El amauta. José María Arguedas. La fotografía fue tomada en el antiguo hotel Los Ángeles, Chaclacayo, en 1968.

José María Arguedas: ¡Kachkaniraqmi!

Homenaje. La frase es del autor de Los ríos profundos y significa “Sigo siendo”. El escritor se suicidó hace 50 años. La presente crónica narra cómo en el 2004 los andahuaylinos exhumaron sus restos y clandestinamente los trasladaron a su pueblo.

Pedro Escribano
01 Dic 2019 | 6:18 h

Todo estaba previsto. Las coordinaciones entre Lima y Andahuaylas habían funcionado con mecanismo de reloj. Los restos mortales de José María Arguedas iban a ser trasladados en completa reserva desde el cementerio El Ángel, de Lima, hacia Andahuaylas, su tierra natal. Y así ocurrió entre junio y julio del 2004.

El objetivo estaba trazado. José María tenía que “volver” a los Andes en una ruta de homenajes y ceremonias de pueblo en pueblo. Para ello se nombraron dos comisiones. En Andahuaylas, el profesor y escritor Luis Rivas y el pintor Alejandro Galindo, los únicos que sabían del traslado, ruta y llegada del féretro del escritor. En Lima, el ingeniero Marcial Gutiérrez Ludeña, entonces presidente del Club Provincial de Andahuaylas.

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No sabemos cómo ni quiénes incubaron la idea de exhumar y trasladar el cuerpo del autor de Los ríos profundos, pero lo cierto es que las comisiones trabajaron en silencio, por no decir en secreto. Habían hecho los trámites pertinentes ante la Sociedad de Beneficencia de Lima, que administra el cementerio El Ángel. Sybila Arredondo, viuda del escritor, al conocer el proyecto, se opuso desde Santiago de Chile, en donde reside después de haber cumplido en Perú una pena carcelaria, acusada de subversiva. Sin embargo, el trámite prosiguió y fue Nelly Arguedas, hermana de José María, quien solicitó la exhumación y traslado, que se autorizó mediante resolución del 17 de junio del 2004.

Según Manuel Molina, abogado andahuaylino y quien formaba parte de la comisión limeña, días tras días iban a la Beneficencia a pedir –rogar– la autorización de exhumación y siempre les decían que iba a demorar.

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“Quien solucionó ese problema fue el talaverino César Quintana, pues era el encargado de los trámites. Un día llegó cerca de las 12 a la Beneficencia y, como siempre, el empleado le dijo: ‘sí, señor, todo está en camino, va a demorar’. Quintana, insistió, pero nada, entonces era la hora del almuerzo, lo tentó: ‘señor, ¿un cevichito?’”.

El empleado sonrió. Mirando a su compañero de oficina, le respondió: “¿Pueden ser dos?”.

El talaverino salió de la Beneficencia con la resolución.

Se hizo humo

La exhumación del cuerpo de José María Arguedas se realizó el viernes 25 de junio, el mismo día en que los restos de Jorge Basadre, con todo el protocolo del gobierno y cobertura de la prensa, fueron trasladados a Tacna, su tierra, en donde su casa había sido convertida en museo.

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Nadie se dio cuenta de que un piquete de hombres extraía los restos del escritor, y quienes se percataron habrían dicho “un grupo de paisanos está recordando a su muerto”.

Pero como en Lima todo se sabe, la noticia del desentierro del escritor corrió por las redacciones de la radio y televisión. Los arguedianos, los estudiosos de sus obras, alzaron su voz de protesta e indignación. Ante esa alerta, el cuerpo del autor de Todas las sangres se hizo humo. Durante tres días, nadie supo de su paradero.

–“Han secuestrado al escritor” –decían los arguedianos.

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“Después de ser exhumado –dice Galindo–, como cualquier ciudadano inocente y humilde, con orden de detención, Arguedas tuvo que pasar a la clandestinidad por culpa de los supuestos amigos arguedianos porque fueron ellos quienes alertaron a los medios de comunicación y a la policía”.

Pero fue Marcial Gutiérrez quien vio la manera de poner los restos a buen recaudo.

“Tuvimos que esconderlo. No solo la prensa estaba tras ellos, sino también la Fiscalía. Hubo una organización política –recuerde, era tiempo de terrorismo– que quiso apoyarnos en el traslado. Pero no, yo no confiaba en nadie, solo en familiares. Lo tuvimos oculto en varios lugares en Lima”, narra Gutiérrez.

