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Javier Pérez de Cuéllar: “Yo escribía desde muy joven: eran tontos poemas de amor”

Entrevista al abogado y político peruano Javier Pérez de Cuéllar. Publicación de archivo 2014.

Javier Pérez de Cuellar. Foto: Musuk Nolte | Archivo 2014
Javier Pérez de Cuellar. Foto: Musuk Nolte | Archivo 2014
Emilio Camacho

El embajador de 100 años que ha decidido escribir novelas tiene un solo libro en su mesa de trabajo: Cien Años de Soledad. Detrás de su sillón está una foto en la que aparece estrechando la mano del papa Juan Pablo II y a su derecha, sobre una pequeña columna, un revólver al que le han hecho un nudo con su propio cañón, una reproducción de la escultura No Violencia del artista sueco Carl Frederik. Unos pasos más adelante se pueden ver varios anaqueles nutridos de libros de derecho, una lámpara de brazo flexible, y la bibliografía completa de Mario Vargas Llosa.

Javier Pérez de Cuellar ha elegido este discreto lugar de su residencia, poco iluminado, para forzar su memoria y concluir su segunda novela. Es un trabajo duro. Por ratos, los recuerdos lo abandonan. Piensa en escenarios de Chancay, donde pasó parte de su adolescencia. Dice que esta segunda obra sí recupera sus vivencias, y luego procura evocar a familiares y amigos que ya no están, para retenerlos una vez más, para crear.

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¿Cuánto han influido en su vida las mujeres empoderadas, las que llevan una gran responsabilidad a cuestas?

Bueno, creo que solo una pudo influir. Pero, por qué lo dice, ¿se refiere a la capacidad intelectual de alguna mujer?

Es que usted, de niño, fue criado por su tía Elvira, cuñada de su padre, y siento que hay mucho de ella en Clemencia de Andagoya, el personaje principal de su primera novela: Los Andagoya.

Sí, es lo que me dicen. Yo no lo recordaba. Pero ella no era tan intensa como Clemencia. Quizá pueda ser una callada inspiración, pero todos los demás personajes no se parecen a nadie, son todos inventados por mí. Es como cuando me preguntan, por qué la novela ocurre en Barranco.

¿Y por qué ocurre allí?

No lo sé. Se me ocurrió. No es que yo viviera o fuera mucho a Barranco, salvo cuando iba a visitar a mi amigo Mario Vargas Llosa. Yo he ido a Barranco más por razones artísticas, a museos.

Estaba leyendo un poco de sus memorias y vi que estuvo a punto de sacar el bachillerato en la Facultad de Letras de la Universidad Católica, pero no pudo por sus responsabilidades en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Sin embargo, usted ya había elegido el tema de su tesis: Las mujeres del Quijote, ¿qué cosa tan fascinante vio en ellas?

Bueno, yo hice mis estudios de Letras en la Católica y de allí pasé a derecho, y yo había leído mucho a Cervantes, al Quijote y a sus Novelas Ejemplares. Y yo tengo como una cosa natural la admiración por las mujeres, en cualquier sentido. En jóvenes o mayores. Por las primeras hay una normal atracción y por las segundas un respeto muy fuerte.

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Entiendo, pudo pasar que usted se sintiera encandilado por la descripción que Cervantes hacía de Dulcinea del Toboso.

Sí, es posible, aunque hace mucho tiempo que no reviso a Cervantes. Pero esos son personajes. Yo mismo me pregunto de dónde saqué a los míos, a los de esta novela (Los Andagoya). Son unos cinco o seis, ya no tengo el recuerdo. Pienso en Clemencia, en su padre que era un militar, en el origen de la familia que era de una provincia, en la hija de Clemencia, que aparece a la mitad de la novela. La escribí poco a poco, en ese sillón que está al frente (señala su mesa de trabajo). Me acordaba de la novela, y surgían los personajes, pero no siento que haya tenido una inspiración particular para crearlos.

En sus memorias también cuenta que escribió una primera novela que terminó destruyendo, ¿por qué lo hizo?, ¿era tan terrible?

No, simplemente no me gustaba, no tuve la perseverancia para que fuera una novela como la que he publicado ahora.

¿Y cuándo empezó a escribir Los Andagoya? Leí que usted escribió una segunda novela cuando se desempeñaba como Secretario General de la ONU, y no sé si es esta misma, la que acaba de publicar.

Mire, usted me hace una muy buena pregunta. No recuerdo en qué momento me embarqué en esta novela. Ahora, quizá sí pueda decir algo sobre mis influencias. Yo leí mucha literatura española, pero un poco más de literatura francesa, soy francófono y viví muchos años en París. Puede ser que hubiera un poco de influencia allí, aunque mi novela es ligera, no deja una lección. Quiero decirle algo más, tengo una segunda novela, la estoy preparando...

Una novela que ocurre en Chancay.

Sí, (se sorprende), cómo sabe usted eso...

Se lo dijo hace una semana a El Comercio...

