Los secretos y sueños de Gabriel García Márquez

Redaccionlr
8 04 2019 | 21:00h

Rescate. Periodista Gustavo Tatis Guerra cuenta anécdotas y el entorno familiar y sentimental del premio Nobel de Literatura colombiano en el libro La flor amarilla del prestidigitador.

Juan Luis Cebrián. El País.

El dentista de Gabriel García Márquez llevaba colgado al cuello un dije engastado en oro. No era el diente de un tiburón ni un trofeo arqueológico sino un colmillo humano, el incisivo superior derecho del premio Nobel de Literatura que, además de paciente, fue su amigo y padrino de uno de sus hijos. Gustavo Tatis Guerra cuenta esta anécdota en medio de otras en su libro La flor amarilla del prestidigitador (Navona Editorial). Es un recorrido sentimental y literario por el entorno familiar de García Márquez, sus sueños y anhelos infantiles, la muy especial relación que tuvo con sus padres y los demonios y ángeles interiores a los que estuvo sometido y encandilado a lo largo de su vida. La tesis vertebral de la obra es la suposición de que en realidad Cien años de soledad es en gran medida una historia basada en la de la familia de su autor, manipulada por su imaginación y el respeto a la memoria de sus ancestros.

Tatis Guerra ha interrogado a los padres, hermanos, amigos, profesores y colegas de García Márquez, ha buceado en el tiempo para descubrir sus semejanzas con los principales personajes de la obra capital de Gabo, ha desmenuzado sus escritos y escudriñado sus secretos. El resultado de su investigación, en la que no descuida la crítica literaria, es para él definitivo: el realismo mágico que García Márquez logró acuñar como género novelístico, troncal para un cierto periodo de nuestra literatura, es en gran medida la transliteración de los hechos que el propio escritor vivió. Gabo tenía en opinión de su padre como dos cerebros. En uno le funcionaba una memoria inagotable, y en el otro una imaginación sin límites.

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Entre los recuerdos de infancia que Tatis Guerra menciona, está el castigo que su profesor Mesa Castillo le infligió cuando tenía 10 años porque confundía la letra “v” con la “b”. “Lo encerró en la biblioteca para que leyera las 10 primeras páginas de Las mil y una noches e identificara las palabras que aparecían con dichas letras”. Pero él en vez de hacer eso se dedicó a devorar materialmente el libro y a disfrutar con sus cuentos.

En el reciente congreso internacional de la lengua española, en Córdoba, todavía resonaron los ecos de su famoso discurso habido en México, hace más de 20 años. “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna; enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota”. Algunos pensaron entonces que aquellas propuestas, como la de interrogarse qué sentido tiene la “u” detrás de la “q”, eran consecuencia de un afán provocador. Muy al contrario, surgían de una mentalidad curiosa e inocente, exenta de prejuicios.

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En un postrero homenaje, Tatis Guerra describe con emoción sus últimos momentos y recuerda la entereza de Mercedes, que tanto le amó y ayudó en vida, cuando dijo a sus hijos Gonzalo y Rodrigo: “Aquí no llora nadie. Aquí a lo puro macho de Jalisco”.

Admiro a Mercedes como a la mujer hermosa y fuerte de la Biblia. Pero desde la distancia en que me sorprendió la muerte de Gabo fui uno de los muchos que no le hicieron caso y lloré. El más grande escritor de la lengua castellana de todo el siglo XX. Quizá desde Cervantes

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