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Cultural

Héctor Abad Faciolince: “Mis libros son un ejercicio de mala memoria”

El escritor colombiano fue invitado de la FIL de Lima. Aquí habla de memoria y escritura.

Héctor Abad anunció que su nuevo libro se titula Lo que fue presente. (Foto: Jorge Cerdan)
Héctor Abad anunció que su nuevo libro se titula Lo que fue presente. (Foto: Jorge Cerdan)

Por: Pedro Escribano

Entre la de otros amigos, estuvo en sus manos la posibilidad de reconciliar a Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, en el primer Hay Festival de Cartagena de Indias. Todo estaba coordinado, pero la salud del nobel colombiano frustró el intento. Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) una vez más estuvo en la FIL Lima, entre esa legión de invitados del Universo Vargas Llosa.

Como en visitas anteriores, ya hemos conversado sobre la desgarradora El olvido que seremos, novela sobre su padre, o La oculta, la historia de un pueblo sacudido por la violencia, no le dimos más cuerda al tema. Nos echamos a hablar sobre el oficio de escribir y sus lecturas tempranas.

Usted trabaja la memoria. Cuando un hecho pasa a la memoria, ¿ese hecho ya queda en el terreno de la imaginación?

Creo que yo, más que trabajar con la memoria, trabajo con la mala memoria. Por eso, de alguna manera, yo he sido también un escribano. Yo trato de poner en el papel las cosas muy poco tiempo después de que las vivo, las pienso o que me ocurren, precisamente para tener una especie de memorándum y después me ayuden a recordar. Pero sí, la sola transformación de la memoria o de los hechos en palabras es ya un ejercicio de imaginación.

La memoria “inventa” una realidad...

Al tener yo tan mala memoria, mi desconfianza en la memoria es casi absoluta, mi confusión entre memoria e imaginación es casi total. Yo le hallo muchas ventajas a tener mala memoria, porque así, por ejemplo, soy impune al rencor y cuando vuelvo a una ciudad es como si viniera como una primera vez porque no me acuerdo de nada.

Cuando usted dice tengo mala memoria es como abrir otra ventana para mirar.

Pues sí, yo vivo muy en el presente porque el futuro no lo conocemos. El pasado, no digo que olvido todo, tengo algunos recuerdos, pero son recuerdos muy imprecisos. Entonces, para mí vivir en el pasado es muy difícil. Eso me hace poco rencoroso, pero también poco agradecido. Yo no soy una persona más bien ingrata. Yo quisiera tener una mejor memoria. Tal vez por eso llevaba tantos diarios y el libro que voy a publicar es un libro de diario, para combatir mi mala memoria. Por eso lo que he hecho, mis libros, es un ejercicio de mala memoria.

Nuevo libro, ¿el título?

Se titula Lo que fue presente. Si es un diario, el tema de un diario es uno mismo. Es un diario íntimo. Lo empecé en 1985, tenía 27 años y mi esposa y yo esperábamos a la que sería nuestra hija. Allí empieza el diario. Entonces todavía no habían matado a mi padre, estaba vivo. Yo era un estudiante. El diario termina cuando entrego al editor El olvido que seremos.

¿Y en ese diario debate el dilema de ser o no ser escritor?

Todo el tiempo, ese es el gran debate. Digamos que no hay un debate entre ser escritor. Yo quiero ser escritor, pero el drama es que no consigo ser escritor. Es un diario donde un escritor fracasado escribe que no es capaz de escribir.

Pero a Ud. los hechos íntimos le gatillan la imaginación.

Sí, en el diario también. El diario está recorrido todo el tiempo por mi intimidad. Pero mi editor no quiere que hable del diario porque entonces la gente va a buscarlo en la feria y no lo piden más (risas).

¿Esa zona íntima que algunos han llamado autoficción?