Sí, sí. Es interesante porque cuando yo era muy joven, mi familia tenía una casa en Chancay, que tenía un huerto y todo era muy simpático. Recuerdo esta casa y a una farmacia que había en el lugar. De esta farmacia surge una historia, la de la hija que tuvo el dueño de este local con una sirvienta. Y, bueno, no quiero adelantar más. No sé qué dirán de esta (nueva) novela, van a pensar que es una cosa anticatólica.

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¿Cuánto tiempo del día dedica a escribir?

Bueno, no olvide que tengo 94 años y en enero cumplo 95, tengo algunos vacíos en la memoria. Mi segunda novela ya está terminada, pero para publicarla tendría que corregirla, hay que ver algunos personajes que son fruto de mis recuerdos, aquí sí hay mucho de mis recuerdos.

¿Y por qué arriesgarse a publicar a los 94 años?

No sé. La novela estaba hecha. Tengo muchas cosas listas a las que llamo prosa lírica, que son recuerdos de lo que viví a lo largo de los años, en tantas partes del mundo. Tengo también poesía. Pero yo soy muy autocrítico con lo que escribo, muy exigente.

Y si la escritura en la que usted se ha embarcado depende de sus recuerdos, que a veces le son ingratos, ¿no termina siendo un ejercicio muy complicado todo esto de escribir?

Bueno, es que todas estas cosas las he escrito a lo largo de mi vida. Y a veces reviso mis papeles antiguos para ver si hay algo allí que merece ser extraído del conjunto y pulido. Entenderá que a mi edad no puedo hacer planes a largo plazo. También tengo amigos que me ayudan a discriminar de entre esos escritos.

Siento que usted piensa no en uno sino en dos libros más.

Podrían ser dos libros. Pero, dada la edad que tengo es un poco optimista eso.

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Ninguna gripe es memorable, pero aquella lo fue. El niño que sería Secretario General de la Organización de Naciones Unidas tenía ocho años. Las tías que lo criaban llamaron a un médico español que les dijo que la cosa no era tan seria y que pasaría rápido. Antes de despedirse, el doctor pidió que le dejaran mirar las líneas de la mano del pequeño, porque sabía leer la fortuna. “Este niño tendrá muy buena suerte toda su vida, viajará mucho, tendrá bastante dinero y mucho éxito con las chicas”, concluyó el español. Javier Pérez de Cuéllar sonríe discretamente cuando le recuerdo ese episodio, sorprendido. Le causa gracia rememorar ese prematuro pronóstico de lo que ha sido su intensa existencia.

Hablemos de su experiencia como Secretario General de la ONU. En sus memorias cuenta que procuraba hacer algunos escritos o poemas en medio de crisis como la de El Salvador, Las Malvinas o la guerra entre Irán e Irak, ¿cómo podía encontrar un momento de calma en medio de tales acontecimientos?

Bueno, yo siempre tuve la serenidad de distinguir lo obligatorio o, mejor, dicho, lo que me obligaban a hacer como Secretario General y lo que yo hacía, tal vez, para liberarme de esa presión. Yo estuve en Naciones Unidas 12 años, y, bueno, me encariñé con la institución.Conocí una serie de personajes, pero ninguno era aficionado a la literatura.

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Salvo, creo, el presidente (Francois) Miterrand, de Francia.

Sí, con él tenía una buena relación. Me regaló la primera traducción al francés de Don Quijote de la Mancha.

¿Qué recuerda de otros líderes? Por ejemplo de la primera ministra británica Margaret Thatcher, usted ha confesado ser admirador de ella.

Sí, era una mujer admirable. Mire, yo era un negociador, un diplomático que trataba de encontrar una salida jurídica a los conflictos internacionales, pero al mismo tiempo justa. Eso me parece fundamental en la actividad y personalidad de un diplomático. Eso es lo que fui yo: un negociador de soluciones justas y pacíficas.

Eso es fácil de decir pero difícil de hacer.

Sí.

Me lo imagino a usted, cuando estalló la crisis de Las Malvinas, lleno de un afecto profundo por Argentina, pero sin herramientas para acabar con la guerra por la falta de cooperación de la Junta Militar.

Yo mandé a un emisario, peruano además, a hablar con los argentinos para ver si se encontraba una solución, inclusive ese mismo emisario llegó a hablar con el Papa. Pero, bueno, regresó con las manos vacías. Fue el intento de Naciones Unidas para darle una solución pacífica y justa a ese tema.

¿Y hay algún líder que le dejara una sensación poco grata después de conversar con él?

Uff... Desgraciadamente fueron muchos.

¿Quiénes? ¿Quizá (Nicolae) Ceausescu (dictador en Rumania) o los tiranos de África?

