Mi nombre es Rachel Corrie

“Sus textos exudan rabia, miedo, desconcierto e impotencia. Pero, sobre todo, inspiran, motivan, alientan”

Pedro Salinas
12 Feb 2020 | 5:17 h

Con el Teatro La Plaza no hay pierde. Pues en ese pequeño y cálido local, siempre atiborrado de público ávido y joven, ubicado en un sótano de Larcomar, uno no deja de estremecerse. Me volvió a pasar hace unos días con Mi nombre es Rachel Corrie, una obra que va a la yugular.

Se trata de un monólogo de Gisela Ponce de León, que dirige Nishme Súmar, a propósito de un tópico vigente que es abordado sin prejuicios y con mucho talento. El espectáculo fluye sin parar a lo largo de una hora y veinte minutos, sin fisuras, sin tropiezos, sin respiro. Está hecho a base de correos electrónicos y apuntes y retazos escritos por la joven activista norteamericana Rachel Corrie, quien le escribe a su familia desde Rafah, en la Franja de Gaza.

“Para cualquier persona no cegada por el fanatismo, el testimonio de Rachel Corrie sobre una de las más grandes injusticias de la historia moderna –la condición de los hombres y mujeres en los campos de refugiados palestinos, donde la vida es una pura agonía– es, al mismo tiempo que sobrecogedor, un testimonio de humanidad y de compasión que llega al alma (o como se llame ese residuo de decencia que todos albergamos). Para quienes hemos visto de cerca ese horror, la voz de Rachel Corrie es un cuchillo que nos abre una llaga y nos remueve”, escribió Mario Vargas Llosa en el 2006, cuando vio la pieza teatral en Nueva York.

Rachel murió a los veintitrés años, en marzo del 2003, aplastada por un bulldozer Caterpillar D-9, del ejército israelí, diseñado para demoler casas, cuando se interpuso para evitar que tiraran abajo la vivienda de un pobre médico palestino. La joven activista estadounidense fue arrollada sin piedad y su cráneo aplastado.

Sus textos exudan rabia, miedo, desconcierto e impotencia. Pero, sobre todo, inspiran, motivan, alientan. “No puedo creer que esto esté pasando, y nadie se indigne”, dice Rachel Corrie con la voz de Gisela Ponce de León. Y añade: “Esto tiene que terminar. Tenemos que abandonar todo lo otro y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto se termine”. Lo terrible es que Rachel dio su vida por dicha causa y la injusticia se perpetúa hasta el día de hoy.

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