Federico de Cárdenas: Amigo

La Republica
Salomón Lerner Febres

“Llanto es lo que ocurre hoy de modo silencioso en nuestro corazón. Así nos sentimos quienes te hemos conocido y hemos vivido de cerca tu sensibilidad para lo bello, tu humildad –que no le hacía justicia a tu valía– y tu amistad honesta y leal”.

Pocas noticias podrían haberme causado tanto dolor y tristeza como la que recibí ayer hacia la mitad de la mañana. Se me hacía conocer que Federico de Cárdenas, amigo entrañable, acababa de fallecer.

Es muy difícil de expresar a través de palabras sentimientos profundos que acompañan al desconcierto, frente a lo terrible, frente a lo inesperado. Y sin embargo es un deber para con la propia conciencia y para la verdad que exige ser conocida brindar testimonio sobre una persona que fue extraordinaria y que, atravesado por una profunda humildad, no quiso hacer nunca pública exhibición de sus calidades. Me toca, como compañero y testigo de su quehacer, buscar en estos momentos irrepetibles decir a todos los que deseen saber la verdad sobre los valores de una persona que acaba de despedirse: lo que ella significó y la justicia que de algún modo todos les debemos.

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Trabé amistad con Federico, Fico para sus amigos, en los momentos en que –muy jóvenes todavía– nos hallábamos comprometidos con la tarea de formarnos en la escuela secundaria. Fue, en efecto, en el colegio La Salle de Lima que tuvo lugar nuestro primer encuentro y en donde comenzó a afirmarse una buena amistad. Inclinaciones compartidas por el arte cinematográfico y la música se hallaban allí –medio tácitas– como elementos que, más adelante, harían más profunda nuestra relación.

Ingresados ambos a la Universidad Católica, en los inolvidables lugares que ofrece la Plaza Francia, recibimos lecciones –dentro y fuera del aula– que jamás olvidaríamos. Así como había ocurrido también con el maravilloso vínculo sostenido con un verdadero maestro en la vida colegial: el hermano Alberto. Fue, como digo, en la Plaza Francia: en las conversaciones de patio, en nuestro acercamiento a personajes que han marcado la vida a tantos egresados de esa universidad, en el diálogo fecundo con maestros admirables como Onorio Ferrero, Luis Felipe Guerra, Luis Jaime Cisneros, José Antonio del Busto, Gustavo Gutiérrez –por mencionar sólo algunos de esos hombres inolvidables– que se afianzó un vínculo que se hallaba mediado por nuestro amor al cine y a la música.

 Fue Fico, de algún modo, más fiel que yo en sus amores. Mientras que el derecho y la filosofía se abrían para mí como los caminos que debía recorrer, para él fue el cine el que ordenó su quehacer. Unido a personas que compartían su pasión ya en esos años se entregó a la búsqueda de lo esencial dentro de la actividad cinematográfica.

Con Isaac (Chacho) León, con Ricardo Bullita, José Carlos Huayhuaca y otros amigos cercanos, no sólo animó el maravilloso Cine Club de Humanidades en el Colegio Champagnat, sino que además hizo posible que nos acercáramos más a lo que es el cine al fundar una revista cuidada, inteligente y aleccionadora sobre las películas, los directores, actores y demás elementos exigidos para cumplir la tarea del cineasta y, lo más importante, nos transmitían los criterios que nos permitieran como espectadores discernir, entre los muchos productos del cine, a los mejores de ellos. Tuvo larga vida Hablemos de cine.

Hoy la PUCP, a través de su Filmoteca y de su Fondo Editorial, y, por supuesto, con la ayuda invalorable de Fico y Chacho, ha publicado un volumen que contiene los primeros números de esa revista que tuvo tanta acogida en su tiempo. Esta publicación es una primera entrega a la que seguirá una segunda parte.

El tiempo se fue desplegando. La amistad perduraba aún cuando los encuentros personales fueran poco frecuentes. Hubo, sí, una vez muy especial en la que pudimos los amigos abrazarnos e ir al cine (recuerdo era una película de Fellini). Fue en París, ciudad a la que fui de visita con mi esposa y mi pequeño hijo Pedro Alfonso –en ese estudiábamos filosofía en la Universidad de Lovaina–. En París Fico nos acogió en su departamento. Era una época en la cual él reafirmaría su vocación orientada al arte cinematográfico, y de ello pueden dar testimonio todos los que trabajaban en la Cinemateca Francesa, empezando por su director Henri Langlois.

Pasaron los años y nos reencontramos en Lima. Si bien no eran frecuentes nuestras conversaciones, ellas de algún modo sí se establecían, y eso a través de la lectura que yo hacía semanalmente de sus precisas e inteligentes críticas que formulaba en la La República sobre las películas que se encontraban en cartelera. Cada artículo suyo constituía en verdad un repaso histórico del trabajo de los directores de cine y la vinculación de esa trayectoria con la película que en ese momento era exhibida. Eran pues clases eruditas y formidables sobre el cine y cómo apreciarlo.

De otro lado, era también feliz ocasión de encuentro nuestra común asistencia a los conciertos organizados por la Sociedad Filarmónica de Lima. Antiguos miembros de esta magnífica institución nos fuimos acercando cada vez más a ella, y es así que llegamos a formar parte de su Directiva. Fico pudo entonces no sólo dar a conocer su vasta sabiduría sobre el cine, sino también sobre la música. Integraba en el Directorio de la institución el equipo destinado a seleccionar las piezas musicales que los muy renombrados músicos y grupos orquestales nos ofrecían para su posible presentación en nuestra capital. Así como ocurría con el cine, en lo musical Fico poseía extenso conocimiento y delicada sensibilidad para elegir compositores, piezas musicales e intérpretes que formarían parte de nuestra programación anual.

Justamente, el último sábado 02 de junio en el Gran Teatro Nacional, conversamos sobre planes futuros para la Sociedad y nos hallábamos a la espera de lo que –estábamos seguros– sería un gran concierto. En efecto, se presentó la Bach Akademie Stuttgart que nos ofreció de este compositor inigualable la entrañable Cantata “BWV 21 ‘ich hatte viel Bekümmernis’” y también el célebre Magnificat BWV 243. Ya finalizado el concierto, crucé unas pocas palabras con él. Recuerdo que me señaló cómo así se había sentido profundamente remecido por la música al punto de por momentos hallarse cercano al llanto.

Llanto es lo que ocurre hoy de modo silencioso en nuestro corazón. Así nos sentimos quienes te hemos conocido y hemos vivido de cerca tu sensibilidad para lo bello, tu humildad –que no le hacía justicia a tu valía– y tu amistad honesta y leal. Son esas razones las que, contra todo hecho, nos hacen decir: Fico, sigues con nosotros, te queremos.