Libro póstumo rescata el rostro antiguo de Lima

Visión. La fotografía corresponde a la oficina Hermanos Maspero, Plazuela de la Recoleta-Colección Anna Maspero.

Urbanismo. El Fondo Editorial de la Municipalidad de Lima presenta hoy el libro Las viejas calles de Lima del historiador chalaco Juan Bromley Seminario.

Pedro Escribano
28 Nov 2019 | 6:16 h

El libro describe el rostro de Lima antigua. Un rostro que, siendo del pasado, paradójicamente también es del presente. El Fondo Editorial de la Municipalidad de Lima hoy presenta el libro Las viejas calles de Lima, de Juan Bromley Seminario. Un libro que desanda los nombres antiguos de las calles de nuestra ciudad, sus tradiciones y sus costumbres, sus plazas parques, alamedas, paseos y mercados de la Lima colonial, sus edificios emblemáticos, la memoria de personajes y sucesos. En suma, nos devuelve el alma vieja de nuestra ciudad.

La ceremonia de presentación se realizará en el Teatro Municipal, con los comentarios de Carlota Casalino, David Pino y Pablo C. Herrera. La cita es a las 7:30 p.m.

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La obra es una publicación póstuma de Juan Bromley Seminario (Callao, 2 de setiembre de 1894 – Lima, 31 de mayo de 1968), un apasionado de Lima quien, además de trabajar en 17 gobiernos municipales, se dedicó a investigar urbanísticamente nuestra ciudad. Se sabe que entre 1964 y 1967 publicó Las viejas calles de Lima en 15 entregas en el Boletín Municipal.

A manera de cereza, aquí un fragmento de su libro: “Plumereros (cuadra 3.ª del jirón Camaná).

En 1613: “Calle frontera de San Agustín, que acabada la de arriba (la de Colchoneros o después Plateros de San Agustín), vuelve a mano derecha para ir a la de las Mantas”.

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En dicho año de 1613 tenía en esta calle Pedro de Villalobos una tienda donde se vendían “frutas de Castilla”, o sea frutas de origen español aclimatadas en Lima.

Esta arteria urbana se llamó después “de los Plumeros” y posteriormente “de los Plumereros” por los comerciantes vendedores de plumas que se establecieron en ella, plumas que se utilizaban –como dice Eguiguren– para adorno de los sombreros de la gente de calidad, para limpiar el polvo de los muebles o para los mullidos colchones de las personas pudientes.

Muy remotamente se establecieron también en esta calle oficiales talabarteros, nombrados igualmente silleros y guarnicioneros, oficios importantes en la época en que las cabalgaduras de los caballeros llevaban ricas y lujosas sillas o montura para los jinetes.

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En la variedad de sus manufacturas, dichos oficiales debían saber hacer: fustes de monturas de varón y de mujer, ya sea a la estradiota, a la francesa o a la romana (...). Para dar una idea aproximada de la suntuosidad de las monturas en el área virreinal, se describe la que la ciudad dio al virrey príncipe de Esquilache cuando entró a Lima. Fue “una silla brida de terciopelo negro de Castilla con cuatro pendientes de cada lado y sus costeras y pateleras y presas y entrepiernas, cabezadas y riendas, clavazón dorada y bellotas de oro de Florencia, gandujado todo, cuajado todo de oro de Florencia, y la silla con cuatro fajas y guardas, y el cojín gandujado; los estribos, freno y espuela, dorados; los flecos y concha de ella de la misma obra de la silla, y de seda lo que no fuese dorado, y las bellotas de oro, lo mismo que la borla y cordón de la almartaja”.

Esta calle que nos ocupa se denominó en cierta época “de la Mesa Redonda”, acaso por la existencia en ella de un mesón o fonda de ese nombre”.

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