El mal según Miguel Bances

Redaccionlr
07 Dic 2018 | 16:00 h

Escritor. Acaba de publicar Flores nocturnas, un conjunto de relatos con cuyos personajes crea un universo perturbador.

Por: Jorge Valenzuela

Miguel Bances (Lima, 1968) pertenece al grupo de narradores sanmarquinos que empezó a escribir en la década de los noventa. Publicó su primer conjunto de cuentos en 1998, Límites de Eduardo. En aquella colección, solo un par de textos anunciaban a un buen escritor. Luego, el silencio no nos permitió conocer más de su obra.

Ahora, después de veinte años, nos entrega su segundo libro, Flores nocturnas (Dedo crítico editores) cuyos relatos mantienen un nivel parejo de calidad y cierta organicidad, sin llegar a constituir un ciclo cuentístico.

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Uno de los ejes centrales en el libro es el manejo de motivaciones inexplicables, estímulos y amenazas que desestabilizan la vida cotidiana y que son empleados para revelarnos aspectos del carácter de los personajes. A partir de estos elementos, Bances logra construir un universo perturbador al estilo de Raymond Carver, cuyos relatos minimalistas postulan el sinsentido de la vida humana a partir de situaciones irrelevantes y prosaicas. Revisemos algunos cuentos.

En “Números”, las acciones y sentimientos de los personajes nos vinculan con el miedo y la manipulación individual. A partir de una anécdota singular (un animal ha escapado de un zoológico) se va generando, desde la interioridad de Sandra, la esposa, un colapso familiar que arrastra a su marido y lo sume en la incertidumbre.

La extraña presencia de un jardinero en la casa de una pareja adinerada y la secreta vinculación de este con el padre del esposo nos vincula con un tejido de sentimientos complejos y contradictorios en “Flores nocturnas”. Escrito con pulcritud y una gran sensibilidad, el relato nos confronta con un nivel de realidad en el que lo espiritual es simbolizado por unas flores nocturnas que demandan mucho cuidado, como el padre muerto.

Como un homenaje indirecto a Onetti, el relato largo “Los días, el pozo”, nos sitúa en medio de la agobiante y oscura depresión padecida por el narrador y su amiga Magaly. Bances logra acercarse a ese momento que, “después de un estado de pánico”, precipita al depresivo en el “desconcierto de la irrealidad”. Atenazado por esa situación, el narrador, sin embargo, no deja traslucir los oscuros motivos que generaron en él esa postración, ese abandono que, como sucede en la depresión, es la prueba de la mirada hipercrítica y autodestructiva que el depresivo lanza contra sí mismo. También está ausente el foco obsesivo de la ansiedad que se fija en el sujeto. Lo que sí está presente es el contexto social y universitario, y una serie de historias abismadas dentro de la historia principal que son registradas como recuerdos escritos, además de frases que, autorreferencialmente, mencionan algunos de los títulos de los cuentos incluidos en el propio libro. Al parecer, el intento del relato es de fundir vida con literatura con el objetivo de probar que lo único que puede sacar al protagonista del pozo de la depresión, a pesar de no poder cercar a ese pozo con palabras, es la ficción.

Dueño ya de un aparato técnico respetable, Bances se muestra solvente en el manejo del estilo indirecto libre, el ritmo narrativo y el manejo de tiempo. Al emplear estos recursos eficientemente en la mayoría de los cuentos, Bances prueba ser un escritor con talento pero, sobre todo, un escritor que ha recuperado su voz.

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