinos en el siglo XIV y que Bocaccio lo registra en El Decamerón. O, más acá, La peste, de Camus.

A Perú llegó prendido en la risa de los alegres turistas que llegaron por decenas en aviones fletados que no sabían que traían la muerte en sus entrañas.

Este virus tiene la puntería puesta en los más débiles, en los más vulnerables. ¿Es un designio divino? ¿Es producto de mentes desquiciadas? En todo caso, ¿no es un boomerang para estos últimos?

Ojalá sea un designio divino que nos ayude a repensar el mundo, nos vuelvan más humanos, más solidarios y recomponga la naturaleza.