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Con la prensa y la policía encima, allí se terminó el plan secreto. Los andahuaylinos habían trazado toda una ruta de retorno del cuerpo del escritor. Primero iba a llegar a Ica, luego a Puquio, Abancay, seguir a Cusco y bajar por Sicuani, hasta llegar a Andahuaylas. Es decir, una peregrinación de homenaje de pueblo en pueblo. Pero ante el aviso de los medios, la policía civil y la policía judicial, el cuerpo de Arguedas literalmente desapareció tres días en Lima. Había quienes especulaban que se hallaba en una clínica, otros que lo habían escondido en la casa de un paisano. Es entonces que se habló de un secuestro. También se decía que ya no estaba en Lima, que lo habían enviado a su tierra como una encomienda, en la bodega de un viejo ómnibus interprovincial y que eso era un vejamen al gran escritor.

“Ante el acoso de la prensa y la persecución de la policía y el Poder Judicial, tuvimos que inventarnos estrategias para proteger y trasladar el cuerpo de José María”, explica Alejandro Galindo.

Efectivamente. Para despistar a la policía civil y judicial, la comisión de andahuaylinos en Lima compró pasajes para distintos días, en ómnibus interprovinciales, colectivos y, naturalmente, por avión.

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Esto enloqueció un poco a la policía. Cuando iban a una empresa de transporte interprovincial, figuraba el boleto, pero el pasajero no estaba en ningún lado. Ese asiento iba vacío. Corrían a otra empresa de transporte y ocurría lo mismo. Revisaban las encomiendas en las bodegas de los ómnibus, y nada.

Con todo, Arguedas “logró” burlar los controles de las salidas de Lima. No se sabe cómo lo hizo. Entre tanto, la policía ya había tomado otras medidas. Carreteras y caminos de acceso a Andahuaylas estaban siendo vigilados y la orden tajante era que Arguedas y sus acompañantes debían ser detenidos y devueltos a Lima. “El féretro salió en un carro normal hasta medio camino y de allí, para subir a la puna, se hizo un trasbordo a una camioneta station wagon color verde”, refiere Galindo.

La llegada

En Andahuaylas, Lucho Rivas ya sabía la hora, 4 p.m., y la carretera, la menos transitada, por donde ingresaría el féretro de Arguedas. Cuando se acercaba al puente, lugar de paso obligado de los carros, divisó a un patrullero estacionado. Era la orden de vigilancia y arresto impartida por la policía desde Lima.

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“Pensé que hasta allí habíamos llegado, que en la puerta del horno, como dice Vallejo, se nos quemaría el pan. De todas maneras, me acerqué para ver a los policías y ver también qué podía hacer”, cuenta Lucho Rivas.

Cuánta sería la sorpresa de Rivas cuando vio que uno de los policías era un exalumno suyo, quien, al reconocerlo, saludó con efusión a su viejo maestro. Le dijo que estaba allí por el caso Arguedas.

A Rivas no le quedó otra cosa que confesarle que él también estaba allí por lo mismo, que era parte de la comisión de recibimiento del escritor.

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“Mi alumno me dijo ‘ah, bueno, profe, sabe, nosotros no hemos almorzado todavía, así que nos vamos a comer. Volvemos en un rato’. Y me dejaron solo. Así pasó el cuerpo de Arguedas, libre, hacia Andahuaylas”, narra Rivas.

La station wagon avanzó hasta las cercanías de la ciudad. Para Rivas, Arguedas no podía ingresar en silencio. No habían previsto cómo anunciar desde lejos a la población sobre el arribo del escritor. Por eso ordenó detener la camioneta a medio camino. Recordó que en la estación de bomberos otro exalumno tenía un cargo, así que bajó y se fue en su búsqueda.

–No faltaba más, acompañamos a Arguedas, profesor –le respondió lleno de buena voluntad su discípulo.

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Sin pérdida de tiempo, el bombero ordenó la salida de unidades con sus respectivas sirenas más una ambulancia que, como casi nunca lo hacen, salieron en completo silencio de la ciudad.

Eran las 5 y 40 de la tarde del día 30 de junio del 2004 cuando la población empezó a escuchar a lo lejos el ulular de las sirenas. Nadie sabía qué pasaba. La gente salía de sus casas. Se miraban entre sí. Lucho Rivas se había quedado en la ciudad para hacer la recepción, sobre todo para confeccionar una banderola y colocarla en la plaza. Bueno, esa era la idea. Estaba junto a Liceo Truyente Aréstegui, periodista y corresponsal de Radio Programas del Perú en Andahuaylas, que había ido a buscarlo para informarse. Pues en Lima ya se conocía que Arguedas estaba por llegar a Andahuaylas.

