Miguel Grau y el día que venció a la Gorgona con tan solo nueve años

En el 185 aniversario de su nacimiento, recordamos la primera contienda que el inmortal Almirante libró en el Océano Pacífico, y de la cual por supuesto salió airoso. ¿Y usted, qué hacía a esa edad?

La Republica
Grau Gorgona

Marzo de 1843. Con apenas nueve años, un entonces infante Miguel Grau se embarcó en el bergantín “Tescua” al mando del capitán Manuel Herrera, con quien zarpó hacia el puerto de Huanchaco y posteriormente al puerto de Buenaventura, el más importante de Colombia. Su padre, don Juan Manuel, no veía con buenos ojos esta aventura, que a su edad más parecía una desventura. Pero cedió al capricho.

Llegados a las costas colombianas, el pequeño bergantín sufrió los estragos de una terrible tempestad, acaso menos bravía que los cañonazos que en el futuro contendría con el pecho nuestro héroe en pañales, tras lo cual terminó zozobrando nada menos que en las costas de la archi conocida y temida Isla de la Gorgona, en el Cauca. El sueño de Miguel María parecía convertirse en pesadilla, y su carrera marítima terminar más temprano que tarde.

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Precisamente, esa fue la isla a la que en 1526 llegó el conquistador español Francisco Pizarro durante uno de sus viajes de expedición, y a la que renombró como “Isla de Gorgona” debido a los estragos que provocaron las numerosas serpientes que ahí habitaban a sus Trece del Gallo. Hasta el día de hoy se cuentan por racimos las víboras que penden de los árboles y peñascos con el veneno entre las fauces.


Se dice que la tripulación se volcó a rescatar al pequeño Miguel que aún no había aprendido a nadar con total soltura en las descorazonadas aguas del Caribe, muy para el alivio del capitán Manuel Francisco Herrera que no tendría luego cómo explicarle a su buen amigo Juan Manuel Grau que había perdido a su querido hijo en altamar. ¿Fue buena idea acceder a un viaje de esta envergadura con un niño, como si de un paseo al parque se tratase?

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Lo cierto es que pasada la tormenta, llegaron finalmente a Buenaventura (paradójico el nombre) y desde ahí los remitieron en una embarcación a Paita, Piura, donde se reencontró con su amado padre y el resto de sus hermanos. Contra todo pronóstico, el naufragio no había mellado en lo más mínimo en su espíritu náutico, sino que más bien caló en lo más profundo de su corazón lobezno hasta marcar para siempre el destino del caballerito de los mares.

Pasado el sopor, regresó junto la tripulación que antes lo había rescatado y ahí se quedó hasta convertirse oficialmente en grumete a los 12 años, para luego a los 20 enrolarse en la Marina de Guerra del Perú, y de ser el engreído del “Tescua” pasó a ser el Almirante legendario cuyas correrías en el Huáscar durante la Guerra del Pacífico lo anclaron en la inmortalidad. Sin saberlo, había ganado su primera contienda en el mar.