José Miguel Oviedo, ha muerto un demiurgo

Felino. José Miguel Oviedo en una cita de gatomaquia, para hablar de sus memorias, en la librería El Virrey, en Lima, 2014.

Homenaje. El escritor y crítico literario peruano, autor de una obra erudita, rigurosa y polémica, falleció ayer en Filadelfia a los 85 años de edad.

Pedro Escribano
20 Dic 2019 | 5:37 h

Ha caído un poco de sombra sobre la literatura hispanoamericana. El escritor y crítico literario José Miguel Oviedo, crítico de fuste de la generación del 50, murió ayer en Filadelfia, a los 85 años de edad. Según ha trascendido, sus pulmones no dieron más. A propósito, como pocos críticos en nuestro país, sus trabajos dieron aliento a generaciones sucesivas de escritores. En ese sentido, quizá basta citar que José Miguel Oviedo fue el primer crítico que le dedicó un estudio a la obra de Mario Vargas Llosa, quien fuera compañero de carpeta en el Colegio Lasalle. Ese ensayo primigenio se titula Mario Vargas Llosa. La invención de una realidad (1970). Y no solo eso, también fue él quien le puso el título La ciudad y los perros a la novela de su amigo. Testimonios sobre esa amistad se lee en su libro Dossier Vargas Llosa, que ambos presentaron en la Casona de San Marcos.

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Severo, querido, denostado, sobre todo temido, José Miguel Oviedo ejerció la crítica con inteligencia, pero también con pasión que no pocas veces lo llevó a polémicas e incluso a equivocaciones que, con los años, a algunas supo reconocerlas, como la dirigida al poeta Alejandro Romualdo. Premunido de una erudición, manejó un aparato crítico que aplicó con rigor propiamente en todos los géneros literarios.

En el campo de la crítica ha dejado trabajos, entre ellos Genio y figura de Ricardo Palma, Breve historia del ensayo hispanoamericano, César Vallejo y su monumental Historia de la literatura hispanoamericana, en cuatro volúmenes. En ficción, La vida maravillosa, Cuadernos imaginarios y La última fiesta.

El comienzo

José Miguel Oviedo Chamarro nació en Lima, en 1934. Estudió en la Universidad Católica y se doctoró en Literatura en 1961. Además de ejercer la cátedra en la PUCP, comenzó, juicio en ristre, a abordar las obras literarias. Asimismo, asumió la dirección de la Casa de la Cultura del Perú a principios de los años 70. Después migró a los EEUU y fue profesor universitario en distintas universidades, entre ella la U. Pensilvania.

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Ejerció la crítica desde las páginas de El Dominical, suplemento del diario El Comercio. Su columna de crítica, “Las peras del olmo”, era prácticamente una espada de Damocles sobre los libros que aparecían. Su destino dependía del juicio positivo o negativo del crítico.

No hace mucho, en una entrevista, le preguntamos si había sido, como decían, el crítico de una élite.

“Mira -nos respondió-, yo comentaba los libros que llegaban a mi mesa, que los escritores me mandaban (...). Yo trataba de cubrir todos esos ámbitos literarios del mejor modo que podía, cometiendo errores de los cuales evidentemente no era consciente, sino no los hubiese cometido. ¿Es eso una demostración de que yo era un elitista? Modestamente creo que no. Por cierto tenía amigos, pero a veces me peleaba con ellos por un comentario y, a veces, a gente que estaba muy lejos de mí, por razones ideológicas, políticas, lo que fuese, les hacía un comentario favorable, sin que ellos hiciesen ningún gesto de agradecimiento. Si eso es ser un crítico elitista, pues no sé qué podría haber hecho de manera distinta, cómo podría haber evitado esa crítica (...)”.

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Muchos de sus pareceres sobre su trabajo crítico está en su libro Una locura razonable. Memorias de un crítico literario.

“Yo no me considero exactamente un crítico académico -me dijo en otra entrevista-. Soy algo más o algo menos que un crítico académico. Pero lo académico para mí es una parte entre otras. En mis inicios, te diré, lo que más me impulsó a convertirme en crítico fue el azar, o tal vez un vacío. O el vacío convertido en azar. La crítica no es un género muy popular. Yo leía bastante y descubrí que el mejor modo de entender un libro es escribir sobre él”.

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Ahora ha muerto en Filadelfia. Y bien vale citar otra de sus respuestas: “Yo estoy muy feliz de haber vivido en los años 60 esa eclosión de la novela, aunque no solo de la novela. Cuando era un joven, he sido testigo de muchas vidas importantes y muchos acontecimientos”.

Entonces, sí ha caído sombra sobre la literatura hispanoamericana.

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