Y justo, mientras conversaban del plan de la banderola, ingresó la llamada de José María “Chema” Salcedo desde los micrófonos de RPP.

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“De Lima le preguntaban cuánto de verdad era que Arguedas ya había llegado a Andahuaylas y cuál era la reacción de la gente. Truyente, adoptando un realismo total, transmite que Andahuaylas está de fiesta, que la población ha salido a las calles y que en la plaza la gente ha puesto una gran banderola en la que se lee tal cosa. Pero en esa hora aún no había nada. La banderola recién se puso hora y media después”, cuenta Rivas.

El cuerpo ingresó por el lado de Talavera. Cada vez el ulular de la sirena era más intenso. Cuando la gente se enteró de que era el cuerpo de Arguedas, recién ocurrió lo que dijo Truyente. Andahuaylas se convirtió en una fiesta. La policía ya se había alertado, pero no pudo hacer nada, solo custodiar la gran procesión. El féretro del escritor paseó en hombros por las principales calles de la ciudad como si fuera de un santo, para luego llevarlo a la alcaldía en donde se había instalado una capilla ardiente.

“Ordené que la retiraran y en su lugar pusieran retamas y ponchos de nogal. No pasó ni media hora cuando el salón de velatorio se llenó de retamas y aromas y ponchos. Y empezaron a llegar las ofrendas florales, pero también ofrendas de comidas: cancha y queso, chicha, mote, papas, que eran puestos debajo del pequeño féretro”, recuerda Galindo.

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Retorno al vientre

–Desde esa noche –agrega–, Lucho Rivas y yo cuidamos el cuerpo, sobre todo de noche porque el excongresista Edgard Villanueva no estaba de acuerdo con el traslado de Arguedas y amenazó con entregarlo a la policía.

“Cuando ya no había nadie, nos llevábamos el pequeño ataúd al municipio. El alcalde de entonces, Julio Huaraca, nos había dado un cuarto especial con doble cerradura”, cuenta Galindo.

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Lo que siguió nosotros lo hemos visto. Yo por el diario La República y Raúl Cachay, por El Comercio, fuimos testigos presenciales del velacuy (velorio) de los cinco días al escritor. La alcaldía se convirtió en un centro de peregrinación. No solo llegaban escolares de la ciudad, sino también de pueblos aledaños. Asimismo, comuneros de distintos parajes llegaban bailando, cantando al taita Arguedas. Formaban una larga cola, mismo amaru, para ingresar y dejar sus presentes. Hemos visto cómo niños y niñas, maktillos, con sus rostros rosaditos y agrietados, bailaban y cantaban como quien despide en la hora final a un ser querido. Arguedas era su taita. Esos cantos y bailes eran incesantes.

Hasta ahora lo recordamos. Durante los cuatro días que estuvimos allí, hasta el entierro del escritor, al pie de su féretro había un hombre flaco, de 50 años más o menos, que tocaba arpa día y noche. Si dormía, seguro que lo hacía mientras nosotros tomábamos desayuno porque a nuestra vuelta, ya estaba allí, tocando y cantando hermosos toriles. Y claro, a su lado siempre una botellita de aguardiente, que era, sin duda, su mejor combustible.

Dijo que era de las alturas de Pampachiri, pero que trabajaba en Andahuaylas vendiendo churros. Se había emocionado de ver tanta gente tras un cajón y luego de enterarse de que era Arguedas, el taita, dejó todo para venir a cantarle. No lo había leído, pero sentía que se trataba de un hombre grande y que él estaba allí para regalarle toriles.

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Arguedas fue enterrado el 5 de julio. Antes de ser llevado a su tumba, en una fuente en la avenida Martinelli, fue paseado por las calles de la ciudad con cánticos y vítores. “El Amauta está 3 metros bajo tierra en un nicho de piedra –dice Alejandro Galindo–. Como temíamos que se lo lleven, sobre ese nicho pusimos dos rocas de casi mil kilos cada una. Sobre esas rocas es que se ha edificado el mausoleo que todos pueden ver”.

Así Andahuaylas despedía a su hijo. De Lima habían llegado, además de Nelly Arguedas y familiares directos, dos grandes músicos, amigos entrañables del escritor: el charanguista Jaime Guardia y el violinista Máximo Damián.

Con la música de sus amigos, José María Arguedas volvió al vientre de su tierra, la pachamama. En la piedra de su tumba, inscrito en bajo relieve, se lee jubilosamente: “Yactaypiñan kachkani” (Ya estoy en mi pueblo).