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Cultural

Gregorio Albarracín: el infernal galope del ‘Centauro de las Vilcas’

El ‘Brujo de los Andes’ no fue el único guerrero legendario que implantó el terror entre las tropas invasoras durante la Guerra del Pacífico. ¿Y usted, seguiría luchando hasta la muerte aún con 60 años encima?

La Republica
Gregorio Albarracín

Así como el nombre de Andrés Avelino Cáceres, el ‘Brujo de los Andes’, tiene un lugar reservado en lo más alto de la historia de nuestro país, existe otro guerrero de igual estampa y sobrenombre legendarios que recorrió las cordilleras peruanas asolando ejércitos enemigos a su paso y dejando en alto la destreza de los estrategas de las serranías.

Gregorio Albarracín, el ‘Centauro de las Vilcas’, fue un imponente coronel tacneño del Ejército Peruano de casi siete pies de altura cuya pericia en las artes de la guerra y la equitación lo llevó a ganar descomunales batallas nada menos que ante tres países enemigos en ese entonces del Perú: Bolivia, España y Chile. ¿Cómo es posible que muy pocos lo conozcan?

De Albarracín se dice mucho. Que era un fantasma, un demonio, que aparecía y desaparecía del campo de batalla y una vez capturado el enemigo lo decapitaba con la inquebrantable hoja de su sable. Que levantaba prisioneros con una sola mano y desde su caballo hacía molinetes en el aire con sus cuerpos antes de lanzarlos por los barrancos. Un paladín en toda regla cuyo único nombre cundía de pavor al más nutrido contingente invasor.

Sin embargo, lo que tenemos con certeza gracias a la historia es que Gregorio Albarracín Lanchipa tenía ya sesenta años cuando se enlistó junto a 50 soldados, entre los que se encontraba su propio hijo Rufino, en la defensa de su natal Tacna ante las tropas de Chile durante la Guerra del Pacífico.

El equipo del inmortal Albarracín, famoso por haber izado una bandera peruana de un árbol de Vilca (Anadenanthera colubrina) en medio de la ocupación chilena, se dedicaba a atacar los campamentos en pequeñas incursiones. Los “Bravos de Albarracín”, como los conocían en mayúscula admiración y terror en el sur del Perú, también realizaron misiones de reconocimiento y protección a las fuerzas aliadas en Tarata.

Lamentablemente, el estratega de la escuela de Cáceres cayó abatido en una emboscada en lo que luego se conocería como el combate de Saucini, en Chucatamani, el 7 octubre 1882. Al unísono de “¡Un coronel peruano no se rinde jamás!”, el combativo y eterno sexagenario entregó su vida en una clara muestra de su heroica determinación de entrega y servicio a la patria con el sacrificio de su propia vida.

Hasta el día de hoy el atronador galope del “Centauro de las Vilcas” puede escucharse en los corazones de los soldados del Regimiento de Caballería Blindado Nº 13 de Sullana, quienes adoptaron su nombre, así como en el de todos los peruanos que valientemente luchan por construir de este país un mejor lugar las futuras generaciones. Hasta siempre, Coronel.