Cuando escribí El olvido que seremos, entre 2004 y 2005, no había ninguna moda de autoficción. Yo lo escribí así, porque así me salió. Y porque había influido mucho en mí otra novela sin ficción, testimonial, de Primo Levi. Testimonios de su experiencia en el campo de Auschwitz. Pero la autificción existe, Confesiones de San Agustín, por ejemplo. La tradición de los diarios es autoficción. Lo que pasa es que hay muchas personas, sobre todo en los siglos anteriores, y todavía las hay, muy celosas de su intimidad. Muchos escritores extremadamente celosos de su intimidad, les gustaba mucho más transmutar su vida privada en hechos ficticios muy difíciles de reconocer. Eso me parece a mí un ejercicio perfectamente legítimo. Yo también lo he hecho en muchas novelas. Vivimos ahora en una época en la que proteger la intimidad es una utopía. Hay cámaras que nos filman. Es imposible salir a la calle sin que no se sepa. Tu celular, Google lo saben. En esta época, la intimidad es una ilusión.

Un catoblepas

Para un escritor, hay territorios de ficción que pueden ser la realidad misma, el acontecer social, pero también hay territorios interiores. ¿En qué territorio usted se ubica?

Una vez Vargas Llosa, que estuvo en Colombia, como generoso que es, habló de dos escritores colombianos. Habló de Juan Gabriel Vásquez, de quien decía que es un escritor que se nutría de la historia, de las realidades. Escribe novelas históricas, sobre acontecimientos y crímenes políticos. Ese es un tipo de escritor. Pero, argüía, hay otro tipo de escritor, los catoblepas, nombre de un animal mitológico. Son los que se van devorando a sí mismos. Él dijo que yo era un catoblepas, porque me voy devorando a mí mismo. Creo que hizo una buena definición tanto de Vásquez como mía.

Vargas Llosa es también un catoblepas...

Sí, pero lo disimula muy bien, ahí La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo. En realidad, él ha podido ser ambos escritores, como Shakespeare, que era capaz de hacerlo todo. Hay algunos que son capaces de ocupar muchos territorios. Pero ahora está muy poco catoblepas, no habla tanto de su vida privada. Ahora se le complica mucho.

¿Cómo ingresó Vargas Llosa a su experiencia literaria?

Muy temprano. Yo debía tener 17 años cuando leí completamente fascinado Conversación en La Catedral. Me pareció un libro muy difícil, porque es técnicamente muy difícil, pero me deslumbró. Para mí fue tan difícil como aprender a nadar, pero cuando aprendí a nadar en ese libro, dije esto es una extraordinaria técnica narrativa, que por muchos motivos me conmovió íntimamente.

¿Tiene una explicación de cómo se hizo escritor?

Creo que hay una mezcla. En mi casa el oficio de escritor era algo respetado. Mi papá era médico y su mejor amigo un poeta de Medellín, conocido en Colombia, Carlos Castro Saavedra. Habían nacido en el mismo pueblo y eran amigos de otro poeta y novelista, Juan Mejía Vallejo. Y, en realidad, mi papá hubiera querido ser escritor, pues escribió cuentos. Pero escogió el destino de médico porque su padre había tenido que abandonar la carrera de medicina, porque su abuelo se había muerto de tifus y no pudo seguir estudiando. De alguna manera, cogió el estandarte e hizo lo que el abuelo no había podido hacer y yo hice lo que mi papá no pudo lograr. Cómo son las cosas, mi hija ahora es cineasta y yo lo que hubiera querido hacer es cine.

“En mi colegio, Cien años de soledad era prohibido”

En el colegio, seguro los libros de Gabo eran biblias. ¿Cómo pudo sacudirse de esa presión? Gabo malogró generaciones de escritores.

Yo estudié en un colegio muy confesional. No eran para nada biblias, Cien años de soledad era un libro prohibido, porque tenía muchas malas palabras, hablaba de adulterio. Yo tuve la fortuna de que los libros de Gabo fueran prohibidos y no canónicos. Entonces, era mucho mejor leerlo escondido que como una tarea. Tuve la suerte de no tener que leer Cien años de soledad como tarea, sino que me lo prohibieran. Y la suerte de que mi papá leyera en voz alta tanto Cien años de soledad como El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca. Entonces, Gabo me entró por la prohibición en el colegio y por los oídos en mi casa.