La herida del tiempo

Redaccionlr
21 Abr 2018 | 14:14 h

LECTURAS

Por Alonso Cueto

La memoria está hecha de rutas predecibles pero también de revelaciones inesperadas. Paso con unos amigos por el centro de Lima y de pronto algunos lugares reaparecen. “Aquí quedaba la Botica Francesa”, dice uno, “pero antes aquí había una cafetería y antes el Bijou, donde uno bajaba las escaleras para ver cine europeo”.

Cuando regresamos por la calle Azángaro, sigue la procesión de la nostalgia. Pasamos frente al lugar donde quedaba el local de la librería Juan Mejía Baca que también funcionaba como editorial. Recuerdo que en una ocasión, acompañé allí a Emilio Adolfo Westphalen que quería hablar con Mejía Baca. Luego de la charla (en la que Westphalen fustigó al editor por la edición de unas cartas de Vallejo), fuimos los tres a un restaurante al costado. En esa ocasión unas enormes empanadas calientes sirvieron para enfriar los ánimos.

Leo estos días con enorme placer El arte de la fuga de Sergio Pitol. Abundan los artículos, crónicas y memorias. En uno de ellos “La herida del tiempo”, afirma que “la memoria trabaja con la misma lógica rebelde y oblicua de los sueños”. En otro momento, Pitol (“tiempo y espacio conocían permutas prodigiosas”) recuerda los escenarios del “santuario de la infancia”. Allí aparecen los lugares donde fue feliz de niño, lugares desaparecidos de su ciudad. Pienso que esa operación de la memoria puede aplicarse a cada uno de nosotros. Todos tenemos plazas, calles, parques, cines, teatros, que han desaparecido salvo en nuestro recuerdo donde comparecen con una solidez nítida.

Sergio Pitol, que murió la semana pasada a los ochenta y cinco años, es uno de los escritores más ingeniosos, interesantes y divertidos de América Latina. Su visión festiva de la vida y de la literatura era una forma de la rebelión. Acuñó algunas frases que se hicieron famosas, entre ellas “no sé qué es de peor educación, hablar con la boca llena o con la mente vacía”.

Las crónicas de viaje, ensayos, cuentos y novelas de Pitol estarán siempre en la mente de un grupo de lectores en castellano. De sus novelas prefiero La vida conyugal, un retrato de todos los malentendidos que puede suscitar un matrimonio como el que tienen el machista Nicolás y la aparentemente sumisa Jacqueline, que termina convertida en una “mujer de muy malas ideas”.

En otro ensayo de El arte de la fuga, “El oscuro hermano gemelo”, Pitol afirma que una locura parcial es esencial para un escritor. Siguiendo unas ideas de Justo Navarro (“Ser escritor es hacerse pasar por otro”), Pitol concluye que un escritor es alguien “que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a escribir tres o cuatro líneas, o tan solo un par de adjetivos o el nombre de una planta”.

Pitol vino a Lima hace varios años y tuve el privilegio de recorrer el centro de Lima con él, junto a nuestro amigo Ronaldo Menéndez. Todo lo que veía en la Plaza de Armas le asombraba, le parecía interesante, motivo de celebración. Ser escritor es celebrar, hubiera podido decir. Enaltecer, profundizar, cobrar conciencia de la realidad como una celebración. Allí están libros como El arte de la fuga para seguir con el viaje y la fiesta.

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