Antonio Gamoneda: “Hablar de César Vallejo era un delito”

20 Abr 2018 | 18:00 h

El poeta español, Premio Cervantes 2006, recuerda que leyó a nuestro poeta durante la dictadura de Franco. La República pudo conversar al paso, cuando iba a dictar su conferencia en la Universidad César Vallejo.

Caminaba lento. Un bastón de madera le ayudaba a sobrellevar sus 87 años de vida. El poeta español, Premio Cervantes 2006, Antonio Gamoneda, vestía un riguroso terno negro. Caminaba acompañado de su esposa y la comitiva de recepción de la Universidad César Vallejo hacia el auditorio en donde iba a dictar la conferencia sobre el autor de Los heraldos negros. El poeta, precisamente, había sido invitado al Perú por la Universidad Vallejo, de Lima norte, para conmemorar los años de la muerte del poeta santiaguino. En los días anteriores había estado en la ciudad de Trujillo.

Antonio Gamoneda nació en Oviedo, en 1931. Su infancia fue dura, flagelada por la orfandad a la muerte de su padre, poeta, y por la guerra civil española. Su poesía, poseída de un temblor humano, tiene la lucidez y el desgarramiento de esa experiencia. Además, tiene la virtud de ser una voz innovadora en la escritura poética de su país. Ahora el autor de Sublevación inmóvil, Edad, Libro del frío estaba entre nosotros para hablar de uno de los poetas al que considera más alto y de cómo fueron las primeras lecturas que hizo de él durante la dictadura de Franco.

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¿Acaso su orfandad temprana y su visión de la guerra impregnó esa dimensión humana de la que está cargada su poesía?

Totalmente. Esto ha sido así. Muerto mi padre, tenía tres años. Mi madre, por razones de salud, era asmática y le aconsejaron viajar de Asturias a León, al sur, un clima más seco. Allí nos sorprendió el alzamiento rebelde de los militares fascistas, así que nos afincamos en esa ciudad. Y claro, durante bastante tiempo, durante la guerra, en las ciudades que habían sido tomadas por el poder fascista, la represión fue muy fuerte con los docentes. Las escuelas estaban, en su mayor parte, cerradas. Yo tenía cinco años y logré aprender a leer. Como no había escuela, mi madre, que había llevado pocas cosas a León, me dio un libro escrito por mi padre para ir ayudándome.

Ayuda de la poesía…

Sí, así fui identificando los signos de la escritura y, al mismo tiempo, realizaba un descubrimiento infantil, elemental: el de acercarme a la poesía. Eso, y el hecho de que era de mi padre, me dio un peso sentimental, sobre todo el que fuera poeta. Además, el que estuviera con mi madre, todo eso, el libro de mi padre, me dejó señalado el camino. Y, claro, por otra parte, pues el terrible y temible drama de la guerra civil fue la noticia más extensa, más fuerte y más grave que yo tuve de cómo era la existencia en aquellos momentos. Esa fue otra marca para siempre.

Vallejo tiene un verso que dice “serán los heraldos negros que nos manda la muerte”. Usted ha dicho: “Mi poesía no es más que un relato de cómo se va hacia la muerte”. ¿Tanático?

Mire usted, es un relato, aunque directamente pueda no parecerlo. Es decir, todo poeta, quiera o no quiera, está haciendo el relato de cómo se acerca a la muerte. Supongamos que es un poeta entregado y entusiasmado por los aspectos hermosos y los placeres de la vida. Pues muy bien, ese poeta está acercándose a la muerte con la ilusión –quizá con el beneficio de los placeres– pero eso no cambia lo que es su destino natural, pues de todas maneras camina hacia la muerte. Es decir, se acerca a la muerte montado en el placer. Quizá yo estoy en una actitud más relacionado, honestamente, con ese fin sabido, que es el fin, como digo en uno de mis libros.

¿Dirán que es pesimismo?

No acepto de muy buena gana que se diga que soy un poeta pesimista. Pesimista, no; yo soy un realista, porque me estoy refiriendo a una realidad. No es así ni estoy cargando las tinieblas de nada. A mí me tienen siempre de pie.

Usted ha dicho “la vida es una pasión vacía”. Si es así, ¿qué canta un poeta?

Yo pienso así, y queda resumido en estas poquitas palabras. La vida consiste en ir de la inexistencia a la inexistencia.

¿Y la memoria de la infancia, de la guerra…?

Para un poeta, la memoria es fundamental. Es quizá el depósito secreto que suministra todos sus recursos intelectuales y, por ende, poéticos. Y la memoria de la guerra civil, que no ha terminado todavía. Hay que hacer esa precisión. Efectivamente, no es que todos los días haya dos bandos metiéndonos las pistolas, la dinamita, pero sí está la separación de las dos Españas de la que hablaba Machado. Él decía “una de las dos Españas te romperá el corazón”.

¿Cómo así conoció la poesía de Vallejo?

Pues mire, yo tenía 18 o 19 años y estábamos en plena dictadura y el nombre de Vallejo, poeta marxista, pronunciarlo, era prácticamente un delito. En mi ciudad, León, había una revista de posguerra que se las arreglaba para ser rebelde, para oponerse, al menos intelectualmente, a la dictadura. Esta revista, en 1949 exactamente, publicó una página de puras letras grandes, una especie de lápida de recordatorio de César Vallejo, nombre prohibido. Refería todo sobre Vallejo. Esto era un acto de rebeldía en la España franquista. Se contó con la ayuda de un poeta que había pasado del marxismo al fascismo, pero conservaba algunas hebras de sentimientos, además, admiraba y había intentado ser siempre amigo de Vallejo. Este hombre era Leopoldo Panero. Y este hombre, en ese año, 1949, tenía ya una situación privilegiada dentro del régimen fascista, pero como se trataba de Vallejo, protegió los titulares y a los autores de la revista.

Yo era muy joven, tenía 18 años y eso fue un acontecimiento porque empecé a tener conocimiento de Vallejo. Entonces circulaban los poemas de Vallejo en manuscritos, pues no había ediciones de sus libros. De eso ya 70 años y mi amor a Vallejo y mi entrega absoluta. A pesar de la edad moderna y la lengua castellana, sea de América o sea de España, Vallejo es el creador más grande. Como Vallejo amaba mucho a España, tenía una gran relación con España, lo tenemos como nuestro.

Ha dicho que la muerte es casi de familia…

No hay remedio, todas la vamos a conocer.

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“Yo soy un poeta realista”

-Usted rechaza que le digan surrealista...

Y no lo soy sinceramente. Bueno, los creadores franceses del surrealismo hablaban de automatismo psíquico puro, es decir, ajeno a todo control crítico, autocrítico o autorrepresivo, palabras que salen como lava de la boca de un volcán. Mi caso creo que no es así. Si bien hay expresiones impensadas, estas brotan, más que de la reflexión –no de un automatismo–, pero sí de unos impulsos que aquí no voy a detallar. Ojo, no me parece mal ser poeta surrealista, pero quien me tenga como surrealista es alguien que no quiere trabajar mucho y resolver las papeletas críticas.

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