El África siempre fue difícil, pero también había una especie de reconocimiento de que Naciones Unidas era algo extraordinario y de que yo solo era un mensajero. Eso me hace acordar de una vez en que yo estaba en un acto oficial en África, no recuerdo el país. De pronto sale de entre la muchedumbre un hombre vestido de blanco que se dirige hacia mí. Se puede imaginar el susto de la gente. Decían: “Cómo van a matar al secretario general en nuestro país”. Pero no, él solo venía a besarme en la mejilla.

¿Fue el momento en que se sintió en mayor peligro físico?

Sí, claro. El hombre estaba muy cerca de mí. Imagínese lo fácil que era matar al secretario general en esa época. También tuve problemas difíciles en América Central, pero me acompañaron siempre muy buenos colaboradores, algunos peruanos, no porque eran mis compatriotas sino porque eran capaces. El secretario general no puede ser un solitario, debe ser un hombre que debe tratar de encontrar consejo y ayuda. Otro de los conflictos interminables era el israelí-palestino. Allí también tuve un buen colaborador, un embajador hindú. Lo bueno es que su país, la India, no tenía ningún problema. Y eso me llevó a conocer a otra lideresa admirable: Indira Gandhi, primera ministra de la India. Tanto Margaret Thatcher como Indira Gandhi eran muy equilibradas, negociar con ambas era muy satisfactorio.

Son las dos lideresas que más ha admirado.

Sí. Desgraciadamente a Indira Gandhi la asesinaron, sus propios guardianes le dispararon.

¿Cómo fue su relación con los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU?

Bueno, siempre tuve el apoyo de la China. De los cinco miembros permanentes, ellos siempre colaboraron conmigo.

¿Y con cuál de los otros cuatro miembros permanentes tuvo problemas? Se me ocurre que fueron Francia y Estados Unidos.

Fueron Francia e Inglaterra, y eso es porque tenían problemas abiertos. Ahora, ellos (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad) ya me habían elegido (en 1979) como secretario general adjunto, antes de ser secretario general de la ONU. Pero poco después renuncié y volví a Lima. Estando aquí, (en 1981) un embajador español me llama y me anuncia que había sido nombrado secretario general.

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Aquello debió ser una reivindicación para usted. Antes de que fuera nombrado secretario general, el Congreso había rechazado su designación como embajador en Brasil.

Claro. Una vez, en un almuerzo al que me invitó el ministro de Relaciones Exteriores, me encontré a la salida con uno de los senadores que había votado contra mí. Y sabe qué es lo que me dijo: “Agradézcame, que gracias a nuestro rechazo, usted es Secretario General de la ONU”. Era un descarado (se ríe).

Lo importante es que el presidente Fernando Belaunde lo respaldaba.

Claro, me defendió de sus propios partidarios que tenían mayoría en el Parlamento.

¿Y por qué tenía usted este tipo de enemigos?

Me explicaron que era un tema personal, una antipatía que no entendía. Lo importante es que el Presidente no hizo caso.

¿Le volvió a ocurrir una cosa parecida en el Perú?

Nunca más.

Quiero volver a sus memorias. Para explicar su retiro de la vida diplomática (en 2004) usted usó una metáfora musical. La voy a leer: “Me hallaba como un viejo pianista que tuviera que interpretar su partitura preferida, aquella que siempre ha ejecutado con emoción, y que de pronto sintiese hondamente que le falta ese impulso, ese aliento, esa inspiración”. ¿Ha encontrado esa inspiración en la literatura?

Sí. Yo desde joven ya escribía, eran poemas tontos de amor, porque me había enamorado de la hermana de un compañero mío. De manera que siempre me interesó mucho la literatura, sin dejar de poner de lado el derecho, que fue en lo que me gradué.

Cuando usted tenía ocho años recibió la visita de un médico que le pronosticó que viajaría mucho, tendría mucho dinero y éxito con las chicas, ¿cuánto de todo eso se cumplió?

Casi todo (se ríe). Aunque con las chicas no me fue tan bien. Mire, y no lo digo por humildad, yo siempre pienso que le debo mucho a la suerte. No es que yo fuera un genio o cosa por estilo, pero siempre tuve buena suerte. Y ella me ha llevado de la mano por donde estuve.

Dos preguntas más. ¿Qué piensa del presidente Humala?

Yo estoy completamente alejado de la política. Cuando yo era embajador en Francia, el presidente Humala era agregado militar, yo era su jefe. Siempre me dio la impresión de que era un hombre muy reservado. Siempre tuvo una posición sumamente discreta.

¿Cree que ese es el rasgo que más define su gobierno?

Esa debe ser su principal característica.

¿Irá a votar este domingo?

No.

Ya se ganó el derecho a abstenerse.

Por mi edad. Pero, mire, yo soy amigo personal de la alcaldesa, ya voté por ella la primera vez. Y yo no salgo así nomás a la calle. Tengo una lesión en la rodilla. Eso de salir y decir “denme una silla para sentarme” no me gusta. No voy a ceremonias. Además, en muchas de las invitaciones hay cierta frivolidad. Y ¿por qué debo aparecer yo como un viejo inútil?, prefiero dedicarme a esto, a escribir.